Clara me llevó al Hospital Central sin dejar que regresara a casa.
Durante todo el trayecto permanecí en silencio.
Tenía las manos entrelazadas sobre las piernas y no podía dejar de pensar en la misma frase.
«Quizá lo estaba preparando.»
Cuando llegamos, Clara consiguió que me atendieran de inmediato.
Una especialista revisó mi historial, escuchó cada detalle y después realizó varias pruebas.
Yo esperaba que me dijeran que todo estaba bien.
Necesitaba escuchar que había exagerado.
Pero cuando la doctora terminó de revisar las imágenes, su expresión cambió.
—Sofía, ¿quién te ha realizado estas manipulaciones?
—Mi esposo.
—¿Desde hace siete años?
—Sí.
La doctora intercambió una mirada con Clara.
—¿Y siempre ha utilizado la misma técnica?
—Todos los viernes.
La doctora dejó las imágenes sobre la mesa.
—Hay signos de manipulación repetitiva en la zona que describes.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Me ha causado una lesión?
—No puedo determinar todavía cuánto daño hay ni atribuir cada hallazgo exclusivamente a esas maniobras.
Hizo una pausa.
—Pero necesito hacerte otra pregunta.
—¿Cuál?
—¿Alguna vez te ha dicho que necesitabas mantener determinadas posiciones para que tu pelvis pudiera prepararse para un embarazo?
Sentí un escalofrío.
—Sí.
—¿Te ha dicho que era necesario hacerlo aunque no sintieras dolor?
—Sí.
Clara apretó los labios.
La doctora volvió a mirar los resultados.
—Entonces quiero que recuerdes algo importante: no continúes con esas manipulaciones hasta que sepamos exactamente qué está ocurriendo.
Asentí.
Pero había una pregunta que no dejaba de perseguirme.
—Doctora, ¿por qué haría esto?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Eso no puedo responderlo.
Aquella noche regresé a casa sola.
Daniel todavía no había llegado.
Entré en nuestro dormitorio y me quedé mirando la cama.
Durante siete años, aquel había sido nuestro ritual.
Todos los viernes.
La misma hora.
La misma posición.
La misma frase.
«Confía en mí, amor.»
Entonces recordé algo que nunca había considerado extraño.
Después de cada sesión, Daniel siempre desaparecía durante unos minutos.
Decía que iba a ducharse.
Yo nunca había pensado nada al respecto.
Hasta aquella noche.
Abrí el cajón de su mesilla.
Encontré recibos.
Medicamentos.
Papeles de trabajo.
Nada extraño.
Estaba a punto de cerrarlo cuando vi una pequeña libreta negra escondida debajo de unos documentos.
La saqué.
En la primera página aparecía una fecha.
Siete años atrás.
Exactamente dos meses después de nuestra boda.
Debajo había una lista.
Fechas.
Medidas.
Anotaciones.
Y una palabra repetida una y otra vez.
«Progreso.»
Sentí que me temblaban los dedos.
Pasé otra página.
Había registros de cada viernes.
«Mayor flexibilidad.»
«Mejor tolerancia.»
«La estructura responde bien.»
«Continuar.»
Mi respiración se volvió más rápida.
No entendía por qué mi esposo llevaba un registro de mi cuerpo.
Entonces encontré una página diferente.
No contenía ninguna medida.
Solo una frase.
«Todavía no está preparada.»
Me quedé paralizada.
Debajo había una fecha de hacía tres años.
La misma fecha en que habíamos decidido dejar de intentar tener hijos.
Recordé aquella noche.
Daniel había sido quien me dijo que debíamos esperar.
—No quiero que tengas un embarazo complicado —me había dicho.
Yo había llorado.
Él me había abrazado.
Ahora aquellas palabras tenían un significado completamente distinto.
Escuché la puerta principal.
Cerré rápidamente la libreta y la devolví a su lugar.
Daniel entró unos segundos después.
—Sofía.
Me giré.
—Hola.
Se acercó y me besó la frente.
—¿Qué haces despierta?
—Te estaba esperando.
Sonrió.
—Mañana es viernes.
Sentí un nudo en el estómago.
—Sí.
—Tenemos que hacer el ajuste.
Lo miré directamente.
—No.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—No quiero hacerlo mañana.
Durante unos segundos no respondió.
Después soltó una pequeña risa.
—¿Por qué?
—Estoy cansada.
—Precisamente por eso te ayudará.
—No.
Daniel dejó de sonreír.
—Sofía, llevamos siete años haciéndolo.
—Lo sé.
—Y nunca te ha hecho daño.
—Eso no significa que sea correcto.
Sus ojos cambiaron.
Fue apenas un instante.
Pero lo vi.
Una mezcla de tensión y miedo.
—¿Quién te ha dicho algo?
Mi corazón se aceleró.
—Nadie.
—¿Has hablado con alguien?
—No.
Se acercó un paso.
—¿Con Clara?
No respondí.
Daniel palideció.
Y entonces comprendí que había cometido un error.
No porque hubiera hablado con Clara.
Sino porque él sabía exactamente qué podía descubrir ella.
Esa noche fingí dormir.
Daniel salió de la habitación alrededor de las dos de la madrugada.
Esperé varios minutos.
Después lo seguí.
Lo vi entrar en el despacho y cerrar la puerta.
Me acerqué en silencio.
La puerta no estaba completamente cerrada.
Escuché su voz.
—Sí, ha empezado a sospechar.
Mi corazón se detuvo.
Hubo una pausa.
—No, todavía no sabe nada de los documentos.
Otra pausa.
—Siete años no pueden desaparecer de un día para otro.
Me tapé la boca para no hacer ruido.

Entonces Daniel pronunció una frase que hizo que todo mi cuerpo se congelara.
—Si Sofía descubre para qué necesitábamos preparar su pelvis, no solo perderemos el plan.
Silencio.
—También descubrirá quién es realmente el padre del bebé que llevamos esperando todos estos años.