—Baja del coche —dijo Julian al conductor.
—No —respondí antes de que el hombre pudiera moverse—. Quiero que se quede. Esta conversación será breve.
Julian se volvió hacia mí. En tres años de matrimonio me había visto ceder para evitar discusiones con su familia, posar a su lado cuando nadie debía saber quién era y sonreír ante personas que me presentaban como «una conocida». Tal vez por eso mi negativa lo sorprendió.
—¿Quién era el profesor? —preguntó.
—Un colega. Y acabas de amenazar con contarle a la universidad que estuvimos casados.
—No fue una amenaza.
Le mostré sus mensajes.
Julian apartó la mirada.
—No debí escribir eso.
—Tampoco debiste quedarte callado mientras Celia me trataba como una ladrona.
Esa vez sí me miró. Recordé a Snow tirando de mi abrigo y mis pertenencias extendidas sobre el mármol.
—Pensé que discutir delante de todos lo empeoraría —dijo.
—Tu silencio lo empeoró.
Apoyé la mano en la manija.
—Quiero que cualquier asunto relacionado con tu patrocinio pase por los canales de la universidad. No vuelvas a pedirme que suba a tu coche.
Bajé sin esperar respuesta.
Esa tarde informé al decano de que Julian y yo habíamos estado casados. No necesitaba contarle lo ocurrido en la mansión. Sí necesitaba que supiera que había una relación personal previa mientras la universidad negociaba una donación. Pedí apartarme de las decisiones sobre esos fondos.
El decano se quitó las gafas.
—De acuerdo, doctora Caldwell. Su puesto no depende de la contribución del señor Pierce.
No supe cuánto necesitaba oírlo hasta ese momento.
Julian respetó la distancia durante las semanas siguientes. Cuando quiso hablar de la división de unas pertenencias que quedaban en la mansión, escribió a mi abogada. No volvió a aparecer frente a mi departamento ni a enviar mensajes de una sola palabra.
Un sábado Mia vino a ayudarme a ordenar mis libros. Mientras alineábamos novelas en un estante demasiado pequeño, sonó el timbre. Era el chofer de Julian. Traía una caja con mis cuadernos y una carta. Le agradecí, recibí la caja y cerré la puerta.
Mia leyó mi expresión.
—Puedes abrirla otro día.
—Ahora está bien.
La carta era corta. Julian reconocía que me había ocultado durante nuestro matrimonio y que, cuando Celia me humilló, había vuelto a elegir el silencio. No pedía que regresara. Me preguntaba si quería ver a Snow; el perro seguía buscando mi abrigo junto a la puerta.
Fui una vez, con Mia esperando en el coche. Snow salió al jardín y corrió hacia mí con tanta fuerza que tuve que sujetarme a la cerca. Me quedé un rato acariciándolo. Julian observó desde la terraza sin acercarse. Antes de irme, acordamos que podría llevármelo algunos fines de semana. Era una decisión pequeña comparada con el divorcio, pero Snow no tenía que desaparecer de mi vida porque nosotros ya no viviéramos juntos.
Con el tiempo, Julian dejó de ser una presencia inesperada en los pasillos de la universidad. Su fundación hizo la donación mediante el procedimiento habitual y yo seguí dando clases. Un día, al entrar al aula, encontré a mis estudiantes discutiendo un libro que casi nadie había querido leer la semana anterior. Pasamos la hora entera hablando sobre la diferencia entre lo que un personaje promete y lo que hace.
Al salir, Mia me esperaba con dos vasos de té.
—¿Cómo te fue?
—Nadie miró el reloj —dije.
Fuimos hacia mi apartamento. Snow pasaría allí el fin de semana, y tenía que apartar los zapatos antes de que los confundiera con juguetes. Mia se echó a reír cuando le conté que ya había escondido uno debajo del sofá.
Pensé en la primera vez que entré en aquella casa pequeña después del divorcio, convencida de que había perdido mi lugar. Ahora conocía cada estante lleno, cada taza reparada y el rincón donde Snow se tumbaba a esperar que abriera un libro.