PARTE 2: El precio de descubrir la verdad

Álvaro me miró como si acabara de hablar en un idioma que no comprendía.

—¿Qué significa eso?

Señalé los documentos sobre la mesa.

—Significa que mi participación ya no te pertenece.

Elena se acercó a él y le tomó del brazo.

—Álvaro, ¿qué está pasando?

Él apartó la mirada de ella por primera vez.

—Nuria, tenemos que hablar en privado.

Solté una pequeña risa.

—¿En privado?

Miré alrededor del restaurante.

—Llevas meses permitiendo que ella utilice nuestro negocio, nuestras cosas y hasta mi vajilla mientras yo ni siquiera sabía lo que ocurría.

—No es así.

—Entonces explícame cómo es.

Álvaro guardó silencio.

Mateo apareció detrás de mí con una carpeta.

—Todo está preparado, Nuria.

Álvaro giró bruscamente la cabeza.

—¿Mateo?

Mi socio levantó los documentos.

—La transferencia puede completarse esta tarde.

El rostro de Álvaro cambió.

—No puedes vender sin mi autorización.

Mateo negó con calma.

—Puede vender su participación porque está registrada a su nombre.

Álvaro se quedó sin palabras.

Entonces Elena intervino.

—Nuria, quizá deberíamos hablar como adultas.

La miré fijamente.

—Tienes razón.

Ella pareció relajarse.

—No quiero problemas contigo.

—Yo tampoco.

Tomé la botella de vino que había sobre la barra.

La sostuve durante unos segundos.

—Pero quiero recuperar esto.

Elena frunció el ceño.

—¿El vino?

—Era de mi padre.

—Álvaro me dijo que podía utilizarlo.

Sentí que algo se rompía dentro de mí, aunque ya no era dolor.

Era decepción.

—Álvaro te dijo muchas cosas.

Él bajó la mirada.

—Nuria…

—No.

Dejé la botella en la caja y cerré el bolso.

—Ya no quiero escuchar explicaciones.

Salí del restaurante.

Pero antes de llegar a la puerta, escuché a Elena gritar.

—¡Álvaro, haz algo!

Me detuve.

No me giré.

Esperé.

Y entonces escuché la respuesta de mi marido.

—Ya no puedo.

Aquellas cuatro palabras me hicieron detenerme.

Por primera vez, sonaban diferentes.

No había arrogancia.

Había miedo.

Seguí caminando.

Esa misma noche recibí una llamada de Mateo.

—Nuria, hay un problema.

—¿Qué problema?

—He revisado los documentos de Casa Azahar.

—¿Y?

Hubo silencio.

—Tu participación no es lo único que aparece a tu nombre.

Me incorporé en la cama.

—¿Qué quieres decir?

—Hay varias propiedades vinculadas a la misma sociedad.

—¿Cuáles?

Mateo respiró profundamente.

—El apartamento donde vive Elena.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué?

—Y hay otra cosa.

—Dímela.

—El apartamento fue comprado hace cuatro años.

Me quedé completamente inmóvil.

Cuatro años.

Álvaro y yo llevábamos seis años casados.

—¿Quién lo compró?

Mateo tardó unos segundos en responder.

—Tú.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Tu firma aparece en la documentación.

Me levanté de la cama y abrí inmediatamente el ordenador.

—Envíame los documentos.

Minutos después llegaron a mi correo.

Abrí el primer archivo.

Mi nombre aparecía claramente.

Pero yo jamás había firmado aquello.

Abrí el segundo.

Luego el tercero.

Y entonces encontré algo que me dejó sin respiración.

Una transferencia mensual.

Durante cuatro años.

Pagada desde una cuenta que yo creía destinada exclusivamente al mantenimiento de nuestra casa.

El beneficiario era Elena Vidal.

Me quedé mirando la pantalla.

Cuatro años de pagos.

Cuatro años antes de que mi madre necesitara quedarse una sola noche en mi casa.

Entonces apareció otro documento.

Esta vez era un contrato privado.

Lo abrí.

Y leí la primera cláusula.

«En caso de separación o divorcio entre Álvaro Serrano y Nuria…»

Mis manos comenzaron a temblar.

Aquello no era una simple ayuda para Elena.

Era un acuerdo preparado mucho antes de que yo supiera que existía.

Seguí leyendo.

Y cuando llegué a la última página, encontré una firma que no era la de Álvaro.

Era la de Elena.

Debajo había una fecha.

La fecha de nuestro segundo aniversario de boda.

Seis años de matrimonio.

Cuatro años de mentiras.

Y entonces entendí algo mucho peor.

Álvaro no había permitido que Elena se quedara en nuestra casa porque estuviera pasando por una emergencia.

La había estado preparando para vivir allí desde mucho antes.

Pero todavía faltaba una última página.

Una página que alguien había intentado arrancar del contrato.

Y justo cuando estaba a punto de ampliar la imagen para descubrir qué había debajo, mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi madre.

Contesté inmediatamente.

—Mamá, ¿qué ocurre?

Su voz temblaba.

—Nuria, tienes que venir.

—¿Dónde estás?

—En la antigua casa de tu abuela.

—¿Por qué?

Mi madre guardó silencio unos segundos.

Después susurró:

—Porque encontré algo que tu padre dejó escondido antes de morir.

—¿Qué cosa?

Su respuesta me dejó helada.

—Documentos sobre Álvaro.

—¿Qué documentos?

—Y una fotografía.

—¿De quién?

Mi madre respiró profundamente.

—De Elena.

La llamada se cortó.

Me quedé mirando el teléfono.

Entonces recibí un mensaje de un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Era una imagen antigua de Álvaro y Elena.

Pero detrás de ellos aparecía otra persona.

Mi padre.

Y debajo de la fotografía había una fecha escrita a mano:

Dos años antes de que Álvaro y yo nos conociéramos.

Sentí que la sangre se me congelaba.

Porque en el reverso de la fotografía había una sola frase.

«Nuria no sabe quién es realmente el hombre con el que se casó.»

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