Lucía se detuvo en el pasillo cuando escuchó la risa de Beatriz desde la cocina.
—Tranquila, Álvaro ya habló con ella —decía por teléfono—. Lucía acabará cediendo. Siempre lo hace.
Después escuchó algo peor.
—Además, estoy pagando todo con su tarjeta. Si tiene dinero para este piso, puede mantenernos unas semanas más.
Lucía entró.
Beatriz tenía su tarjeta bancaria sobre la encimera.
—Dámela.
La sonrisa desapareció.
—Álvaro me dijo que podía usarla.
Lucía tomó la tarjeta.
—Álvaro no puede autorizarte a gastar mi dinero.
Beatriz cruzó los brazos.
—Otra vez con lo mismo. Si no soportas compartir, quizá deberías marcharte tú.
Lucía no discutió.
Sacó la escritura que había preparado aquella mañana y la dejó sobre la mesa.
—Propietaria única: Lucía Ferrer.
Beatriz leyó dos veces.
Palideció.
Álvaro apareció veinte minutos después.
Lucía ya estaba hablando con su abogada.
—Quiero cambiar las cerraduras cuando legalmente corresponda y cancelar cualquier autorización sobre mis cuentas.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él.
—Protegiendo a Marcos.
—Beatriz no tiene dónde ir.
—Eso ya no será problema de nuestro hijo.
Álvaro cerró la puerta.
—Lucía, estás destruyendo nuestra familia por unos juguetes y unas compras.
Ella abrió el historial bancario.
En cuarenta días, Beatriz había gastado más de seis mil euros.
Restaurantes.
Ropa.
Un teléfono nuevo.
Incluso el depósito para alquilar otro piso.
Lucía levantó la mirada.
—Así que sí tenía pensado marcharse.
Beatriz quedó inmóvil.
Pero una notificación apareció entonces en el ordenador de Lucía.
La cuenta familiar estaba sincronizada con la tableta de Álvaro.
Un mensaje antiguo acababa de descargarse.
Era de Álvaro para Beatriz.
“Quédate hasta que Lucía explote. Necesito que parezca que ella nos está echando a los dos.”
Lucía sintió frío.
Siguió leyendo.
“Cuando solicite el divorcio, diré que abandonó emocionalmente el matrimonio y que la vivienda era nuestro domicilio familiar. Mi abogado dice que eso nos dará tiempo.”
—¿Tiempo para qué? —susurró.
Álvaro se lanzó hacia el ordenador.
Demasiado tarde.
Había otro mensaje.
“El comprador ya está preparado. Solo necesito que Lucía firme la autorización sin leerla.”
Lucía lo miró.
—¿Comprador?
Álvaro perdió el color.
Su abogada, todavía al teléfono, escuchó todo.
—Lucía, no firmes absolutamente nada. Voy para allá.
Beatriz comenzó a llorar.
—Yo no sabía lo de la venta.
Álvaro giró furioso.
—¡Cállate!
Y aquella reacción confirmó más que cualquier explicación.
Lucía abrió el archivo adjunto al último mensaje.
Era un contrato preliminar para vender el piso.
Su piso.
Su firma ya aparecía al final.
Falsificada.
Pero lo verdaderamente inquietante era el nombre del comprador.
Lucía lo conocía.
Era Javier Ferrer.
Su propio hermano.
El hombre que llevaba siete años asegurándole que aquel piso jamás debió pertenecerle a ella.
