PARTE 2 — LA CÁMARA QUE NADIE DEBÍA VER

Alejandro no me soltó la muñeca.

—La cámara —dijo con una voz áspera.

El guardia más cercano palideció. El otro se abalanzó hacia el estante, pero Alejandro alzó la mano.

—Ni un paso más.

El hombre se detuvo.

Yo seguía arrodillada junto al escritorio, aferrada a mi conejo. El EpiPen vacío yacía cerca de mi rodilla. Alejandro respiraba con dificultad, pero respiraba.

—Llama al médico —ordenó al guardia que seguía junto a la puerta—. Ahora.

El segundo hombre miró hacia el pasillo.

—Señor, la cámara lleva meses desconectada.

Alejandro volvió lentamente la cabeza hacia él.

—Entonces no te importará que revisemos la grabación.

Por primera vez, el guardia no tuvo respuesta.

Unos minutos después, el médico entró con dos asistentes. Me apartaron con cuidado mientras atendían a Alejandro. Yo pregunté si iba a vivir, pero nadie me contestó hasta que una enfermera se agachó frente a mí.

—Está reaccionando. Hiciste bien en ayudarlo.

Cuando se llevaron a Alejandro, uno de los guardias quiso conducirme de regreso al sótano. Entonces escuché su voz desde la camilla:

—Emma se queda aquí.

Mi madre apareció poco después, con el uniforme todavía húmedo y el rostro blanco de miedo. Me abrazó tan fuerte que mi conejo quedó aplastado entre las dos.

—¿Qué hiciste, mi amor?

—No podía respirar —susurré—. Yo sí podía.

Mamá cerró los ojos. No me regañó. Solo me besó la frente, temblando.

Desde la puerta, el guardia pálido observaba en silencio.

Una hora más tarde, Alejandro pidió ver la grabación. La imagen apareció en una pantalla del despacho: minutos antes de que él cayera, alguien entraba, se acercaba a su copa y dejaba algo junto a ella.

El médico señaló la figura.

—Es el señor Bellini. Su asesor personal.

El guardia de la puerta retrocedió hacia el pasillo.

Alejandro lo vio.

—¿Adónde vas?

El hombre sacó una pistola, pero antes de que pudiera levantarla, mi madre se interpuso delante de mí.

Entonces Alejandro pronunció un nombre que hizo que todos los presentes se quedaran helados.

—Rosa… ¿por qué tu hija tiene mi apellido en su partida de nacimiento?

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