PARTE 2: El día que dejé de vivir bajo el nombre de Clara

Adrian dejó al niño en el suelo.

—Evelyn, salgamos y hablamos.

—No hace falta.

Miré a Clara.

Después al pequeño Lucas.

El niño no tenía culpa de nada.

Yo tampoco.

—Ya entendí todo.

Por primera vez, Adrian pareció inquieto.

—No sabes lo que pasó.

—Sé que llevas tres años casado.

Silencio.

—Sé que Lucas es tu hijo.

El rostro de Clara cambió.

—Sé que mis ahorros están bajo su nombre. Que mis cinco años de trabajo también están bajo su nombre. Y que mientras yo estaba en el hospital, tú estabas presentándola ante tu familia.

Adrian palideció.

—¿Fuiste al cementerio?

Sonreí.

Aquello era lo que le preocupaba.

No lo que había descubierto.

Sino cuánto.

—Voy a marcharme.

Adrian reaccionó inmediatamente.

—No.

Lo miré.

—¿No?

—No puedes abandonar la base así.

—Soy una visitante temporal, ¿recuerdas?

Por primera vez, sus propias mentiras se volvieron contra él.

Clara tomó su bolso.

—Adrian, debería llevarme a Lucas.

Él asintió.

Ni siquiera intenté detenerla.

Cuando la puerta se cerró, Adrian caminó hacia mí.

—Evelyn, lo de Clara fue complicado.

—Cinco años no son complicados.

—Mi familia necesitaba un heredero reconocido.

—Entonces debiste decírmelo.

—Te habría perdido.

Aquella respuesta me hizo reír.

—Así que preferiste robarme cinco años.

Su expresión se endureció.

—Todo lo que hice fue para protegerte.

—¿También poner mis premios a nombre de Clara?

No respondió.

—¿Mis ahorros?

Silencio.

—¿Mi trabajo?

Nada.

Tomé la tarjeta que él me había entregado años atrás y la puse sobre su escritorio.

—Quédate con todo.

Me volví.

Entonces Adrian dijo:

—¿Adónde vas a ir?

Me detuve.

—A recuperar mi nombre.

Esa misma tarde abandoné la residencia militar.

Nora vino a recogerme.

Cuando le conté todo, permaneció diez segundos en absoluto silencio.

Después preguntó:

—¿Quieres llorar o quieres un abogado?

—Un abogado.

—Perfecto. Después lloramos.

Fue así como comenzó la investigación.

Y cuanto más revisábamos, peor se volvía.

Adrian no solo había utilizado el nombre de Clara para registrar mi trabajo.

Durante cinco años, los subsidios y premios vinculados a mis campañas habían sido enviados a una cuenta administrada por ella.

Había mucho más dinero del que imaginaba.

Pero encontramos algo extraño.

Clara no había retirado la mayor parte.

—Entonces ¿dónde está? —pregunté.

El abogado señaló una serie de transferencias.

—En un fondo privado.

—¿De quién?

Giró la pantalla.

Pierce Heritage Foundation.

El apellido de Adrian.

Aquello ya no parecía simplemente un hombre favoreciendo a su esposa secreta.

Parecía una estructura diseñada para convertir mi trabajo en patrimonio de su familia.

Dos días después presenté reclamaciones formales sobre mis registros laborales y financieros.

Y aquella noche fui al bar con Nora.

No porque quisiera darle celos a Adrian.

Sino porque necesitaba hacer algo que él jamás habría aprobado.

Reír.

Hacer ruido.

Ser visible.

Los modelos fueron idea de Nora.

—Cinco años viviendo como monja militar —dijo—. Esta noche recuperamos el tiempo.

Por eso, cuando Adrian apareció y rompió aquella copa en su propia mano, no sentí miedo.

Solo cansancio.

Caminó directamente hacia nuestra mesa.

—Que todos se vayan.

Nadie se movió.

—Evelyn.

—Comandante Pierce.

La formalidad lo golpeó.

—Necesitamos hablar.

—Mi abogado dice lo contrario.

Sus ojos se clavaron en los hombres alrededor de mí.

—¿Haces esto para castigarme?

—Adrian, ya no todo gira alrededor de ti.

—Te conozco.

—No.

Levanté mi copa.

—Conocías a una mujer que esperaba cada noche que regresaras.

Dejé la copa.

—Ella ya no existe.

Adrian apretó la mandíbula.

—Clara y yo vamos a separarnos.

Nora casi se atragantó.

Yo simplemente pregunté:

—¿Y?

Pareció desconcertado.

—Pensé que eso era lo que querías.

—Lo quería hace cinco años.

Me puse de pie.

—Ahora quiero que devuelvas lo que me pertenece.

Su expresión cambió.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Entonces explícamelo.

—No aquí.

—Aquí está bien.

Adrian miró alrededor.

Después bajó la voz.

—Los registros con el nombre de Clara no fueron idea mía.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Recibí la orden.

—¿De quién?

No contestó.

Y esa vacilación me dijo que aquello era mucho más grande de lo que pensaba.

Entonces alguien apareció detrás de Adrian.

Un hombre alto con uniforme de gala.

Adrian se volvió.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi al comandante Pierce ponerse rígido.

—General Fu.

El hombre ni siquiera lo miró.

Sus ojos fueron directamente hacia mí.

—¿Evelyn Jiang?

—Sí.

Sacó una carpeta.

—Llevo tres días buscándola.

Adrian se interpuso.

—General, esto es un asunto personal.

—No.

El general Fu dejó la carpeta sobre la mesa.

—Es una investigación militar.

Abrí la primera página.

Había copias de mis artículos.

Mis fotografías.

Mis campañas.

Todos registrados bajo Clara.

Pero al final aparecía algo que nunca había visto.

Una autorización firmada cinco años atrás.

Adrian Pierce figuraba como solicitante.

Y debajo había una segunda firma.

La persona que autorizó que mi identidad laboral desapareciera.

Sentí que se me helaban las manos.

Reconocía aquella firma.

—Eso es imposible.

El general Fu me observó.

—¿Conoce al firmante?

Levanté la vista.

—Es mi padre.

Adrian cerró los ojos.

Entonces comprendí por qué nunca había querido decirme quién había dado la orden.

—Mi padre murió hace siete años.

El general Fu negó lentamente.

—No, señorita Jiang.

Abrió la última página.

Era una fotografía reciente.

Mi padre salía de un edificio gubernamental acompañado por Clara.

—Su padre está vivo.

Miré a Adrian.

Él no parecía sorprendido.

Y eso fue suficiente.

—Tú lo sabías.

Adrian guardó silencio.

El general Fu cerró la carpeta.

—Comandante Pierce, creo que ya le ha ocultado bastante.

Después volvió hacia mí.

—Señorita Jiang, su padre no solo está vivo.

Hizo una pausa.

—Fue él quien ordenó a Adrian Pierce casarse con Clara Ruan mientras la mantenía a usted a su lado.

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