—Lucía.
Sebastián pronunció mi nombre como si hubiera visto regresar a una muerta.
Tomé la mano de Emma.
—Niños, vámonos.
Pero Sebastián se interpuso.
Sus ojos recorrían los tres rostros una y otra vez.
—¿Qué edad tienen?
—Eso no te importa.
—Lucía.
Su voz tembló.
—¿Qué edad tienen?
Mateo respondió antes que yo.
—Cinco.
Sebastián palideció.
Habían pasado exactamente cinco años desde nuestro divorcio.
—Son míos.
No era una pregunta.
—Biológicamente, sí.
Cerró los ojos.
—Dios mío.
Cuando volvió a abrirlos había rabia.
—¿Me ocultaste tres hijos?
—Tú me entregaste cien millones para desaparecer de tu vida.
—¡No sabía que estabas embarazada!
—Porque pediste el divorcio antes de preguntarme por qué había ido al hospital.
Aquello lo silenció.
Nicolás se colocó delante de sus hermanos.
—Mamá dijo que tenemos que irnos.
Sebastián miró al pequeño.
Por primera vez, su expresión se rompió.
Entonces apareció otra voz.
—Sebastián.
Me quedé helada.
Valeria Montes caminaba hacia nosotros.
Pero no iba sola.
Una mujer mayor la acompañaba.
La doctora que había confirmado mi embarazo cinco años atrás.
—Doctora Salazar…
Ella bajó la mirada.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Ustedes se conocen?
Valeria respondió:
—Tenemos que hablar.
Algo en su voz me inquietó.
La doctora abrió su bolso y sacó una carpeta.
—Lucía, tu embarazo no ocurrió exactamente como te explicamos.
Sentí frío.
—¿Qué significa eso?
Cinco años antes yo había recibido tratamiento de fertilidad después de meses intentando quedar embarazada.
Según la clínica, habían utilizado nuestros embriones.
La doctora me mostró el informe original.
Había cuatro embriones viables.
Tres fueron transferidos.
Uno permaneció congelado.
—Nunca me dijeron que existía un cuarto.
—Porque alguien ordenó ocultarlo.
Sebastián tomó el documento.
Su expresión cambió al leer la autorización.
—Esta es la firma de mi madre.
Valeria comenzó a llorar.
—Tu madre sabía del embarazo antes del divorcio.
Lo miré.
—¿Qué?
—Y sabía que eran trillizos.
El silencio cayó entre nosotros.
Sebastián parecía incapaz de respirar.
—Entonces ¿por qué me dijo que Lucía había ido al hospital para interrumpir un embarazo de otro hombre?
Mi estómago se revolvió.
Por fin comprendí por qué me había acusado de casarme por dinero.
Alguien había preparado nuestra separación.
Pero faltaba algo.
—¿Dónde está el cuarto embrión?
La doctora Salazar miró a Valeria.
Sebastián también.
Valeria negó lentamente, llorando.
Entonces una niñera apareció desde el ascensor llevando de la mano a un niño de unos cuatro años.
Cabello oscuro.
Ojos de Sebastián.
El niño corrió hacia Valeria.
—¡Mamá!
Mis trillizos quedaron inmóviles.
Sebastián miró al pequeño.
Después a la doctora.
—No.
La mujer cerró los ojos.
—Ese es el cuarto embrión.
Sentí que las piernas me fallaban.
Valeria abrazó al niño.
Y la doctora añadió:
—Genéticamente, también es hijo de Sebastián.
Me miró.
—Y tuyo, Lucía.
