PARTE 2: EL HOMBRE QUE DAVID NUNCA DEBIÓ PROVOCAR

David llamó a mi teléfono diecisiete veces aquella tarde.

No respondí.

Yo estaba sentada frente a mi padre cuando colocó sobre su escritorio una carpeta gruesa.

—Emma, necesito preguntarte algo —dijo Richard Hamilton—. ¿David sabía quién soy?

—Sabía que eras juez. Nada más.

Mi padre asintió lentamente.

—Entonces probablemente tampoco sabía esto.

Abrió la carpeta.

Había estados bancarios, sociedades y documentos corporativos.

Reconocí inmediatamente el nombre de la empresa de David.

Cross Medical Technologies.

—¿Qué tiene que ver contigo?

—Nada conmigo.

Papá deslizó otro documento hacia mí.

—Contigo.

Lo leí dos veces.

Mi madre había creado un fideicomiso antes de morir.

Años después, ese fondo había aportado el capital que evitó la quiebra de Cross Medical.

David siempre me había contado que un inversor anónimo había salvado su compañía.

Ese inversor había sido mi fideicomiso.

—Posees el treinta y ocho por ciento —dijo papá—. David nunca preguntó quién estaba detrás de Hamilton Capital.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta.

Durante años David había presumido que él pagaba nuestra vida.

En realidad, parte de su imperio existía gracias a mí.

Pero mi padre todavía no había terminado.

—Encontramos algo más mientras revisábamos por qué permaneciste detenida tantos días.

Su expresión cambió.

—Selena no acudió simplemente a una revisión médica.

Había solicitado que sus lesiones fueran documentadas por un médico concreto.

Doctor Aaron Blake.

El mismo médico que aparecía como consultor de Cross Medical.

—¿Por qué?

Papá giró otra página.

Había correos entre Selena y Blake enviados dos semanas antes del incidente.

Uno decía:

“Necesitamos que Emma pierda el control delante de David. Después tendremos la denuncia.”

Se me helaron las manos.

Aquello no había sido una provocación improvisada.

Habían preparado la escena.

El pijama.

La cocina.

La sonrisa.

Todo.

Entonces apareció un correo de David.

Me quedé inmóvil.

“Cuando Emma tenga antecedentes por agresión, podremos activar la cláusula de incapacidad del fideicomiso.”

Levanté lentamente la mirada.

—Él sabía del fideicomiso.

—Eso parece.

Mi padre apretó la mandíbula.

—Y necesitaba que parecieras inestable para intentar controlar tus acciones.

En ese instante sonó el intercomunicador.

—Juez Hamilton, David Cross está abajo.

Mi padre me miró.

—La decisión es tuya.

—Déjalo subir.

Cinco minutos después, David entró todavía sosteniendo las flores blancas.

Cuando me vio detrás del escritorio, pareció aliviado.

—Emma, gracias a Dios. Todo esto se salió de control.

Empujé los correos hacia él.

Las flores cayeron lentamente de su mano.

—¿Dónde conseguiste esto?

No preguntó qué eran.

Preguntó dónde los había conseguido.

Mi padre también lo notó.

—Así que son auténticos —dijo.

David retrocedió.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo —respondí.

Antes de que pudiera hablar, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Una fotografía.

Selena estaba en un aeropuerto.

Debajo aparecía una frase:

“David te está mintiendo. El fideicomiso nunca fue el verdadero objetivo.”

Llegó una segunda imagen.

Era mi certificado de matrimonio.

Pero la fecha de registro no coincidía con la que yo recordaba.

Y junto a la firma de David aparecía otra autorización.

La de mi padre.

Richard tomó el teléfono.

Por primera vez desde que había llegado a buscarme, perdió completamente el color.

—Papá, ¿qué significa esto?

David dejó de retroceder.

Mi padre cerró los ojos.

—Significa que hay algo sobre tu matrimonio que debí contarte hace tres años.

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