PARTE 2: LA MUJER QUE ANNA ALIMENTÓ NO ESTABA PERDIDA POR CASUALIDAD

—No tienes que pagarme —dijo Anna.

La anciana pareció entender.

Sus ojos se humedecieron.

Guardó lentamente el monedero, pero antes de cerrar el bolso sacó una pequeña fotografía.

Se la mostró a Anna.

Era antigua.

Un hombre joven de traje oscuro estaba junto a una mujer sonriente frente a un restaurante italiano.

La anciana señaló al hombre.

—Mio figlio.

Anna reconoció aquellas palabras.

—¿Tu hijo?

La mujer asintió.

Luego señaló hacia afuera.

Parecía intentar explicar cómo había llegado allí.

Antes de que Anna pudiera comprenderla, la puerta de la oficina se abrió.

Mel apareció.

Su mirada cayó sobre el cuenco vacío.

—Anna.

Ella cerró los ojos un instante.

—La sopa iba a tirarse.

—Eso no importa.

—Tenía hambre.

—No administras este restaurante.

La anciana se levantó inmediatamente.

—No —dijo Anna—. Usted quédese sentada.

Mel soltó una risa incrédula.

—¿Ahora me das órdenes?

Sacó veinte dólares de la caja de propinas de Anna.

—Esto cubrirá la comida.

—Esa es mi propina.

—Entonces acabas de comprarle el almuerzo.

Anna miró el billete.

Necesitaba aquel dinero.

El alquiler vencía en cuatro días.

Aun así, respondió:

—Bien.

La expresión de Mel cambió.

Probablemente esperaba una discusión.

La anciana observó toda la escena en silencio.

Cuando finalmente se marchó, sostuvo ambas manos de Anna y dijo:

—Buona.

Luego salió bajo la lluvia.

Anna creyó que nunca volvería a verla.

Se equivocó.

A las siete y doce de la mañana siguiente, Anna dobló la esquina de Maple Street y se detuvo.

Tres vehículos negros estaban estacionados frente al restaurante.

No eran coches normales.

Dos hombres con trajes oscuros vigilaban la entrada.

Mel estaba afuera.

Y parecía a punto de desmayarse.

Frente a él había un hombre alto de unos cincuenta años.

Abrigo negro.

Cabello oscuro ligeramente plateado.

No levantaba la voz.

No lo necesitaba.

—Anna —susurró Mel al verla—. ¿Qué hiciste ayer?

—¿Qué?

El desconocido se volvió.

Sus ojos encontraron los de Anna.

—¿Anna Bennett?

—Sí.

Cruzó la acera.

Uno de sus hombres abrió un paraguas sobre él.

—Mi nombre es Lorenzo Vitale.

Anna sintió que Mel dejaba escapar el aire.

Ella conocía ese apellido.

Todo el mundo lo conocía.

Los periódicos llamaban a Lorenzo empresario.

La policía utilizaba palabras diferentes.

En Italia, su familia llevaba décadas vinculada a una organización criminal que incluso otros hombres peligrosos evitaban mencionar.

Anna retrocedió.

—Si esto tiene que ver con la señora de ayer…

—Mi madre.

Silencio.

Lorenzo sacó la fotografía que la anciana le había enseñado.

—Sufre episodios de desorientación desde hace un año. Ayer se separó de su cuidadora.

—Yo no sabía…

—Lo sé.

La expresión de Lorenzo se suavizó apenas.

—Mi madre llevaba casi nueve horas desaparecida cuando entró aquí.

Anna miró los vehículos.

—Solo le di sopa.

—Precisamente.

Lorenzo se volvió hacia Mel.

—Según las cámaras, su empleado alimentó a una anciana empapada y hambrienta.

Mel intentó sonreír.

—En Maple Street cuidamos mucho de nuestros clientes.

Anna lo miró.

Lorenzo también.

—Curioso.

Sacó un billete de veinte dólares.

—Porque también vi cómo le quitó esto de sus propinas.

Mel palideció.

Lorenzo dejó el billete frente a Anna.

Después añadió un sobre.

—No puedo aceptar dinero.

—No es dinero.

Dentro había una tarjeta.

Un número de teléfono.

Y una frase escrita a mano:

Si alguna vez necesitas algo, llama.

—Tampoco puedo aceptar esto.

—Entonces guárdalo para que mi madre deje de insistir.

Por primera vez, Lorenzo sonrió.

Después se marchó.

Anna pensó que aquello era el final.

Tres semanas después descubrió que apenas era el principio.

Una noche, mientras cerraba el restaurante, encontró a Mel registrando su bolso.

—¿Qué estás haciendo?

Él se sobresaltó.

En su mano estaba la tarjeta de Lorenzo.

—Solo tenía curiosidad.

Anna se la arrebató.

—No vuelvas a tocar mis cosas.

