La sonrisa de Reed desapareció.
Por un instante creí que volvería a golpearme. Cambió el peso hacia su pierna izquierda y bajó el hombro, exactamente como yo había dicho.
—Jefe —intervino una voz detrás de él—. Aléjese.
Era el médico. Finalmente había dado un paso adelante.
—Necesita que la examine —añadió, mirándome.
Reed soltó una risa breve.
—Se golpeó con la bandeja al caerse.
—Yo vi lo que ocurrió —dijo el supervisor de cocina.
Una silla se movió. Después otra. El silencio que Reed había usado para imponerse empezó a llenarse de testigos.
Las puertas del comedor se abrieron.
El almirante Richard Bennett entró con un oficial de seguridad y una carpeta sellada. No miró la comida en el suelo hasta que vio la sangre en mi labio.
—Capitana Elena Torres —dijo—. ¿Necesita atención médica?
—Sí, señor.
Reed giró hacia mí.
—¿Capitana?
Mi uniforme de trabajo llevaba una credencial provisional, sin las insignias que él esperaba ver. Había llegado aquella mañana para una evaluación de las prácticas de entrenamiento. Las órdenes seguían en la carpeta que Bennett sostenía; iba a recibirlas después del almuerzo.
El almirante se volvió hacia el oficial de seguridad.
—Conserve las grabaciones de este comedor. Tome los nombres de quienes estaban presentes.
Reed levantó las manos.
—Señor, fue un malentendido.
—Su explicación será escuchada durante la investigación —respondió Bennett.
El médico me acompañó fuera. Antes de cruzar la puerta, miré atrás. El supervisor de cocina recogía mi bandeja, y uno de los reclutas se había acercado para ayudarlo. Reed seguía donde lo habíamos dejado, sin que nadie le pidiera permiso para moverse.
Me examinaron las costillas y la herida dentro de la boca. Mientras esperaba los resultados, Bennett vino a verme.
—Puede pedir que otro equipo realice la evaluación —dijo—. Usted está implicada ahora.
Asentí. Había venido a revisar denuncias sobre el trato a los reclutas, y acababa de experimentar una parte del problema. Mi declaración sería una prueba más; no debía ser yo quien decidiera las conclusiones.
—Quiero que entrevisten también al personal de cocina —dije—. Trabajan aquí cada día.
—Lo harán.
Semanas después, el informe reunió las grabaciones y los testimonios de quienes habían visto a Reed golpearme. También incluyó incidentes anteriores que varios reclutas y empleados se atrevieron a contar cuando comprendieron que alguien los escucharía. Reed fue apartado de sus funciones de instructor mientras se resolvía su caso.
Volví al comedor para hablar con el equipo de evaluación, esta vez con las insignias visibles. El supervisor de cocina me reconoció y señaló una mesa libre.
—¿Le sirvo almuerzo, capitana?
Miré la línea roja junto al mostrador. La cámara seguía apuntando hacia ella.
—Sí, gracias —dije—. Y después quisiera escuchar cómo han sido las cosas aquí para ustedes.