—Soy tu padre —dije.
Al otro lado de la línea hubo un silencio largo.
—No tenía este número guardado —respondió Elena.
Aquello me dolió más de lo que quise admitir. Llevaba años sin llamarla. Cuando le escribía, casi siempre era para preguntarle si pensaba volver al pueblo o cuándo buscaría un trabajo «de verdad».
—Te invité a comer —dije—. Tus hermanas están aquí.
—Recibí el mensaje. Hoy trabajo.
—Podrías haber avisado.
—Sí. Debí hacerlo.
Su respuesta, tranquila y directa, dejó mi reproche sin fuerza. Entonces recordé lo que había dicho delante de Lucía y Clara.
—También quiero saber por qué nunca vas a la tumba de tu madre.
Elena respiró hondo.
—Voy todos los años, papá. El día de su cumpleaños. Siempre iba con la tía Inés.
Miré a Lucía. Bajó los ojos hacia su plato.
—Pensé que lo sabías —murmuró.
No lo sabía. Nunca se lo había preguntado a Elena.
—Tengo que volver al trabajo —dijo ella—. Si quieres hablar, puedo llamarte esta noche.
Colgamos. Dejé el teléfono sobre la mesa y contemplé los doce platillos que había preparado. Había recordado lo que Elena comía de niña, pero ignoraba casi todo sobre la mujer en que se había convertido.
Aquella noche llamó, como había prometido. Me contó que restauraba archivos dañados por incendios e inundaciones. A veces trabajaba meses para salvar las únicas fotografías o cartas que una familia conservaba. La escuché describir su oficio sin interrumpirla para preguntarle cuánto ganaba.
Luego saqué el tema del dinero.
—No te dejé nada —dije—. Quería castigarte por irte.
—Lo entendí.
—Fue cruel.
Elena guardó silencio.
—No te llamo para que cuides de mí —añadí—. Tampoco para pedirte que me perdones esta noche.
—Bien —respondió—. Porque no puedo hacerlo esta noche.
Sus palabras eran justas. Me quedé escuchando su respiración hasta que preguntó por mis piernas. Le conté que el dolor había empeorado y que tenía una cita médica la semana siguiente.
—Espero que vayas —dijo.
—Iré.
Después de esa llamada, hablé con Lucía y Clara. Les dije que buscaría ayuda para mis cuidados y organizaría mis asuntos sin convertir la herencia en una obligación para ninguna de ellas. También consulté cómo revisar la decisión que había tomado sobre Elena. Quería hacerlo porque había sido injusto, sin pedirle afecto a cambio.
Pasaron meses antes de que la viera. Elena vino al pueblo por el cumpleaños de su madre. Caminamos juntos hasta el cementerio. Llevaba unas flores sencillas y conocía el camino sin que yo se lo indicara.
Frente a la tumba, me habló de una carta de mamá que había encontrado entre sus cosas. La había reparado para poder leerla sin que el papel se deshiciera. Me ofreció mostrármela cuando estuviera listo.
Asentí.
Había pensado que Elena vivía entre cosas muertas. Allí, junto a ella, comprendí cuánto esfuerzo dedicaba a conservar lo que otros temíamos perder.