No respondí de inmediato. Miré a Clara. Estaba pálida, aferrada a su blusa como si la tela pudiera protegerla.
—Está conmigo —dije al teléfono—. Está a salvo.
Daniel soltó una risa suave.
—Qué alivio. Últimamente se confunde con facilidad. Tal vez debería evaluarla un médico.
Clara negó desesperadamente con la cabeza.
Entonces comprendí que esa llamada no era una preocupación. Era una advertencia.
—No vuelvas a llamar aquí —le dije.
—Evelyn, no conviertas un problema familiar en un problema profesional.
Corté.
Clara se echó a llorar.
—Tiene fotos de documentos de tu despacho. Dice que yo los copié y se los entregué. Si hablas con la policía, dirá que me ayudaste a filtrar información confidencial.
El miedo le quebraba la voz. Daniel había elegido su trampa con cuidado: si yo investigaba a mi yerno o intentaba influir en sus asuntos, él podía acusarme de usar mi cargo para proteger a mi hija.
No toqué ningún expediente ni llamé a nadie desde mi oficina. Como jueza, sabía que no podía intervenir en una investigación relacionada conmigo y mi familia.
—Escúchame —le dije—. No voy a manejar esto desde el tribunal. Voy a conseguirte protección y un abogado independiente.
Llamé a una colega de confianza, que me puso en contacto con una fiscalía ajena a cualquier asunto que yo hubiera presidido. Después, Clara entregó su teléfono y las fotografías de sus lesiones a una investigadora. Le expliqué cada paso antes de que lo diera.
Por primera vez, sus hombros dejaron de temblar.
—¿Y si él viene?
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre.
Clara se quedó inmóvil.
Miré por la ventana. Un automóvil oscuro estaba detenido junto a la acera, con los faros encendidos.
Mi teléfono vibró. Daniel había enviado una imagen de mi casa, tomada desde el asiento del conductor.
Debajo escribió:
«Sé que Clara está ahí. Abre la puerta y hablamos como familia».
La investigadora, todavía en la línea, me pidió que no abriera y que mantuviera a Clara lejos de las ventanas.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez, Daniel había adjuntado un archivo con el nombre de Clara y una fecha de hacía tres meses.
Al verlo, mi hija soltó un grito.
—Mamá… esa firma no es mía.
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