No fui al restaurante.
A las siete, Adrian me llamó.
No contesté.
A las siete y cinco llegó otro mensaje.
Mia está esperando. No seas infantil.
A las siete y doce:
Sofía, contesta.
A las siete y veinte:
¿Dónde estás?
Apagué el teléfono.
A la mañana siguiente estaba sentada frente a Victoria Hale, la abogada que había redactado los documentos originales de la fusión entre Vega Creativa y Cole Marketing.
Coloqué sobre su escritorio mi copia del acuerdo.
—Quiero salir de Cole & Vega.
Victoria no pareció sorprendida.
—¿Salir de Adrian o de la empresa?
—De Adrian.
Hice una pausa.
—De la empresa todavía no lo sé.
Ella abrió el contrato.
Veinte minutos después levantó la vista.
—Entonces será mejor que no firmes absolutamente nada que él te envíe.
—¿Por qué?
Giró el documento.
—Porque Adrian puede ser director general, pero tú sigues controlando el cuarenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto.
Lo sabía.
Lo que había olvidado era la cláusula siguiente.
Las cuentas más importantes, la propiedad intelectual procedente de Vega Creativa y determinados contratos estratégicos requerían mi autorización.
—¿Puede apartarme de la dirección?
—Operativamente, puede limitar funciones.
Victoria señaló otra línea.
—Pero no puede convertir tus activos en suyos.
Sonreí por primera vez desde el hospital.
Mi teléfono volvió a encenderse.
Treinta y ocho llamadas.
La última era del director financiero.
Contesté.
—Directora Vega, necesitamos su firma urgente.
—¿Para qué?
Silencio.
—Una reestructuración accionarial.
Miré a Victoria.
Ella activó el altavoz.
—Envíamela.
El documento llegó dos minutos después.
Lo abrimos.
Mi embarazo no había provocado que Adrian empezara a apartarme.
Solo había acelerado un plan que ya existía.
La propuesta trasladaba varias cuentas clave a una nueva filial.
Cole Horizon Media.
Propietario mayoritario:
Adrian Cole.
Y había una participación minoritaria reservada.
Para Mia Larsen.
Me quedé mirando su nombre.
—¿Una secretaria recibe acciones de una empresa que todavía no existe?
Victoria frunció el ceño.
—Esto estaba preparado antes de hoy.
Revisamos los metadatos.
Primer borrador:
cinco meses atrás.
Un mes después de que Mia entrara a trabajar.
Justo cuando Adrian insistió en que yo debía alejarme de la empresa para “reducir el estrés” mientras intentábamos tener un bebé.
Aquella tarde regresé al apartamento únicamente por mis últimas cosas.
Adrian ya estaba allí.
—¿Dónde estabas?
—Con mi abogada.
Su rostro cambió.
—¿Para qué necesitas una abogada?
Dejé una carpeta sobre la mesa.
—Para recordar qué parte de tu imperio construí yo.
Adrian abrió el documento.
Su expresión se endureció.
—¿Estás investigando la empresa?
—Mi empresa también.
—Estás embarazada. No necesitas este estrés.
Casi me reí.
—Deja de usar mi embarazo como si fuera una orden judicial.
Se acercó.
—Sofía, estás enfadada por Mia. Lo entiendo.
—No. Estoy despierta por Mia.
Eso lo silenció.
—No firmaré Cole Horizon.
Adrian palideció.
—¿Quién te habló de eso?
—Gracias por confirmar que lo conocías.
Intentó cambiar de tono.
—Es una filial para proteger activos.
—¿Protegiéndolos de quién?
No respondió.
Entonces sonó el timbre.
Mia.
Entró como si ya conociera perfectamente el apartamento.
Llevaba un bolso que reconocí.
Adrian había dicho que quería comprármelo por mi cumpleaños.
Mia sonrió.
—Así que por fin nos conocemos.
La observé.
Era joven.
Segura.
Y mucho menos inocente de lo que Adrian parecía creer.
—Sí.
Tomé mi maleta.
—Y llegas justo a tiempo.
Adrian frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para quedarte con todo lo que estoy dejando.
Miré a Mia.
—El hombre que cree que una amante es símbolo de estatus.
Después a Adrian.
—El apartamento que él paga.
Luego señalé mi antigua vida alrededor.
—Y todas sus promesas.
Adrian me agarró del brazo.
Me solté inmediatamente.
—No vuelvas a tocarme.
Mia dejó de sonreír.
—Sofía, Adrian dice que estás emocional por las hormonas.
La miré.
—¿También te contó que quiere darte acciones de una empresa creada con clientes que conseguí yo?
Ahora fue Adrian quien quedó inmóvil.
Mia giró hacia él.
—¿Cómo lo sabe?
Demasiado tarde.
Dos palabras.
Una confirmación perfecta.
Tomé mi maleta y salí.
Tres días después, el consejo extraordinario de Cole & Vega recibió mi solicitud formal para revisar las operaciones de los últimos seis meses.
Entonces apareció el verdadero problema.
Cole Horizon no era el primer intento.
Existían otras dos sociedades.
Y una de ellas había recibido derechos sobre campañas desarrolladas originalmente por Vega Creativa.
Sin mi autorización.
El director financiero parecía enfermo cuando me entregó el expediente.
—Hay algo más.
Sacó un contrato antiguo.
—Encontramos esto en el archivo previo a la fusión.
Era de hacía diez años.
Antes de que Adrian y yo uniéramos nuestras compañías.
Mi padre había invertido discretamente en Cole Marketing cuando estaba al borde de la quiebra.
Nunca me lo contó.
La inversión incluía una cláusula de conversión.
Si Cole Marketing se fusionaba con una compañía controlada por mí y posteriormente intentaba separar activos esenciales sin mi autorización, aquella participación podía convertirse en acciones.
—¿A nombre de quién? —pregunté.
El director financiero tragó saliva.
—De Vega Family Holdings.
Mi corazón dio un vuelco.
Esa sociedad pertenecía a mi familia.
Victoria hizo rápidamente los cálculos.
Después permaneció en silencio.
—¿Qué pasa?
Giró la pantalla.
Si la cláusula seguía siendo válida, mi participación efectiva no era del cuarenta y uno por ciento.
Podía superar el cincuenta.
Adrian no dirigía un imperio del que yo fuera simplemente cofundadora.
Podía estar administrando una compañía que, legalmente, mi familia todavía controlaba.
Entonces encontré una anotación manuscrita en la última página.
Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.
“Sofía debe conocer esta cláusula únicamente si Adrian intenta convertir la sociedad en propiedad personal.”
Debajo había otra frase.
Mucho más inquietante.
“Si eso ocurre, revisa quién puso realmente a Adrian en contacto contigo.”
Me quedé inmóvil.
Yo siempre había creído que Adrian y yo nos conocimos por casualidad en una presentación comercial diez años atrás.
Victoria abrió el expediente original del evento.
Encontramos la lista de invitados.
Mi nombre estaba.
El de Adrian también.
Y junto a su inscripción aparecía el nombre de la persona que había solicitado expresamente que lo sentaran a mi lado.
Richard Vega.
Mi padre.
Miré la hoja durante varios segundos.
De pronto, la historia de cómo Adrian había entrado en mi vida ya no parecía una coincidencia.
Pero tampoco parecía una simple estafa.

Porque si mi padre había sido quien nos acercó…
entonces había sabido algo sobre Adrian Cole que nunca llegó a contarme.