—No hagas nada por mí —le dije—. Solo revisa la filial como revisarías cualquier otra.
Mi padre guardó silencio.
—Lucía, llevo treinta años dirigiendo este grupo. Sé distinguir entre proteger a mi hija y descubrir quién está destruyendo mi empresa.
A las nueve de la mañana siguiente, Alejandro Moreno apareció sin previo aviso.
Daniel Vargas casi corrió a recibirlo.
—Presidente Moreno, qué sorpresa.
Valeria estaba detrás de él sosteniendo una carpeta.
Gabriel también.
Mi padre recorrió la sala con la mirada.
—He venido por el proyecto Ríos.
Daniel sonrió.
—Precisamente nuestra nueva responsable iba a presentarlo.
Valeria comenzó.
Duró cuatro minutos.
Entonces mi padre preguntó:
—¿Por qué eliminaron el modelo dinámico de descuento?
Valeria quedó muda.
Daniel intervino.
—Fue una decisión estratégica.
—Explíqueme la estrategia.
Silencio.
En ese momento se abrió la puerta.
Esteban Ríos entró acompañado por sus abogados.
—Yo puedo explicarla —dijo—. No existe.
Dejó un documento sobre la mesa.
—Suspendo el contrato hasta que Lucía Moreno vuelva a dirigir el proyecto.
Daniel palideció.
—La señorita Moreno fue despedida por problemas de rendimiento.
Ríos soltó una carcajada.
—Entonces enséñeme quién produjo estas versiones.
Colocó sobre la pantalla el historial de archivos.
Mi nombre aparecía en ciento ochenta y siete revisiones.
Valeria, en ninguna.
Mi padre miró a Daniel.
—¿Quién autorizó el despido?
—Yo.
—¿Y quién entregó los archivos de Lucía a la becaria?
Gabriel bajó la cabeza.
Demasiado tarde.
El departamento de auditoría de la sede central entró en ese momento.
Mi padre ya había ordenado revisar servidores, correos y registros de acceso.
Encontraron el inicio de sesión de Gabriel en mi computadora.
También mensajes entre él y Daniel.
“Cuando Lucía termine la propuesta, yo saco la versión final.”
Y uno de Daniel:
“Valeria necesita aparecer como responsable. Su padre confirmará mi ascenso después.”
Mi padre dejó de pasar páginas.
—¿Su padre?
Valeria comenzó a llorar.
—No sabía nada de esto.
Pero auditoría encontró algo peor.
Durante ocho meses, Daniel había aprobado pagos a una consultora externa llamada Cruz Strategic.
Propietario: Roberto Cruz.
Padre de Valeria.
Más de dos millones habían salido de la filial.
Daniel se levantó.
—Presidente Moreno, puedo explicarlo.
—Lo hará ante auditoría.
Entonces Gabriel intentó salvarse.
—Señor, Lucía también cometió errores. Su actitud—
Mi padre levantó los ojos.
—¿Lucía?
—Sí.
—¿Lucía Moreno?
Gabriel asintió.
Mi padre permaneció callado varios segundos.
Después sacó su teléfono.
—Llámala.
Daniel frunció el ceño.
—¿Para qué?
La puerta se abrió antes de que pudiera responder.
Entré.
Nadie habló.
Mi padre caminó hacia mí.
Por primera vez en tres años dentro de aquella empresa, no fingió que éramos desconocidos.
—Hija.
La cara de Gabriel perdió todo el color.
Valeria dejó caer la carpeta.
Daniel se quedó inmóvil.
Pero mi padre no había bajado únicamente para revelar quién era yo.
Me entregó otro expediente.
—Encontramos esto durante la auditoría.
Lo abrí.
Era una solicitud para transferir parte de mis derechos sobre el proyecto a una sociedad privada.
Mi firma estaba falsificada.
El beneficiario era Gabriel.
—Eso no es mío —dijo él inmediatamente.
Lo miré.
Por su expresión, supe que decía la verdad.
Mi padre pasó a la última página.
—Lo sé.
Entonces señaló la dirección IP desde donde se había creado el documento.
Reconocí la dirección.
No pertenecía a la empresa.
Era la de mi apartamento.
Mi antiguo apartamento con Gabriel.
Pero el registro indicaba que el archivo había sido creado tres meses antes de que Gabriel se mudara conmigo.
Levanté lentamente la mirada.
—Eso es imposible.
Mi padre negó con la cabeza.
—No, Lucía.
Su expresión se endureció.
—Significa que alguien estaba dentro de tu casa antes de que tú supieras que Gabriel tenía una llave.