Mel cambió de expresión.

—Te crees importante porque un mafioso te dio su número.

—Nunca lo he llamado.

—Quizá deberías.

—¿Por qué?

Mel miró hacia la ventana.

Dos hombres estaban esperando junto a un coche.

—Porque llevan cuatro noches observando el restaurante.

Anna sintió frío.

No reconoció a ninguno.

Y no parecían hombres de Lorenzo.

Aquella noche encontró un sobre debajo del limpiaparabrisas.

Dentro había una fotografía.

La anciana.

Estaba saliendo del Maple Street Diner el día de la tormenta.

En la esquina de la imagen aparecía Anna.

Detrás habían escrito:

“Pregúntale a Teresa Vitale por Daniel Bennett.”

Anna dejó de respirar.

Daniel era su padre.

Había muerto cuando ella tenía once años.

Oficialmente, en un accidente de carretera.

Anna llamó al número de la tarjeta.

Lorenzo respondió al segundo tono.

—Anna.

Ni siquiera preguntó quién era.

—¿Quién era mi padre para tu familia?

Silencio.

—¿Dónde estás?

—Contéstame.

—No por teléfono.

—Lorenzo.

Su voz cambió.

—Anna, entra al restaurante y cierra la puerta.

Ella miró alrededor.

—¿Por qué?

—Porque los hombres que están vigilándote no trabajan para mí.

Anna sintió que se le erizaba la piel.

—¿Cómo sabes que hay hombres aquí?

—Porque los míos llevan siguiéndolos dos días.

Los dos desconocidos empezaron a cruzar la calle.

Anna corrió hacia dentro y cerró.

Quince minutos después, Lorenzo llegó.

Esta vez no venía como un hombre agradecido.

Venía acompañado por seguridad.

Anna puso la fotografía sobre una mesa.

—Quiero la verdad.

Lorenzo la observó durante varios segundos.

Finalmente se sentó.

—Tu padre trabajó para el mío.

—¿En qué?

—En sus cuentas.

Anna soltó una risa nerviosa.

—Mi padre era contable.

—Exactamente.

Lorenzo sacó una vieja carpeta.

—Y descubrió que alguien estaba robando millones.

Dentro había registros bancarios, nombres italianos y fotografías.

Una mostraba a Daniel Bennett junto a Teresa.

Otra mostraba un coche destrozado.

El coche donde supuestamente había muerto.

—Mi padre descubrió quién robaba —susurró Anna.

—Sí.

—¿Y lo mataron?

Lorenzo no respondió inmediatamente.

—Eso creímos durante dieciocho años.

Anna levantó lentamente la mirada.

—¿Creímos?

Lorenzo sacó una fotografía tomada hacía apenas seis meses.

Un hombre mayor caminaba por una plaza italiana.

Anna reconoció inmediatamente aquellos ojos.

Los veía cada mañana en el espejo.

Las piernas dejaron de sostenerla.

—No.

—Mi madre no entró en tu restaurante únicamente porque estaba desorientada —dijo Lorenzo.

—¿Qué quieres decir?

—Llevaba esta fotografía en el bolso.

Anna miró nuevamente a Teresa.

La anciana había sabido quién era.

—¿Ella me estaba buscando?

—Sí.

—Entonces ¿por qué no me dijo nada?

Lorenzo abrió el bolso de cuero que su madre había llevado aquella tarde.

Dentro había un compartimento oculto.

Sacó una carta.

En el frente aparecía escrito:

PARA ANNA BENNETT. DE PAPÁ.

Anna empezó a temblar.

—¿Mi padre está vivo?

Lorenzo la miró fijamente.

—Lo estaba hace seis meses.

—¿Dónde?

—Sicilia.

Anna agarró la carta.

Pero Lorenzo colocó una mano sobre ella antes de que pudiera abrirla.

—Hay algo que debes entender primero.

—¿Qué?

—Tu padre no pasó dieciocho años escondiéndose de mi familia.

La voz de Lorenzo descendió casi hasta convertirse en un susurro.

—Pasó dieciocho años escondiéndose dentro de ella.

Anna frunció el ceño.

Lorenzo señaló la fotografía antigua que Teresa le había enseñado en el restaurante.

El joven junto a ella no era Lorenzo.

Anna lo comprendió al mirar nuevamente su rostro.

Era Daniel Bennett.

Su padre.

Y en el reverso, escrito en italiano, había un nombre que Anna jamás había visto:

Daniele Vitale.

Debajo aparecían cuatro palabras:

“Mi primer hijo. 1978.”

Anna levantó la cabeza.

Lorenzo la observaba en silencio.

Entonces comprendió por qué el hombre más temido de Italia había cruzado medio mundo después de que ella alimentara a una anciana desconocida.

Teresa Vitale no era simplemente su madre.

También era la abuela de Anna.

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