PARTE 2: Le cedí mi puesto, mi cirugía y al hombre que acababa de perderme

No levanté la mano otra vez.

El dolor seguía allí.

Daniel miró mi rostro y finalmente pareció notar que algo no estaba bien.

—Mia…

Laura entró detrás de él.

—¡Llamen a obstetricia!

Todo cambió.

Una silla de ruedas.

Enfermeras.

Preguntas.

Daniel intentando seguirnos.

Yo levanté una mano.

—Él no.

Fueron las primeras palabras que dije desde que me había apartado.

Daniel se quedó inmóvil.

Horas después, la doctora me explicó que necesitaba reposo y seguimiento.

Cuando salí, Laura estaba esperándome.

—La cámara de tu oficina grabó todo.

La miré.

—¿Todo?

—Emma acercándose. El golpe contra el escritorio. Daniel entrando después.

Respiré lentamente.

—Guarda una copia.

—Ya guardé tres.

Por primera vez aquel día sonreí.

A la mañana siguiente envié mi renuncia formal.

También envié una solicitud para preservar todas las grabaciones y documentos relacionados con mi candidatura.

Y finalmente llamé a una abogada.

Daniel apareció en casa aquella noche.

—¿Renunciaste?

—Sí.

—¿Y la cirugía?

—También.

Se pasó ambas manos por el cabello.

—Mia, el paciente te eligió.

—Entonces debiste pensar en eso antes de entregárselo a Emma.

—Puedes regresar únicamente para operarlo.

—No.

—¡Estás poniendo en peligro la reputación del hospital!

Lo miré.

—Emma es la nueva jefa. Confía en ella.

Su rostro se endureció.

—Esto es infantil.

Saqué otra carpeta.

—Entonces hablemos como adultos.

Solicitud de divorcio.

Daniel dejó de respirar.

—No.

—El puesto es de Emma.

Empujé el documento hacia él.

—La cirugía también.

Otra hoja.

—Y ya que llevas años eligiéndola cada vez que tienes que elegir entre nosotras…

Lo miré directamente.

—También puedes quedarte con ella.

Daniel palideció.

—Entre Emma y yo no hay nada.

—Ya no me interesa descubrirlo.

Tres días después comencé oficialmente el proceso de incorporación a St. Agnes.

No había llegado todavía cuando ocurrió el primer desastre.

El paciente de la cirugía provincial rechazó a Emma.

Su familia exigió mi presencia.

Daniel me llamó diecisiete veces.

No contesté.

Después llegó un mensaje:

Mia, por favor. Esto ya no se trata de nosotros.

Respondí:

Exactamente. Por eso el paciente debe elegir libremente dónde tratarse.

Dos horas después, el paciente solicitó formalmente su traslado a St. Agnes.

Y no fue el único.

Tres pacientes complejos pidieron seguir conmigo.

Después cinco.

Luego siete.

No porque yo se los hubiera pedido.

Porque ellos habían elegido a su médica.

Aquella misma semana, St. Agnes anunció mi nombramiento.

Dra. Mia Bennett, nueva jefa de Cardiología.

Daniel apareció en mi nueva oficina al día siguiente.

—¿Sabes lo que has provocado?

—Conseguí trabajo.

—Estamos perdiendo pacientes.

—Entonces pregúntate por qué.

—¡Porque te los llevaste!

Negué.

—Daniel, durante años confundiste mi trabajo con propiedad del hospital.

Me puse de pie.

—Y confundiste mi matrimonio contigo con obediencia.

Su teléfono sonó.

Emma.

Vi su nombre.

Daniel rechazó la llamada.

—Mia, vuelve conmigo.

—No.

—Puedo corregir lo del cargo.

—Ya tengo uno.

—Puedo despedir a Emma.

—No es mi problema.

—Entonces dime qué quieres.

Lo miré.

—Nada tuyo.

Aquello pareció herirlo más que cualquier grito.

Pero antes de marcharse dijo algo extraño.

—No aceptes todavía los fondos de investigación de St. Agnes.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Daniel guardó silencio.

—Solo… revísalos primero.

Se fue.

Aquella advertencia me inquietó.

Pedí al departamento jurídico que revisara mi nuevo laboratorio.

Los treinta millones que yo había conseguido años atrás para el hospital de Daniel procedían de un consorcio de investigación.

Parte de ese financiamiento debía estar vinculado a mis proyectos.

Pero alguien había modificado la documentación.

Mi nombre había desaparecido de dos solicitudes.

En su lugar aparecía:

Emma Clarke.

Y la autorización administrativa llevaba la firma digital de Daniel.

Sentí una calma terrible.

Entonces el abogado de St. Agnes encontró algo todavía más extraño.

Emma no había llegado al hospital hacía seis meses por casualidad.

Su contratación había sido negociada casi dos años antes.

Mucho antes de mi embarazo.

Mucho antes de que cancelaran mi candidatura.

Incluso antes de que se abriera oficialmente la plaza de jefa.

—¿Quién negoció su incorporación? —pregunté.

El abogado giró la pantalla.

Daniel Shaw.

Pero había otra firma.

Dr. Richard Clarke.

El padre de Emma.

El hombre que, según Daniel, simplemente había “ayudado a su familia” muchos años atrás.

Seguí leyendo.

Entonces encontré una cláusula.

Si Emma obtenía una posición directiva y determinados proyectos pasaban oficialmente bajo su supervisión, una antigua participación privada en tecnología cardiovascular podía activarse.

—¿Qué significa esto?

El abogado abrió el anexo.

La tecnología mencionada era un procedimiento experimental que yo llevaba seis años perfeccionando.

Mi procedimiento.

Mi investigación.

Mi trabajo.

Pero la patente original no estaba registrada únicamente a nombre del hospital.

Había un tercer titular.

Bennett Medical Trust.

Mi apellido.

Me quedé inmóvil.

—Yo no tengo ningún fideicomiso médico.

El abogado me miró.

—Usted quizá no.

Deslizó hacia mí un documento fechado veinticuatro años atrás.

—Pero su padre sí.

Sentí que se me helaba la sangre.

Mi padre había muerto cuando yo estudiaba medicina.

Daniel apenas lo había conocido.

Al menos eso creía.

Entonces vi una fotografía adjunta al expediente.

Mi padre.

Richard Clarke.

Y un hombre mucho más joven.

El padre de Daniel.

Los tres estaban juntos frente al primer laboratorio cardiovascular del hospital.

En el reverso había una frase escrita a mano:

“Cuando Mia esté preparada, todo volverá a Bennett.”

Levanté la mirada.

De repente, el ascenso de Emma ya no parecía un simple favoritismo.

Mi embarazo tampoco parecía ser la verdadera razón por la que necesitaban apartarme.

Porque quizá nunca intentaron quitarme únicamente un puesto.

Intentaron colocar a Emma sobre mi investigación antes de que yo descubriera que una parte de aquello siempre había pertenecido a mi familia.

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