«Olivia Harper, beneficiaria única».
Debajo de mi nombre aparecía una cifra: el sesenta y ocho por ciento de Whitman Holdings.
—Mi padre era dueño de la empresa…
Bennett asintió.
—La rescató cuando estaba al borde de la quiebra. Los Whitman conservaron la dirección, pero las acciones quedaron en un fideicomiso para usted.
Pasé la página.
Había cartas, contratos y una declaración firmada por la madre de Daniel.
Ella conocía mi herencia antes de nuestra boda.
Sentí náuseas.
Recordé sus abrazos, sus insistencias, aquella frase que repetía: «Ya eres parte de nuestra familia».
—¿Daniel también lo sabía?
Bennett colocó una carta frente a mí.
Reconocí su firma.
Tuve que apartar la vista.
—¿Qué se activó hoy?
—El acuerdo exige notificar cualquier solicitud de divorcio. Al presentarla, terminó la autorización provisional de Daniel para votar sus acciones. La empresa recibió el aviso esta mañana.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—Olivia, hubo un malentendido —dijo Daniel—. Ven a casa. Podemos hablar.
—¿Sobre mi herencia?
Guardó silencio.
—¿Por eso te casaste conmigo?
—Al principio fue complicado, pero después te amé.
Miré la pulsera del hospital.
Todavía no se había molestado en preguntar cómo estaba.
—Habla con Bennett.
Colgué.
El abogado acercó una silla cuando me vio palidecer.
—Los documentos pueden esperar. Primero necesita descansar.
Aquella tarde regresé al hospital para que revisaran la fiebre.
Durante las semanas siguientes, Bennett examinó las cuentas y defendió mis intereses en el divorcio.
Yo me recuperé en un apartamento tranquilo, sin llamadas de Daniel ni visitas de su madre.
La auditoría encontró gastos personales cargados a la empresa y transferencias que Daniel no pudo justificar.
El consejo lo apartó de la dirección.
Vanessa dejó de aparecer junto a él cuando supo que perdería el control de Whitman Holdings.
No pregunté más por ella.
Meses después, Daniel me esperó frente al despacho de Bennett.
—Perdí todo —susurró.
Me detuve.
—Yo también perdí algo. Seis años creyéndote.
No respondió.
Seguí caminando.
El divorcio quedó resuelto y recuperé el dinero que había aportado para salvar su negocio.
Con parte de él compré un hogar propio.
La primera noche dejé sobre la mesa una fotografía de mi madre.
Después abrí las ventanas.
Por primera vez en años, no esperaba que alguien llegara para decirme si podía quedarme.