PARTE 2: NUNCA FUE VALERIA

—El bebé está perfectamente —dijo la doctora—. Dieciséis semanas.

Sonreí mirando la pantalla.

Entonces escuché una voz desde la puerta.

—¿Puedo entrar?

Adrián.

La doctora me miró esperando permiso.

—No.

La respuesta salió inmediata.

Adrián apretó la mandíbula, pero no insistió.

Se quedó afuera.

Cuando terminé, lo encontré exactamente en el mismo lugar.

—Necesitamos hablar.

—Nosotros ya hablamos hace dos meses.

Intenté pasar.

—Sé que es mío.

Me detuve.

—¿Y qué cambia?

Por primera vez, Adrián no tuvo respuesta.

Entonces la puerta del consultorio privado se abrió.

Una mujer salió acompañada por un médico.

Valeria Luján.

La reconocí por las fotografías que había visto años atrás.

Hermosa.

Elegante.

Y visiblemente embarazada.

Sentí que algo dentro de mí se hundía.

Ahora entendía por qué Adrián estaba allí.

Valeria se acercó.

—Adrián, el médico dijo que debemos decidir pronto.

Sus ojos se posaron sobre mí.

Después sobre mi vientre.

—¿Ella es Elena?

No esperé explicaciones.

Me marché.

Pero Adrián volvió a alcanzarme.

—No es lo que piensas.

Me reí amargamente.

—¿Todavía importa?

—Sí.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Me giré.

—Durante tres años pronunciabas su nombre mientras dormías. Hoy te encuentro acompañándola embarazada en obstetricia. ¿Qué parte estoy interpretando mal?

Adrián palideció.

—¿Yo decía su nombre?

—No finjas sorpresa.

Él permaneció inmóvil.

Entonces Valeria habló detrás de nosotros.

—Porque no estaba llamándome a mí.

Los dos la miramos.

Valeria respiró profundamente.

—Elena, creo que deberías saber por qué Adrián se divorció de ti.

—Valeria —advirtió él.

—Ya perdió suficiente por tu silencio.

Ella abrió la carpeta que llevaba.

Dentro había fotografías antiguas.

Una mostraba a dos niñas prácticamente idénticas.

Valeria señaló a la otra.

—Mi hermana gemela, Victoria.

Miré a Adrián.

Su rostro estaba completamente rígido.

—Victoria murió hace seis años —continuó Valeria—. Adrián estaba con ella cuando ocurrió.

Mi corazón se apretó.

—Entonces…

—Durante años tuvo pesadillas. Cuando decía “Valeria”, muchas veces estaba reviviendo aquella noche. Yo fui quien llegó primero al hospital.

Adrián cerró los ojos.

De repente, tres años de recuerdos adquirieron otro significado.

Pero todavía quedaba una pregunta.

Miré el vientre de Valeria.

—¿Y su embarazo?

Ella soltó una pequeña risa.

—Mi esposo murió hace cuatro meses.

Me quedé callada.

—Adrián está ayudándome porque mi embarazo tiene complicaciones y mi familia vive fuera del país.

Sentí vergüenza.

Pero no suficiente para borrar lo demás.

—Eso no explica nuestro divorcio.

Valeria dejó de sonreír.

—No.

Miró a Adrián.

—Díselo tú.

Él tardó varios segundos.

—Encontraron un tumor.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué?

—Dos semanas antes de pedirte el divorcio.

Su voz seguía tranquila, pero sus manos estaban cerradas.

—Los primeros médicos dijeron que podía ser maligno.

Lo miré sin comprender.

—¿Y por eso me abandonaste?

—Pensé que podía morir.

—¿Y decidiste por mí?

Silencio.

Eso era suficiente respuesta.

Sentí que la rabia regresaba.

—Eres un idiota.

Marcos, varios metros atrás, bajó inmediatamente la mirada.

Adrián casi sonrió.

—Probablemente.

—Podrías habérmelo contado.

—Sí.

—Podría haberme quedado.

Su expresión se quebró.

—Precisamente.

Aquella palabra me dolió más que esperaba.

Adrián se acercó, pero mantuvo distancia.

—Sabía que te quedarías.

—Y no quería convertirte en una viuda antes de los treinta.

Mis ojos ardieron.

—Así que preferiste convertirte en el hombre que me abandonó.

—Pensé que sería más fácil que me odiaras.

—Pues felicidades.

Lo miré directamente.

—Funcionó.

Me marché.

Esta vez no intentó detenerme.

Pero antes de llegar al ascensor, Marcos apareció corriendo.

—Señora Elena.

Me entregó un sobre.

—El señor Adrián debía recibir estos resultados hoy.

Miré hacia atrás.

Adrián seguía observándome desde el pasillo.

Abrí el documento.

Leí una vez.

Después otra.

El tumor era benigno.

Adrián no iba a morir.

Sentí una mezcla imposible de alivio y rabia.

Entonces vi una segunda hoja.

No pertenecía a Adrián.

Era mi expediente.

—¿Por qué tiene esto?

Marcos palideció.

—Porque el señor Adrián llevaba semanas buscándola.

—¿Buscándome?

—Desde que descubrió que usted cambió de número.

Miré a mi exmarido.

Él comenzó a caminar hacia mí.

Pero antes de llegar, un médico salió apresuradamente del consultorio.

—Señor Montes.

Adrián se detuvo.

—Acaban de llegar los resultados adicionales.

El médico miró primero a Adrián.

Después a mí.

—Hay algo extraño en sus análisis genéticos.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

El médico sostuvo nuestros dos expedientes.

—Mucho.

Su expresión se volvió grave.

—Porque según estos resultados, el bebé de la señora Suárez podría revelar por qué alguien falsificó parte del historial médico del señor Montes hace veinte años.

Adrián y yo nos miramos.

Y comprendí que nuestro divorcio quizá nunca había sido el verdadero secreto.

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