PARTE 2: LA VERDAD SOBRE AQUELLA NOCHE

—Nora, nadie saldrá de aquí hasta que sepamos exactamente qué ocurrió aquella noche.

El abuelo de Adrian golpeó una vez el suelo con su bastón.

Los guardaespaldas cerraron las puertas.

Instintivamente protegí mi vientre.

Adrian se interpuso entre ellos y yo.

—Abuelo, abre esa puerta.

El anciano lo ignoró.

—¿Recuerdas qué bebiste aquella noche?

Adrian frunció el ceño.

—Whisky.

—No.

Sacó una carpeta.

—Tu análisis toxicológico mostró un sedante en sangre.

Adrian quedó inmóvil.

—Eso ya lo sabía.

—Lo que no sabías es que Nora también fue drogada.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué?

El anciano colocó otro informe sobre la mesa.

Mi nombre aparecía arriba.

Recordé despertar aquella mañana desorientada, con lagunas en la memoria y convencida de que había bebido demasiado.

—¿Quién consiguió esto?

—El médico que te atendió después de abandonar el hotel.

Miré a Adrian.

Su rostro había perdido todo rastro de ira.

—Entonces ninguno de los dos…

—Eligió estar en aquella habitación —terminó su abuelo.

Adrian retrocedió como si lo hubieran golpeado.

Durante dos meses había buscado a una culpable.

Y ahora descubría que también me habían utilizado a mí.

—¿Quién lo hizo? —preguntó.

El anciano abrió una fotografía de seguridad.

Mostraba a una mujer entrando en la suite minutos antes que nosotros.

La reconocí.

—Victoria.

La prometida que la familia Crane había elegido para Adrian antes de que él cancelara el compromiso.

—Ella pagó al camarero —explicó el anciano—. Pero creemos que alguien más organizó todo.

Adrian apretó los puños.

—¿Para qué?

El anciano miró mi ecografía.

—Para crear un heredero Crane fuera de un matrimonio aprobado por la familia.

Sentí náuseas.

—Mis bebés no forman parte de ningún plan.

—Precisamente por eso estás en peligro.

Entonces Adrian se giró hacia mí.

—Nora, no sabía que también te habían drogado.

—Pero estabas dispuesto a destruirme sin saber quién era.

No tuvo respuesta.

Y eso importaba.

La verdad podía explicar aquella noche.

No podía borrar sus amenazas.

El teléfono del abuelo vibró.

Leyó el mensaje y su expresión cambió.

—Tenemos otro problema.

Giró la pantalla.

Era una imagen de mi expediente obstétrico.

Había sido tomada aquella misma mañana.

Debajo aparecía un mensaje:

DOS FETOS CONFIRMADOS. PROCEDER CON EL PLAN B.

Adrian palideció.

—¿Quién recibió eso?

El anciano tardó demasiado en contestar.

—Victoria.

Entonces mi teléfono sonó.

Número desconocido.

Contesté.

Una voz femenina habló tranquilamente.

—Nora, si quieres saber por qué necesitábamos gemelos Crane, pregunta al abuelo de Adrian qué ocurrió con los otros dos bebés hace veintiocho años.

Miré al anciano.

Su mano comenzó a temblar sobre el bastón.

Adrian lo vio.

—¿Qué otros bebés?

El hombre cerró los ojos.

—Tus hermanos.

El silencio fue absoluto.

Adrian era hijo único.

O eso le habían contado durante toda su vida.

Entonces el anciano añadió:

—Y uno de ellos sigue vivo.

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