PARTE 2: YA ERA DEMASIADO TARDE

Christopher miró mi alianza como si no entendiera lo que estaba viendo.

—Quítatela.

—No.

—Anna, estás enfadada. No sabes lo que hiciste.

—Sé perfectamente lo que hice.

Diana apretó su vientre.

—¿De verdad te casaste con otro solo para castigarlo?

La miré.

—Mi matrimonio no tiene nada que ver contigo.

En ese momento sonó el timbre.

Christopher abrió la puerta.

Alexander estaba allí acompañado por dos empleados de mudanzas y un abogado.

Su mirada encontró inmediatamente la mía.

—Esposa, llegué tarde.

Christopher endureció la mandíbula.

—No la llames así.

Alexander levantó una ceja.

—Pero lo es.

El abogado abrió una carpeta.

—Señor Grant, hemos venido a retirar las pertenencias de la señora Quinn.

Christopher rio.

—Esta es mi casa.

—No exactamente —respondí.

Saqué el documento que llevaba conmigo.

El apartamento había sido comprado por una sociedad de mi padre como regalo de boda.

La transferencia a Christopher nunca llegó a realizarse.

Seguía perteneciendo a mi familia.

Diana palideció.

—¿Entonces tenemos que irnos?

—Sí.

Christopher me miró incrédulo.

—¿Vas a echar a una mujer embarazada?

—Tú dijiste que la protegerías toda la vida.

Le devolví su propia frase:

—Empieza buscando dónde vivir.

Alexander tomó mi mano.

Christopher vio nuestros dedos entrelazados y finalmente perdió el control.

—¡Estuviste conmigo durante años! ¡No puedes amar a otro hombre en un día!

Lo miré tranquilamente.

—Tal vez no.

—Pero sí puedo dejar de elegir al hombre que dejó de elegirme.

Salimos.

Tres días después, Christopher apareció en casa de mis padres.

No venía solo.

Su madre estaba con él.

Y ambos tenían el rostro pálido.

Mi padre dejó una carpeta sobre la mesa.

—Anna, hay algo que necesitas saber sobre Diana.

Christopher habló antes que él.

—El médico revisó las fechas.

Sentí que Alexander apretaba suavemente mi mano.

—¿Qué fechas?

Christopher tragó saliva.

—El embarazo comenzó semanas antes de la noche en que supuestamente ocurrió lo nuestro.

Lo observé.

—Entonces el bebé no puede ser tuyo.

—Eso parece.

Pero mi padre negó con la cabeza.

—Hay más.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, transferencias y registros de hotel.

Diana había estado viendo secretamente a otro hombre.

Y Christopher lo reconoció inmediatamente.

Su rostro se volvió blanco.

—No puede ser.

—¿Quién es? —pregunté.

Christopher tardó varios segundos en responder.

—Mi hermano.

El hombre cuya muerte había utilizado para justificar cada sacrificio.

El hombre al que todos creían muerto.

Estaba vivo.

Y si aquellas pruebas eran auténticas, Diana lo sabía desde el principio.

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