Henry dejó de respirar.
En la fotografía aparecía Mason, mucho más pequeño, abrazado a una niña de unos cinco años.
Pero no fue el adolescente quien lo paralizó.
Fue la mujer detrás de ellos.
Claire.
Su esposa.
—¿De dónde sacaste esto?
Mason le arrebató la fotografía.
—Era de mi madre.
Henry sintió un escalofrío.
—¿Cómo se llamaba?
El muchacho vaciló.
—Rebecca Brooks.
Ese nombre no significaba nada.
Pero Claire sí.
—Esa mujer de la fotografía era mi esposa.
Mason lo miró fijamente.
—No.
—Claire Whitman.
El adolescente palideció.
—Mi madre la llamaba tía Claire.
Henry sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Claire siempre había afirmado ser hija única.
—¿Dónde está tu madre?
Mason bajó la mirada.
—Murió hace cuatro meses.
Entonces Henry comprendió la frase del muchacho sobre perder a alguien.
—¿Y tu hermana?
Mason apretó la fotografía.
—También murió.
Nora comenzó a inquietarse.
Mason volvió a tararear aquella melodía.
Henry sintió que algo le atravesaba el pecho.
—Espera.
Mason se detuvo.
—¿Quién te enseñó esa canción?
—Mi madre.
Henry negó lentamente.
—Claire cantaba exactamente lo mismo a Nora.
El muchacho dejó de mecer a la bebé.
—Mi madre decía que era una canción familiar.
Henry tomó su teléfono y abrió los archivos que Claire había dejado.
Buscó su apellido de soltera.
Nada.
Entonces recordó una carpeta cifrada que nunca había conseguido abrir.
Probó una contraseña.
Rebecca.
La carpeta se abrió.
Había fotografías.
Claire con Rebecca.
Claire sosteniendo a Mason cuando era bebé.
Y documentos bancarios.
Durante dieciséis años, Claire había enviado dinero anónimamente a una cuenta vinculada a Mason.
—Ella sabía quién eras —susurró Henry.
Mason se quedó inmóvil.
El último archivo era un video grabado por Claire dos semanas antes de morir.
Henry pulsó reproducir.
Claire apareció embarazada, pálida y asustada.
—Henry, si estás viendo esto, significa que no pude contártelo personalmente.
Mason se acercó.
Claire continuó:
—Rebecca no era mi hermana.
El adolescente frunció el ceño.
—¿Qué?
—Era la primera esposa de mi padre.
Henry sintió que aquello tenía todavía menos sentido.
Entonces Claire pronunció las palabras que cambiaron todo.
—Mason es hijo de mi padre.
El muchacho retrocedió.
—No.
Claire explicó que Rebecca había huido después de descubrir irregularidades financieras dentro de la familia Whitman.
Había criado a Mason escondido para mantenerlo lejos de ellos.
Después miró directamente a la cámara.
—Henry, no permitas que mi padre encuentre a Mason.
El video terminó.
Henry levantó lentamente la mirada.
—¿Por qué viajas a Zúrich?
Mason abrió la mochila y sacó una carta.
—Mi madre me dijo que, cuando muriera, buscara a un hombre allí.
Henry leyó el nombre del destinatario.
Arthur Whitman.
Su suegro.
El hombre contra quien Claire acababa de advertirle.
Entonces vio algo escrito al reverso:
“Entrégale al muchacho a cambio de Nora.”
—Mason, ¿quién te compró este billete?
El adolescente palideció.
—Un abogado de Arthur Whitman.
Henry miró hacia primera clase.
El asiento situado directamente frente al suyo estaba vacío desde Boston.
Sobre él acababa de encenderse la pantalla de reserva.
Un nombre apareció.
Arthur Whitman.
Y desde la cortina que separaba las cabinas, una voz anciana dijo:
—Por fin están juntos mis dos hijos.
