La primera pareja recorrió el apartamento mientras Margaret seguía sentada en el suelo.
Nadie corrió a levantarla.
Al darse cuenta, dejó de sollozar y se incorporó sola.
—Isabella, esto es una humillación.
—No. Esto es una venta.
Lucas disimuló una sonrisa.
Ethan no.
Esperó hasta que los compradores entraron al balcón y se acercó a mí.
—Cancela esto ahora mismo.
—No.
—Soy tu esposo.
—Y yo soy la propietaria.
Su rostro se endureció.
—¿Quieres destruir nuestro matrimonio por un apartamento?
Lo miré durante unos segundos.
—Tú decidiste regalar mi casa sin preguntarme y enviar a mi madre a un asilo sin preguntarle.
—¡Intentaba resolver un problema!
—Mi madre nunca fue un problema.
Mi voz salió tan tranquila que Ethan retrocedió medio paso.
Antes del mediodía recibimos tres ofertas.
Una era al contado.
Acepté.
Cuando Ethan descubrió que había firmado la reserva, perdió completamente la calma.
—¡No puedes hacerme esto!
—Ya lo hice.
Margaret comenzó a llorar otra vez.
—¿Dónde voy a vivir?
La miré.
—En su propia casa.
Silencio.
Margaret tenía una vivienda.
Pequeña, sí.
Antigua, también.
Pero perfectamente habitable.
Nunca había estado sin techo.
Simplemente quería algo mejor.
Pagado por mis padres.
Aquella tarde llevé a mi madre a un apartamento temporal cerca de su hospital.
Por primera vez en meses la vi relajarse.
—Hija —susurró—, no quiero que pierdas tu matrimonio por mí.
Me arrodillé frente a ella.
—Mamá, un matrimonio que necesita sacrificarte para sobrevivir ya estaba perdido.
Tres días después, Ethan recibió la notificación de mi solicitud de divorcio.
Y entonces ocurrió algo extraño.
No me llamó para hablar del matrimonio.
Me llamó por el dinero.
—¿Dónde depositarán el pago de Lakeside Towers?
Fruncí el ceño.
—En mi cuenta.
Hubo silencio.
—Isabella, no hagas ninguna transferencia.
—¿Por qué?
—Porque necesitamos ese dinero.
Necesitamos.
Aquella palabra me hizo desconfiar.
—¿Para qué?
Ethan colgó.
Esa misma tarde revisé todos los documentos financieros que tenía en casa.
Encontré préstamos.
Estados de cuenta.
Y finalmente una carpeta escondida entre documentos fiscales.
Dentro había una solicitud bancaria rechazada.
Ethan había intentado utilizar Lakeside Towers como garantía para un préstamo empresarial.
Mi firma aparecía en el formulario.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado aquello.
Llamé inmediatamente a mi abogada.
Dos días después descubrimos algo peor.
La solicitud no era el primer intento.
Durante casi un año Ethan había presentado documentos afirmando que yo había autorizado determinadas operaciones sobre la propiedad.
—¿Cuánto debe? —pregunté.
Mi abogada dejó una hoja delante de mí.
Casi se me cayó el café.
—¿Todo eso?
—Y hay más.
Las deudas estaban vinculadas a una empresa llamada Walker Residential Management.
Nunca había oído hablar de ella.
El accionista principal era Ethan.
La segunda accionista era Chloe.
Y la tercera…
Margaret.
Me quedé mirando el documento.
—¿Su madre?
Mi abogada asintió.
Entonces entendí por qué querían Lakeside Towers.
No era únicamente para que Margaret viviera cómodamente.
Necesitaban el inmueble para sostener algo que ya se estaba derrumbando.
Esa noche Ethan apareció en casa de mi madre.
—Tenemos que hablar.
—Habla con mi abogada.
—Isabella, si vendes Lakeside, vas a provocar un desastre.
—Ya está vendido.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué?
—El comprador pagó el depósito. El cierre está programado.
Ethan se dejó caer en una silla.
Nunca lo había visto así.
—No entiendes.
—Entonces explícame Walker Residential Management.
Levantó la cabeza de golpe.
Su reacción confirmó todo.
—¿Quién te habló de eso?
—Los documentos que escondiste.
Ethan se pasó una mano por el rostro.
—La empresa tuvo problemas.
—¿Y decidiste usar mi propiedad?
—Pensaba devolverte todo.
—Con una firma falsa.
No respondió.
Mi madre estaba escuchando desde el pasillo.
Entonces dijo algo que nos hizo girar.
—Walker Residential Management.
Su voz sonaba extraña.
—Conozco ese nombre.
—¿Cómo?
Mi madre entró lentamente.
—Porque existía antes de que tú conocieras a Ethan.
Sentí un escalofrío.
—Eso es imposible.
—No con ese nombre exacto.
Mi madre pidió la carpeta.
Miró el número de registro mercantil.
Y palideció.
—Es la misma sociedad.
Ethan se puso de pie.
—Señora Bennett…
—Cállate.
Nunca había escuchado a mi madre hablarle así.
Se volvió hacia mí.
—Tu padre y yo compramos Lakeside Towers por una razón que nunca te contamos.
—¿Qué razón?
—El terreno sobre el que construyeron esa torre pertenecía originalmente a una compañía de tu abuelo.
Miré a Ethan.
Él ya sabía hacia dónde iba aquello.
—Mamá, ¿qué tiene que ver eso con los Walker?
Mi madre apretó los documentos entre las manos.
—Hace veinte años, esa compañía desapareció después de una disputa.
—¿Con quién?
Sus ojos fueron hacia Ethan.
—Con su padre.
El silencio cayó sobre la habitación.
Ethan cerró los ojos.
—Isabella, puedo explicarlo.
—¿Desde cuándo lo sabes?
No contestó.
—¿Desde antes de casarnos?
Su silencio fue suficiente.
Mi madre entonces abrió la última página del expediente.
Había una copia de un antiguo acuerdo.
Dos apellidos aparecían arriba.
BENNETT — WALKER.
Y debajo había una cláusula marcada.
Si ciertas irregularidades históricas llegaban a demostrarse, una parte de los derechos vinculados al desarrollo de Lakeside podía regresar a los herederos Bennett.
A mí.
Miré a Ethan.
—Nunca quisiste regalarle simplemente una casa a tu madre.
Él palideció.
—Isabella…
Finalmente comprendí.
—Querías poner Lakeside bajo control de los Walker antes de que yo descubriera que podía reclamar mucho más que ese apartamento.
Mi madre negó lentamente.
—No, hija.
Señaló una cifra en el documento.
—No estás entendiendo.
Me incliné.
Y dejé de respirar.
Lakeside Towers no era un solo edificio.
Formaba parte de un desarrollo completo de nueve torres.
Mi madre levantó los ojos.

—El apartamento que acabas de vender nunca fue lo que realmente querían.
Hizo una pausa.
—Lo que temían era que descubrieras que tu familia todavía podía tener derechos sobre una parte de todo el complejo.