PARTE 2: Cuando dejó de pagar con mi dinero, Adrian descubrió cuánto costaba su generosidad

A la mañana siguiente cambiaron las cerraduras.

A las nueve cancelé los accesos secundarios.

A las nueve y doce Maya intentó entrar.

A las nueve y trece me llamó.

No contesté.

A las nueve y diecisiete volvió a llamar.

A las nueve y veintidós recibí un mensaje.

Cuñada, creo que hay un problema con la cerradura.

Después otro.

Mis cosas están dentro.

Aquello me hizo detenerme.

Mis cosas.

Abrí el inventario que había pedido al administrador.

Ropa.

Zapatos.

Cosméticos.

Objetos personales.

Maya prácticamente vivía allí.

Llamé al administrador.

—Empaquen sus pertenencias y entréguenselas. Nada más sale del apartamento sin mi autorización.

A las diez apareció Adrian en mi boutique.

—¿De verdad la dejaste en la calle?

—Maya tiene treinta años, trabajo y familia.

—¡No tiene dónde vivir!

Abrí mi computadora.

—Entonces alquílale algo.

—Sabes que estoy pagando el préstamo del auto.

—Qué pena.

Le entregué una tarjeta.

Era la cuenta donde recibía su salario.

—Mantenla con tu dinero.

Adrian miró la tarjeta como si lo hubiera insultado.

—Esto no se trata de dinero.

—Perfecto. Entonces no tendrás ningún problema.

No respondió.

Por primera vez comprendió exactamente cuánto costaban tres años de “compasión”.

Pero aquello apenas empezaba.

Esa tarde recibí una llamada del administrador.

—Señora Quinn, encontramos algo extraño.

—¿Qué?

—La señorita Maya intentó retirar una caja fuerte pequeña del dormitorio.

Fruncí el ceño.

Yo no tenía ninguna caja fuerte allí.

Fui personalmente.

Maya esperaba en recepción con seis maletas.

Al verme, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Cuñada, solo quiero recuperar mis cosas.

—La caja fuerte.

Su expresión cambió.

Muy poco.

Pero lo vi.

—Es mía.

—Entonces ábrela.

Silencio.

—Olvidé la clave.

Sonreí.

—Qué mala suerte.

Llamé a mi abogado.

La caja quedó bajo custodia hasta aclarar su propiedad.

Esa noche revisé los registros del apartamento.

Maya llevaba allí mucho más tiempo del que Adrian me había dicho.

Tres años atrás él aseguró que la dejaba quedarse “unas semanas”.

Los registros mostraban acceso casi diario.

Pero había algo peor.

Adrian también entraba regularmente.

Martes.

Jueves.

Algunos sábados.

Incluso días en que me decía que tenía reuniones hasta tarde.

Cuando llegó a casa, puse el registro delante de él.

—Explícalo.

Adrian palideció.

—Visitaba a Maya.

—Eso ya lo veo.

—No pasó nada entre nosotros.

—No te pregunté eso.

Se quedó callado.

—¿Qué guardaban en la caja fuerte?

Su rostro cambió.

Ahí estaba.

La respuesta que necesitaba.

—No sé de qué hablas.

—Maya sí.

Tomé mi bolso.

—Mañana la abriremos legalmente.

Adrian me bloqueó el paso.

—Sienna, déjalo.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque dentro hay documentos privados.

—¿De quién?

No contestó.

Al día siguiente mi abogado supervisó la apertura.

No había joyas.

No había dinero.

Había contratos.

Extractos.

Y una carpeta con mi nombre.

SIENNA QUINN — ACTIVOS PREMATRIMONIALES.

Sentí que se me helaban las manos.

Dentro aparecían mis boutiques.

Mis inversiones.

El departamento.

Incluso propiedades pertenecientes a mis padres.

—¿Por qué Maya tenía esto?

Mi abogado siguió revisando.

Entonces encontró varias solicitudes de crédito.

Una utilizaba Lanting Residence como garantía potencial.

Mi departamento de dote.

La firma de propietaria estaba en blanco.

Pero debajo aparecía una nota:

Pendiente autorización S.Q.

Y junto a ella:

Plan alternativo: transferencia familiar.

Miré a Adrian.

Había venido acompañado de su abogado.

—¿Qué significa esto?

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Mi empresa tuvo problemas de liquidez.

Solté una pequeña risa.

—Así que querías mi departamento.

—Solo temporalmente.

—¿Y Maya?

Adrian guardó silencio.

Mi abogado abrió otro documento.

La empresa que recibiría parte del préstamo se llamaba MQ Cultural Holdings.

Accionista principal:

Maya Quinn.

Pero el segundo apellido registrado en su documentación original no era Quinn.

Era Hawthorne.

Ese apellido sí lo conocía.

Mi madre lo había mencionado muchas veces.

Los Hawthorne habían sido socios de mi padre hacía casi veinte años.

Hasta que una disputa terminó con la sociedad.

Miré a Maya.

Ya no lloraba.

—¿Quién eres realmente?

Ella bajó lentamente las manos.

La mujer dulce y frágil desapareció.

—Pregúntale a tu marido.

Me volví hacia Adrian.

—Habla.

Él parecía incapaz de mirarme.

Maya sonrió por primera vez sin fingir inocencia.

—Adrian y yo no somos amigos de infancia.

Silencio.

—Nos conocimos cuando él empezó a investigar a tu familia.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Cuándo?

—Seis meses antes de que te conociera.

Miré a mi esposo.

Cinco años de matrimonio.

Siete años juntos.

Y de repente todo tenía otra fecha de inicio.

Mi abogado encontró una última hoja dentro de la caja.

Era un acuerdo antiguo entre Hawthorne y la empresa de mi padre.

Había una cláusula subrayada.

Lanting Residence no era importante por el valor del apartamento.

La propiedad estaba vinculada a unos derechos comerciales anteriores a mi matrimonio.

Mi abogado levantó lentamente la mirada.

—Sienna, creo que Adrian nunca necesitó que Maya viviera allí.

—Entonces, ¿qué necesitaba?

Colocó delante de mí un documento.

—Que pudiera demostrar residencia continuada en una propiedad registrada a tu nombre.

Miré a Maya.

Después a Adrian.

Y comprendí por qué ella había entrado en pánico cuando cambié aquella cerradura.

No había perdido simplemente una casa gratis.

Había perdido tres años de preparación para algo que mi esposo y ella pensaban hacer con una propiedad que jamás les perteneció.

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