PARTE 2: Esta vez no volveré

—No estoy enojada —respondí—. Estoy cansada.

Nathaniel apretó mi mano.

La retiré despacio.

—Necesito descansar. Puedes irte.

Por primera vez, no obedecí a la esperanza de que se quedara.

A la mañana siguiente, Reynolds llegó con los documentos de la gira y el contacto de una abogada.

—La compañía puede esperar a que te recuperes —dijo—. Tu plaza sigue disponible.

Lloré entonces.

No por Nathaniel.

Porque alguien acababa de ofrecerme tiempo sin exigirme nada a cambio.

Durante mi recuperación, una vecina entregó a las autoridades la grabación de su cámara.

El ángulo mostraba el tramo de escaleras.

Mostraba a Clara acercándose a mí.

Y mostraba sus manos empujándome.

Cuando Nathaniel apareció en mi habitación, llevaba una copia del informe.

Tenía los ojos enrojecidos.

—Me dijo que habías resbalado.

Lo miré desde la cama.

—Yo te dije que me había empujado.

Él bajó la cabeza.

—Voy a arreglarlo.

—Colabora con la investigación —respondí—. Pero no confundas eso con recuperarme.

Clara fue investigada.

Mi abogada solicitó revisar mi detención y presentó los documentos del divorcio.

Nathaniel empezó a venir cada día.

Traía flores, comida, recuerdos de nuestra infancia.

Una tarde dejó sobre la mesa mi amuleto.

—Lo recuperé.

Acaricié la pequeña grieta de la piedra.

Antes habría visto en aquel gesto una promesa.

Ahora recordaba cuánto había tardado en devolverlo.

—Déjalo ahí.

El día del alta, Nathaniel llegó con las llaves del coche.

Mi cama ya estaba vacía.

En recepción le entregaron un sobre.

Dentro estaban mi alianza y una carta.

«No me voy para que vengas a buscarme.
Me voy porque necesito vivir sin esperar que me elijas.
Los trámites seguirán a través de mi abogada».

Meses después, el divorcio quedó firmado.

Yo seguía recuperándome cuando comenzó la gira.

No podía bailar como antes; algunos movimientos me dolían y ciertas noches apenas dormía.

Pero regresé al ensayo.

Primero diez minutos.

Después veinte.

La noche de mi primera actuación, permanecí detrás del telón con las manos temblorosas.

Mi compañera me ofreció el brazo.

—¿Lista?

Respiré hondo.

Pensé en el bebé que había perdido, en mis padres, en la muchacha que esperaba ser rescatada.

No dejé aquel dolor atrás.

Salí al escenario con él.

Y cuando empezó la música, di el primer paso por mí.

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