Daniel cerró la puerta detrás de él.
—Luna, estás exagerando.
—¿Exagerando?
Le mostré el contrato.
—La villa está reservada a nombre de Thomas. El precio coincide exactamente con los 5,3 millones que mis padres me entregaron.
—Fue solo una posibilidad.
—Entonces dime quién les dijo cuánto dinero recibí.
Daniel guardó silencio.
Linda intervino:
—¡Se lo contó a sus padres! ¿Ahora eso también es un delito?
La miré.
—No. Pero intentar disponer de ese dinero sin preguntarme sí tiene consecuencias.
Charles recogió los pedazos del pagaré.
—Mañana hablaremos cuando estés más tranquila.
—Mañana ya será demasiado tarde.
No mentía.
A las ocho de la mañana estaba sentada frente al banco con mis padres.
Mi madre no dijo una palabra mientras revisaba los documentos.
Mi padre preguntó solamente:
—¿Estás segura?
—Sí.
Transferimos los 5,3 millones a una cuenta protegida destinada exclusivamente a la compra de vivienda.
Daniel no tendría acceso.
Cuando salí del banco tenía diecisiete llamadas perdidas.
La número dieciocho llegó inmediatamente.
—¿Moviste el dinero? —preguntó Daniel.
Ni siquiera saludó.
—Sí.
—¡Luna! ¡La familia de Thomas ya pagó el depósito!
Me detuve.
—¿Cuánto?
Silencio.
—Daniel.
—Quinientos mil.
—¿De dónde salieron?
Volvió a callarse.
Aquello me dio la respuesta.
Regresé a casa.
Daniel estaba esperando.
Sus padres también.
Sobre la mesa había varios extractos bancarios.
Tomé uno.
Y sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro.
Nuestra cuenta conjunta.
Durante casi dos años, Daniel había transferido pequeñas cantidades a Thomas.
Diez mil.
Veinte mil.
Cincuenta mil.
Siempre con conceptos diferentes.
“Préstamo.”
“Gastos familiares.”
“Inversión temporal.”
En total:
860.000 yuanes.
—¿Ochocientos sesenta mil?
Daniel se acercó.
—Puedo explicarlo.
—¿De dónde salió?
—De nuestros ahorros.
Solté una risa.
—¿Nuestros?
Durante tres años yo había cuidado a Ethan mientras trabajaba desde casa por las noches.
Había reducido mis gastos.
Había rechazado vacaciones.
Incluso había utilizado dinero que mis padres me daban en cumpleaños para alimentar aquella cuenta.
Mientras tanto, Daniel financiaba a su hermano.
Linda perdió la paciencia.
—¡Thomas devolverá todo cuando la fábrica mejore!
La miré.
—Enséñeme las cuentas de la fábrica.
Se quedó callada.
—Balances. Impuestos. Deudas. Flujo de caja.
Charles golpeó la mesa.
—¡No tienes derecho!
Ahí comprendí todo.
No querían una inversión.
Querían que entregara el dinero sin mirar.
Saqué mi teléfono.
—Entonces no habrá ni un yuan más.
Daniel intentó detenerme.
—Luna, espera.
—¿Para qué?
—Thomas realmente tiene problemas.
—Entonces que se declare insolvente si corresponde.
Linda palideció.
—¡No puede!
La observé.
—¿Por qué?
Nadie respondió.
Mi padre, que había permanecido en silencio, tomó uno de los extractos.
—Porque probablemente la fábrica ya no existe como ustedes creen.
Todos se volvieron hacia él.
Mi padre había trabajado treinta años revisando cuentas empresariales.
Señaló varias transferencias.
—Estas operaciones no parecen pagos para mantener una fábrica.
Pasó otra página.
—Parecen dinero utilizado para cubrir préstamos personales.
Daniel miró a sus padres.
—Mamá…
Linda bajó los ojos.
Mi padre preguntó:
—¿Cuánto debe realmente Thomas?
Charles se dejó caer en el sofá.
Finalmente respondió:
—Más de ocho millones.
Daniel se quedó paralizado.
—Me dijiste que faltaban dos millones para superar la crisis.
Linda comenzó a llorar.
—Si te contábamos todo, nunca habrías aceptado ayudarnos.
Lo miré.
Por primera vez, Daniel entendió que también lo habían engañado.
Pero mi compasión duró poco.
Él había estado dispuesto a engañarme primero.
Entonces sonó el teléfono de Charles.
Contestó.
Su rostro pasó del rojo al blanco.
—¿Cómo que cancelaron la reserva?
Escuchó.
—¡No pueden quedarse con el depósito!
Colgó y miró desesperadamente a Daniel.
—Perdimos los quinientos mil.
Linda comenzó a gritar.
Daniel se cubrió el rostro.
Yo recogí los documentos.
—Luna —dijo—. ¿Adónde vas?
—A buscar un abogado.
Levantó la cabeza.
—¿Por qué necesitas un abogado?
Lo miré.
—Porque quiero saber exactamente cuánto dinero de nuestro matrimonio entregaste a tu familia sin mi consentimiento.
Linda se puso de pie.
—¿Vas a divorciarte por dinero?
—No.
Guardé los extractos en mi bolso.
—Por dinero no.
Miré a Daniel.
—Por haber descubierto cuánto vale mi confianza para mi esposo.
Entonces mi padre encontró algo entre los papeles.
—Luna.
Me entregó un documento.
Era una solicitud de préstamo presentada dos semanas antes.
Garantía propuesta:
nuestro futuro inmueble familiar.
Solicitante:
Daniel Chen.
Pero todavía no teníamos ninguna casa.
Seguí leyendo.
En la sección de fondos propios aparecía una cifra:
5.300.000 yuanes.
Y junto a ella habían adjuntado una copia del comprobante bancario que mis padres me entregaron.
Un documento que yo jamás había dado a Daniel.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Cómo conseguiste esto?
Daniel no respondió.
Mi madre palideció.
Entonces recordó algo.
—La semana pasada vino alguien a nuestra casa.
Me miró.
—Dijo que tú lo habías enviado para recoger unos documentos relacionados con la compra de tu vivienda.

—¿Quién?
Mi madre señaló la fotografía de identificación adjunta a la solicitud.
Era Thomas.
Y en ese instante comprendí que la visita de mis suegros con aquel pagaré no había sido el comienzo del plan.
Había sido el último intento.
Ya llevaban semanas tratando de convertir los ahorros de mis padres en dinero suyo.