PARTE 2: CUANDO ÉL EMPEZÓ A BUSCARME

Gabriel Fuentes tardó exactamente nueve días en comprender que yo no iba a regresar.

Al décimo, empezó a perder el control.

Primero llamó a Isabel.

Después a mis padres.

Luego envió empleados a cada hotel, apartamento y lugar que yo frecuentaba.

No encontró nada.

Yo ya estaba a cientos de kilómetros, usando el nombre de Elena Vega y trabajando en un pequeño estudio de joyería.

Mientras tanto, Gabriel seguía convencido de que mi desaparición era un berrinche.

Hasta que Marta decidió hablar.

—Señor Fuentes —dijo una mañana—, la señora Clara no se marchó por celos.

Gabriel levantó la vista.

—¿Entonces por qué?

Marta colocó sobre su escritorio una bolsa transparente.

Dentro estaba la ropa que yo llevaba el día de la caída.

Todavía tenía las manchas que nadie había querido mirar.

El rostro de Gabriel cambió.

—¿Qué significa esto?

—Después de que usted la empujó, la señora estaba sangrando.

—Lo sé.

—No. Usted no sabe nada.

Marta respiró profundamente.

—La señora Clara estaba embarazada.

Gabriel quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Perdió al bebé aquella misma noche.

El vaso que sostenía cayó sobre el escritorio.

—Eso es imposible.

—El hospital confirmó el embarazo.

Gabriel retrocedió.

Por primera vez recordó algo que había decidido ignorar.

Mi mano protegiendo instintivamente el vientre.

La sangre.

Mi dificultad para caminar.

Y sus propias palabras:

“No importa. Primero llevaré a Laura al hospital.”

—¿Dónde está Clara?

—No lo sé.

Gabriel salió de la casa como un hombre perseguido.

Llegó al hospital y exigió información, pero nadie quiso dársela.

Entonces llamó a Isabel.

Ella contestó finalmente.

—¿Qué quieres?

—¿Clara estaba embarazada?

Silencio.

—Respóndeme.

Isabel soltó una risa amarga.

—Ahora sí quieres respuestas.

—¿Dónde está mi esposa?

—Exesposa.

—¡¿Dónde está?!

—Lejos de ti.

Gabriel apretó el teléfono.

—Quiero verla.

—Ella también quiso que la vieras cuando estaba al pie de aquellas escaleras.

Eso lo silenció.

Isabel continuó:

—Quiso que vieras la sangre. Quiso que entendieras que necesitaba ayuda. Pero estabas demasiado ocupado cuidando a Laura.

—Yo no sabía lo del bebé.

—No necesitabas saberlo para ayudar a una mujer que acababas de empujar por unas escaleras.

Gabriel no respondió.

Porque no existía respuesta.

Los días siguientes fueron peores.

Laura intentó acercarse a él.

—Gabriel, aquello fue un accidente.

Él levantó lentamente la mirada.

—¿Accidente?

—Estabas enfadado. Clara también te provocó.

—Basta.

Laura palideció.

Era la primera vez que Gabriel le hablaba así.

Pero el verdadero golpe llegó dos semanas después.

Tres organismos reguladores comenzaron a revisar operaciones del Grupo Fuentes.

Aparecieron documentos.

Transferencias.

Contratos.

Expedientes que alguien había guardado durante años.

Gabriel comprendió inmediatamente quién había tenido acceso a casi todos ellos.

Clara.

La mujer que él había considerado una sustituta había conocido cada rincón de su imperio.

Entonces apareció el expediente del antiguo accidente de Laura.

Y la historia empezó a derrumbarse.

Laura siempre había asegurado que años atrás había sufrido lesiones graves al salvar a Gabriel.

Aquella deuda emocional era precisamente la razón por la que Gabriel nunca había conseguido olvidarla.

Pero los registros originales contaban otra cosa.

Laura no lo había salvado.

Había provocado indirectamente la situación que terminó en el accidente y después permitió que Gabriel creyera durante años que se había sacrificado por él.

Cuando Gabriel colocó los documentos frente a ella, Laura perdió su habitual expresión frágil.

—¿Quién te dio esto?

—¿Es verdad?

—Gabriel…

—¿Es verdad?

Ella guardó silencio.

Y ese silencio respondió por ella.

Gabriel se levantó.

—Sal de mi casa.

Laura empezó a llorar.

—¡Hice todo porque te amaba!

—No.

Gabriel abrió la puerta.

—Lo hiciste porque sabías que mientras yo creyera que te debía la vida siempre tendrías un lugar a mi lado.

Laura intentó tocarlo.

Él retrocedió.

—No vuelvas.

Pero echar a Laura no arregló nada.

No devolvió al bebé.

No me devolvió a mí.

Y tampoco detuvo las investigaciones.

Seis meses después, yo ya no parecía la mujer que había salido de aquella casa.

Elena Vega había comenzado desde abajo, pero mis diseños llamaron la atención de una firma importante.

Mi primera colección se presentó en una exposición privada.

La pieza central era un colgante pequeño con forma de rama quebrada de la que nacía una hoja nueva.

Lo llamé Renacer.

Aquella noche había empresarios, diseñadores y periodistas.

Yo conversaba con una compradora cuando el salón quedó extrañamente silencioso.

No necesité girarme inmediatamente.

Algo dentro de mí reconoció aquella presencia.

Gabriel.

Estaba junto a la entrada.

Más delgado.

Más cansado.

Sin Laura.

Sus ojos recorrieron la sala hasta encontrarme.

Y entonces dejó de respirar.

Se acercó lentamente.

—Clara.

Sonreí con educación.

—Se equivoca, señor Fuentes.

Sus ojos se humedecieron.

—Te busqué durante seis meses.

—Entonces perdió seis meses.

—Sé lo del bebé.

Mi sonrisa desapareció.

Gabriel tragó saliva.

—Lo siento.

—No pronuncies esas palabras aquí.

—Déjame explicarte.

—Ya explicaste todo aquel día.

Me miró sin comprender.

Me acerqué apenas.

—Dijiste que yo era una sustituta.

Gabriel cerró los ojos.

—Estaba equivocado.

—Sí.

—Laura me engañó.

—Laura no te obligó a empujarme.

Aquello lo destruyó.

Porque podía culpar a Laura por sus mentiras.

Pero no por su propia decisión.

Gabriel extendió una mano.

No permití que me tocara.

—Clara, dame una oportunidad.

Negué lentamente.

—Clara murió aquel día.

Le mostré mi acreditación.

ELENA VEGA.

—Esta mujer no te debe nada.

Me alejé.

Gabriel no intentó detenerme.

Entonces mi teléfono vibró.

Isabel.

“Acaban de confirmar las acusaciones contra el Grupo Fuentes. Todo salió a la luz.”

Miré una última vez al hombre por quien alguna vez habría renunciado a todo.

Él había recuperado a su primer amor.

Después descubrió que aquella historia estaba construida sobre una mentira.

Yo había perdido un matrimonio, un futuro y un sueño que nunca llegaría a conocer.

Pero había recuperado algo que Gabriel jamás podría devolverme porque nunca le había pertenecido.

Mi vida.

Y esta vez no estaba huyendo de él.

Simplemente estaba caminando hacia un lugar donde él ya no tenía derecho a seguirme.

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