—Sí —respondí—. Estoy divorciada.
Mi abuelo guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su voz era más suave.
—Entonces ven a verme, Elena.
No le había contado a Nathan que seguía siendo propietaria de una parte de Sterling Group. Durante nuestro matrimonio dejé el trabajo diario de la firma, pero conservé mis acciones y mi puesto en el comité que debía aprobar sus mayores inversiones. Nathan había supuesto que yo vivía del dinero que él ganaba. Nunca preguntó de dónde había salido el capital con el que, años antes, había financiado mi primera empresa.
Price Capital era una de las compañías del grupo de mi abuelo.
Descubrí que estaba negociando con los Caldwell cuando Nathan lo mencionó en la puerta. En el hotel pedí los documentos que podía revisar como miembro del comité. Había pensado mantenerme al margen de sus negocios. Después de leer el informe sobre la deuda que había señalado durante aquella cena, solicité una reunión formal.
Tres semanas más tarde viajé a Chicago con mi abuelo para la presentación anual de Sterling Group. Él insistió en que entrara a su lado. Yo elegí los pendientes de diamantes que habían pertenecido a mi abuela. Los llamaba sus «diamantes de la Casa Blanca» porque los había usado en una recepción allí hacía décadas. De niña me dejaba probármelos frente al espejo y me sujetaba las manos para que no se me cayeran.
Una fotografía de nuestra llegada apareció esa noche en varios sitios financieros. Debajo de mi nombre decía: Elena Whitmore, accionista y miembro del comité de inversiones de Sterling Group.
Nathan me llamó a las once y cuarenta y siete.
—¿Trabajas para Price Capital? —preguntó.
—Price Capital pertenece al grupo de mi familia.
Hubo una pausa larga.
—Debiste decírmelo.
Recordé las veces que intenté hablarle de aquel fondo y la risa con la que había respondido.
—Pudiste preguntarme a qué me dedicaba antes de conocerte.
—La fusión no puede depender de lo que pasó entre nosotros.
—Estoy de acuerdo. Por eso cualquier decisión tendrá que basarse en los números, y he informado al comité de nuestra relación.
Colgó sin despedirse.
A la mañana siguiente presenté mi evaluación. Los informes mostraban que el fondo Caldwell tenía una exposición a deuda mayor de la que indicaban sus primeras proyecciones. Los demás miembros del comité examinaron los documentos y solicitaron información adicional. Como Nathan era mi exmarido, me aparté de la votación.
La negociación se suspendió hasta que la familia Caldwell entregó las cifras completas.
Margaret llamó a mi abuelo. No supe qué le dijo. Él entró en mi oficina después, con una taza de café en cada mano.
—Parecía sorprendida de que supieras leer un balance —comentó.
Acepté el café.
—Nathan también lo estaba.
Mi abuelo miró el informe abierto sobre mi escritorio.
—Hiciste bien en traerlo para que todos lo revisaran.
No hablamos de hundir a los Caldwell. Había empleados y clientes que dependían de aquella empresa. El comité terminó proponiendo una operación más pequeña, sujeta a que redujeran la deuda y presentaran información verificable. Nathan pudo aceptarla o buscar otro inversor. Eligió negociar.
Meses después coincidimos a la salida de una reunión. Margaret no estaba con él. Nathan llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía cansado.
—Revisé los documentos de la cena —dijo—. Tenías razón entonces.
—Lo sé.
Me miró con una expresión que no le había visto durante los últimos años de nuestro matrimonio.
—No conocía esa parte de tu vida.
—Conocías las partes que quisiste mirar.
No discutió. Se despidió y se alejó por el pasillo.
Esa tarde regresé al apartamento de mi abuelo. Encontré sobre la mesa una fotografía vieja de mi abuela frente a la Casa Blanca, sonriendo con aquellos pendientes puestos. Yo aparecía a su lado, muy pequeña, intentando caminar con unos zapatos que me quedaban grandes.
La llamé para agradecerle el préstamo de los diamantes, aunque sabía que no me oiría. Luego dejé la fotografía junto a mi maleta y abrí la agenda de la semana siguiente. Tenía trabajo que hacer, y esta vez mi nombre estaba escrito en la puerta.