Alejandro seguía mirándome desde el escenario.
No apartaba los ojos de Emiliano.
Mi hijo, completamente ajeno a lo que acababa de suceder, recibió el diploma con una sonrisa.
—Gracias, señor.
Aquella voz hizo que Alejandro cerrara los ojos durante un segundo.
—¿Tu madre se llama Mariana? —preguntó.
Emiliano asintió.
—Sí.
Alejandro dejó escapar el aire lentamente.
El director del colegio, confundido, se acercó.
—Señor Salazar, ¿se encuentra bien?
Alejandro no respondió.
Bajó del escenario y caminó directamente hacia mí.
Cada paso parecía devolverle diez años de recuerdos que yo había enterrado hacía mucho tiempo.
Cuando llegó frente a mí, se detuvo.
—Mariana.
No respondí.
—¿Es tu hijo?
Miré a Emiliano.
—Sí.
Alejandro tragó saliva.
—¿Cuándo nació?
—No creo que esa pregunta te corresponda.
Su rostro se tensó.
—Mariana, por favor.
—Durante nuestro matrimonio.
Aquellas cuatro palabras lo dejaron completamente inmóvil.
Emiliano nos miró alternativamente.
—Mamá, ¿conoces al señor Salazar?
Alejandro reaccionó de inmediato.
—Sí.
Lo miré.
—Lo conocí hace mucho tiempo.
—¿Es amigo tuyo?
Alejandro abrió la boca.
Pero no pudo responder.
Yo tomé la mano de Emiliano.
—Vamos.
—Espera —dijo Alejandro.
Me detuve.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Yo no sabía.
Lo miré directamente.
—Ese fue siempre tu problema.
Sus ojos se llenaron de desconcierto.
—¿Qué quieres decir?
—Que nunca preguntaste.
Alejandro bajó la voz.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Sentí que durante diez años había esperado escuchar esa pregunta.
Y, sin embargo, cuando finalmente llegó, no sentí alivio.
—Porque estabas demasiado ocupado.
Él cerró los ojos.
—Mariana…
—Tenías prisa.
La frase pareció golpearlo.
—Yo…
—Tenías un vuelo.
—No sabía que estabas embarazada.
—Exactamente.
Tomé a Emiliano del hombro.
—Y tampoco sabías que cuando firmaste aquellos papeles dejabas atrás a tu propio hijo.
Alejandro levantó la cabeza.
—¿Es mío?
Emiliano abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
El silencio cayó entre nosotros.
Alejandro miró a mi hijo.
Después me miró a mí.
—Dime que es mío.
No respondí.
—Mariana, por favor.
—Haz las cuentas.
Su rostro perdió el color.
Entonces sacó el teléfono.
—Necesito una prueba de ADN.
—La tendrás.
—¿Cuándo?
—Cuando Emiliano decida si quiere conocerte.
Aquella respuesta pareció desconcertarlo.
—¿Él sabe quién soy?
—Sabe que su padre existe.
—¿Y qué le dijiste de mí?
Miré a mi hijo.
—Nunca le mentí.
Alejandro dio un paso hacia él.
—Emiliano…
Mi hijo retrocedió ligeramente.
—¿Por qué me mira así?
No pude responder.
Alejandro se arrodilló para quedar a su altura.
—Porque te pareces mucho a alguien que conocí hace tiempo.
Emiliano frunció el ceño.
La misma expresión que Alejandro había visto en el escenario.
El parecido era imposible de ignorar.
Alejandro se puso de pie lentamente.
—Quiero hablar contigo.
—No hoy.
—Mariana, necesito explicarte muchas cosas.
—Diez años tarde.
Él apretó la mandíbula.
—Valeria nunca fue lo que tú creías.
Me quedé inmóvil.
No esperaba escuchar ese nombre.
—No vuelvas a mencionarla.
—Tienes que saber la verdad.
—¿Qué verdad?
Alejandro miró alrededor.
Los invitados seguían observándonos.
—Ella sabía que estabas embarazada.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Lo supo antes que yo.
No dije nada.
—Y fue ella quien me convenció de que no quería tener hijos contigo.
Sentí que el mundo se detenía.
—Eso no puede ser.
—Mariana, cuando regresó a México, me dijo algo que yo creí durante años.
—¿Qué?
Alejandro bajó la voz.
—Me dijo que tú habías perdido al bebé.
Mi respiración se cortó.
—¿Qué?
—Dijo que después del divorcio habías tenido un aborto espontáneo.
Miré a Emiliano.
Después volví a mirar a Alejandro.
—Entonces ella te mintió.
—Sí.
—¿Y tú nunca comprobaste nada?
Alejandro negó lentamente.
—No.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
—Diez años.
Él asintió.
—Diez años.
En ese momento, el director del colegio volvió a acercarse.
—Señor Salazar, hay un problema.
Alejandro se giró.
—¿Qué ocurre?
El director le entregó un sobre.
—Esto acaba de llegar para usted.
Alejandro lo abrió.
Sacó una hoja.
La leyó una vez.
Luego otra.
Su expresión cambió por completo.
—¿Quién envió esto?
—No lo sabemos.
Me acerqué.
—¿Qué dice?
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Me entregó el documento.
Reconocí inmediatamente el membrete.
Era de la clínica donde me habían realizado la primera ecografía diez años atrás.
Pero debajo de mi nombre había una anotación que jamás había visto.
«Paciente embarazada de 11 semanas. Padre identificado: Alejandro Salazar.»
Y al final había una segunda frase escrita a mano:
«La paciente nunca recibió esta copia porque alguien solicitó que fuera retirada de su expediente.»
Miré a Alejandro.
Por primera vez, el hombre que había firmado nuestro divorcio con tanta prisa parecía verdaderamente aterrorizado.
—Mariana —susurró—, alguien borró las pruebas.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:

«Si quieres saber por qué Valeria necesitaba que Alejandro creyera que tu hijo había muerto, ven sola esta noche.»
Debajo había una dirección.
Y una última frase:
«Porque Emiliano no fue el único secreto que ella ocultó.»