PARTE 2: LA CUENTA QUE JAVIER CREYÓ QUE YO NO REVISARÍA

…no pertenecía a Lorena.

Pertenecía a Mateo.

Su hijo de seis años.

Verónica dejó el estado de cuenta frente a mí.

—La cuenta fue abierta hace cinco años. Javier aparece como autorizado secundario.

Sentí que el aire desaparecía de la oficina.

—¿Javier?

—Sí.

Cinco años.

Lorena siempre había dicho que el padre de Mateo había desaparecido antes de que naciera.

Javier y yo llevábamos casados siete.

—Necesito saber quién abrió esa cuenta.

Verónica tragó saliva.

—Ya pedí el expediente bancario.

Mientras esperábamos, llamé a seguridad.

—Mauricio no puede salir del edificio con documentos ni acceder a los servidores. No le digan todavía por qué.

Después marqué a Javier.

—Amor —respondió alegremente.

—Ya firmé el contrato.

Silencio.

Luego soltó el aire.

—Perfecto.

—¿Conoces personalmente a Litoral Consultores?

—No mucho. Creo que Lorena me habló alguna vez de esa empresa.

Mentía con una facilidad aterradora.

—¿Vas a llegar temprano hoy?

—Sí. Podemos cenar juntos.

—Perfecto.

Colgué.

Veinte minutos después llegó el expediente bancario.

Verónica lo abrió.

La solicitud de apertura incluía una copia del acta de nacimiento de Mateo.

Leí el nombre de la madre.

Lorena Ruiz.

Luego bajé hasta el espacio del padre.

Y allí estaba:

Javier Mendoza.

No lloré.

Todavía no.

Solo tomé una fotografía.

—Entonces Mateo es hijo de Javier —susurró Verónica.

—Eso parece.

Pero algo seguía sin encajar.

Si Javier quería enviar dinero a su propio hijo, ¿por qué fabricar un contrato de 4.8 millones?

Revisamos movimientos anteriores.

Entonces encontramos otra cosa.

Litoral Consultores había recibido pagos de mi empresa durante casi tres años.

Cantidades pequeñas.

180.000.

240.000.

310.000.

Siempre por debajo de los montos que requerían mi autorización directa.

En total:

2.7 millones de pesos.

—Mauricio lleva años haciendo esto —dijo Verónica.

—No solo Mauricio.

Abrí la grabación de aquella mañana.

“Después repartimos.”

Javier.

Guardamos todo.

A las cuatro, seguridad llamó.

—Licenciada, Mauricio está intentando salir.

—Deténganlo.

Cuando entré en la sala de juntas, Mauricio estaba pálido.

Puse el contrato delante de él.

—¿Dónde están los 2.7 millones?

—No sé de qué hablas.

Reproduje diez segundos de la grabación.

La voz de Javier llenó la habitación.

Mauricio cerró los ojos.

—Él dijo que era dinero suyo.

—Era dinero de mi empresa.

—Javier me aseguró que tú lo sabías.

—Entonces ¿por qué falsificaste firmas?

No respondió.

—Te ofreció cuatrocientos mil por este contrato.

Su rostro cambió.

—¿Cómo sabes eso?

Sonreí.

—Gracias por confirmarlo.

Se hundió en la silla.

Cinco minutos después empezó a hablar.

Javier había organizado todo.

Lorena prestaba el nombre de su empresa.

Mauricio fabricaba servicios.

El dinero salía poco a poco.

Pero el pago de 3.2 millones era diferente.

—¿Por qué tanta prisa ahora? —pregunté.

Mauricio me miró.

—Porque Javier necesita irse.

Mi estómago se cerró.

—¿Irse adónde?

—España.

—¿Con Lorena?

Asintió.

—Y con Mateo.

Me quedé completamente quieta.

—¿Cuándo?

—El viernes.

Dos días.

Por eso necesitaban el anticipo.

No estaban robando para mantener una aventura.

Estaban financiando una nueva vida.

Esa noche no volví directamente a casa.

Primero fui con mi abogada.

Luego entregamos copias de todo a las autoridades correspondientes y bloqueamos cualquier pago pendiente.

Cuando finalmente entré al departamento, Javier estaba preparando vino.

—Llegaste tarde.

—Mucho trabajo.

Me besó la frente.

Tuve que obligarme a no apartarme.

—¿Celebramos algo? —pregunté.

Sonrió.

—Quizá pronto.

Entonces vi una maleta parcialmente escondida detrás de la puerta del estudio.

Javier siguió mi mirada.

—Viaje de trabajo.

—Claro.

Mi teléfono vibró.

Verónica.

Había encontrado un último documento en los archivos privados de Mauricio.

Lo abrí mientras Javier servía el vino.

No era otra factura.

Era un borrador de compraventa de acciones.

Mis acciones.

El 51% de mi empresa.

Y al pie aparecía una firma falsificada con mi nombre.

Pero el comprador no era Javier.

Ni Lorena.

Era una sociedad llamada Mendoza Capital.

Miré la fecha de constitución.

Siete años atrás.

Tres semanas antes de mi boda.

Entonces vi quién figuraba como accionista fundador.

No era Javier.

Era mi suegra.

Y comprendí que mi marido no había empezado a robarme cuando conoció a Lorena.

Su familia había preparado todo antes incluso de que yo dijera “sí, acepto”.

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