La transferencia llevaba mi nombre.
Era el dinero de la venta del apartamento que había heredado de mi padre.
Richard me había asegurado que estaba invertido para los estudios de Oliver.
En la pantalla aparecía otro destino: una vivienda comprada para Vanessa.
—Ese era mi fondo universitario —dijo mi hijo.
Richard avanzó hacia el escenario.
Subí antes de que llegara y me coloqué delante de Oliver.
—Basta —le dije.
—Tu hijo está haciendo el ridículo.
Noté que Oliver temblaba detrás de mí.
Le quité suavemente el micrófono.
—Ya no tienes que explicar nada, cariño.
El presentador apagó la pantalla a una señal mía.
Oliver había encontrado en nuestra tableta las capturas que yo guardaba para mi abogada. Nunca imaginé que prepararía aquello.
Margaret se acercó.
—Clara, podemos resolver esto en casa.
Oliver levantó la cabeza.
—Abuela, ¿por qué dices que querías un nieto varón? Yo soy tu nieto.
Margaret abrió la boca.
No encontró una respuesta.
Richard intentó sujetarme del brazo.
—No te vas a llevar al niño.
Retrocedí.
—Esta noche nos iremos a casa de mi hermana. Mañana hablarán los abogados.
Vanessa permanecía junto a la entrada.
Ethan lloraba, asustado por los gritos.
Antes de salir, me volví hacia ella.
—Sácalo de aquí. Él tampoco merece esto.
En el coche, Oliver se deshizo en lágrimas.
—Pensé que, si todos lo veían, dejarían de tratarte así.
Lo abracé.
—Gracias por querer protegerme. Pero eso me corresponde a mí.
—¿Hice algo malo?
Le besé el cabello.
—Estabas herido. Ahora vamos a buscar ayuda para los dos.
Durante los meses siguientes, mi abogada reclamó el dinero desviado y negoció el divorcio.
Los registros bancarios confirmaron lo que Richard había intentado ocultar.
Recuperé mis ahorros y establecimos un acuerdo de custodia que daba estabilidad a Oliver.
Margaret pidió verlo.
Acepté cuando estuvo dispuesto, con una condición: tendría que escucharlo sin justificar a su padre.
Una tarde, mientras preparábamos nuestro nuevo apartamento, Oliver encontró una fotografía familiar.
—¿La guardamos?
Miré aquel retrato donde todos sonreíamos.
—Si tú quieres.
La dejó dentro de un cajón.
Después colgó en la nevera una foto nuestra, tomada en el parque.
—Esta sí