Me senté frente al piano sin pensar demasiado.
Arthur dejó el té sobre una mesa.
—¿Qué va a tocar?
Miré las teclas.
—Algo que escribí hace mucho tiempo.
Tenía diecinueve años cuando compuse aquella melodía.
Nunca se la mostré a nadie.
Excepto a Gabriel.
Una noche, mucho antes de casarnos, la había tocado para él en una sala vacía de la universidad.
Gabriel escuchó hasta el final.
Después dijo simplemente:
—Es bonita.
Yo había guardado esas dos palabras como un tesoro durante diez años.
Mis dedos comenzaron a moverse.
Poco a poco, los residentes salieron al patio.
Nadie habló.
Cuando terminé, Arthur tenía lágrimas en los ojos.
—Esa canción…
Su expresión cambió.
—¿Dónde la aprendió?
—La compuse yo.
El anciano palideció.
—¿Cómo se llama?
—Invierno sin nieve.
Arthur se levantó lentamente.
—Espere aquí.
Regresó con una caja antigua.
Dentro había partituras.
En la primera página reconocí inmediatamente mis notas.
Mi canción.
Pero debajo aparecía otro nombre.
Serena Vale.
Sentí que algo se rompía otra vez.
—¿De dónde salió esto?
—La fundación que donó el piano organiza conciertos benéficos —explicó Arthur—. Serena tocó esta pieza aquí hace dos años. Dijo que la había compuesto para Gabriel Stone.
Dos años.
Mientras yo todavía era su esposa.
Saqué el teléfono y busqué.
Encontré videos.
Entrevistas.
Incluso una gala donde Serena contaba que había escrito aquella melodía durante su juventud.
Gabriel estaba sentado entre el público.
Aplaudiendo.
Esa tarde llamé a mi abogado.
No solo quería el divorcio.
Quería recuperar cada cosa que había permitido que otros tomaran de mí.
Mi apellido.
Mi trabajo.
Mi música.
Mi vida.
Pero antes de colgar, Arthur apareció sosteniendo un sobre.
—Esto llegó para usted.
No tenía remitente.
Dentro había una memoria USB y una fotografía.
La imagen mostraba a Gabriel frente a mi nueva casa.
Había sido tomada aquella misma mañana.
Conecté la memoria.
Solo contenía un video.
Serena aparecía entrando en una oficina.
Después mi madre.
Finalmente Gabriel.
La fecha era de seis meses atrás.
Subí el volumen.
La voz de Serena sonó primero.
—Emilia jamás debe descubrir que las canciones son suyas legalmente.
Mi madre respondió:
—Ella nunca pelea por nada.
Entonces Gabriel habló.
Sentí que dejaba de respirar.
—No me preocupa la música.
Hubo un silencio.
—Me preocupa que Emilia descubra por qué me casé con ella.
La grabación terminó.
Me quedé inmóvil.
Arthur observó la fotografía.
—Ese hombre que está detrás de su esposo…
Miré nuevamente.
Había alguien sentado dentro del automóvil de Gabriel.
Un anciano de perfil.
Arthur acercó la imagen.
—Lo conozco.
—¿Quién es?
Su respuesta me heló la sangre.
—El fundador de la institución que donó ese piano.
Tragué saliva.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Arthur me miró durante varios segundos.
—Emilia, esa fundación lleva treinta años buscando a la hija desaparecida de su fundador.
Sacó una vieja fotografía de la caja.
La mujer de la imagen tenía mis ojos.
Mi sonrisa.
Y llevaba al cuello el mismo medallón que mi madre me había prohibido tocar desde niña.
Arthur susurró:
—Creo que esa hija era tu verdadera madre.
