Daniel volvió tres horas después.
La cerradura ya había sido cambiada.
Golpeó la puerta durante casi diez minutos.
—¡Emma! ¡Abre!
Yo estaba sentada en el sofá con una carpeta sobre las piernas.
Dentro había impreso el movimiento bancario.
Veinte mil dólares.
Melissa Carter.
Depósito de la casa.
También había encontrado otras transferencias.
Cinco mil.
Ocho mil.
Doce mil.
Todas realizadas durante el último año.
Todas a Melissa.
Cuando finalmente abrí, Daniel entró furioso.
—¿De verdad cambiaste la cerradura?
Levanté la carpeta.
—¿Para qué casa son los veinte mil?
Su expresión se congeló.
—¿Revisaste mis cuentas?
—Es una cuenta conjunta.
—Emma…
—¿Compraste una casa con Melissa?
Daniel respiró hondo.
—No es lo que parece.
Casi me reí.
—Entonces haz que parezca otra cosa.
Se sentó frente a mí.
—Melissa necesitaba estabilidad para Leo.
—¿Y nuestro bebé?
Silencio.
—Cuando te pedí empezar a buscar una casa, dijiste que los precios eran demasiado altos.
—La situación era distinta.
—Cuando quise comprar una cuna, dijiste que esperáramos.
—Emma…
—Pero para tu exesposa sí había veinte mil dólares.
Daniel apretó la mandíbula.
—Leo es mi hijo.
—Y este también.
Puse una mano sobre mi vientre.
Por primera vez no tuvo respuesta.
Entonces le mostré el resto de las transferencias.
Su rostro perdió color.
—¿Cuánto dinero le has dado?
—No lo sé exactamente.
—Yo sí.
Le dije la cifra.
Daniel bajó la mirada.
—Ella estaba pasando por problemas.
—Curioso.
Cerré la carpeta.
—Yo también.
—Pero cuando estoy enferma, exagero.
—Cuando tengo hambre, puedo cocinar otra vez.
—Cuando necesito una casa, debemos esperar.
Me puse de pie.
—Melissa tiene problemas y tú corres a resolverlos.
—Yo tengo problemas y tú me conviertes en el problema.
Daniel intentó tomarme de la mano.
Me aparté.
—Voy a devolver el dinero.
—No.
Me miró sorprendido.
—No quiero que lo devuelvas para salvar nuestro matrimonio.
—Quiero saber cuánto patrimonio común entregaste sin consultarme porque mi abogado lo incluirá en el divorcio.
—¿Abogado?
Ahora sí parecía asustado.
—¿Ya hablaste con uno?
—Hace una hora.
Daniel se levantó.
—Emma, espera. Podemos arreglar esto.
Mi teléfono sonó.
Era un número desconocido.
Contesté.
—¿Emma?
Reconocí inmediatamente la voz de Melissa.
Daniel palideció.
—No hables con ella.
Eso hizo que activara el altavoz.
Melissa comenzó sin saludar.
—No sé qué te contó Daniel, pero esa casa no es para mí.
Lo miré.
Él cerró los ojos.
—¿Entonces para quién?
Melissa guardó silencio.
Después respondió:
—Para Leo.
—Daniel quería ponerla a nombre del niño.
Aquello ya era suficientemente malo.
Pero continuó.
—Y como Leo es menor, yo aparecería como administradora hasta que cumpliera dieciocho.
Sentí que algo dentro de mí se enfriaba.
Daniel dio un paso.
—Emma, puedo explicarlo.
Melissa soltó una risa.
—¿También vas a explicarle lo del seguro?
Lo miré.
—¿Qué seguro?
Daniel se quedó inmóvil.
Melissa entendió demasiado tarde.
—¿No lo sabía?
—Melissa —dijo Daniel entre dientes—. Cállate.
—¿Qué seguro?
Esta vez exigí la respuesta.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Melissa habló.
—Daniel contrató una póliza de vida hace unos meses.
Mi mano se tensó sobre el teléfono.
—¿Beneficiario?
Daniel murmuró:
—Emma…
Melissa respondió:
—Leo.
No nuestro bebé.
No yo.
Leo.
Colgué lentamente.
Daniel intentó acercarse.
—No significa que no me importe nuestro hijo.
—No.
Lo miré.
—Significa que tú ya habías decidido cuál era tu verdadera familia.
Tomé la carpeta y caminé hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—A casa de mi hermana.
—Emma, por favor.
Me volví.
—Tienes esta noche para sacar tus cosas.
—¿Y si no quiero?
—Entonces mañana vendrá mi abogado.
Su expresión cambió.
—Esta casa también es mía.
—No.
Sonreí ligeramente.
—Y esa es la parte que todavía no sabes.
Daniel frunció el ceño.
La casa donde vivíamos no estaba a nombre de ambos.
Mi padre la había comprado cinco años antes y la había colocado en un fideicomiso únicamente a mi nombre.
Daniel siempre creyó que era un alquiler porque yo nunca corregí esa suposición.
—Mañana te enseñaré los documentos.
Su rostro se volvió blanco.
—Emma…
Abrí la puerta.
—Ve con Melissa.
—Ya pagaste el depósito de su casa.
—Quizá te deje dormir allí.
Salí.
A la mañana siguiente, mi abogado llamó.
Pensé que sería para hablar del divorcio.
Pero su primera frase hizo que me incorporara en la cama.
—Emma, encontramos algo extraño en las transferencias a Melissa.
—¿Qué?
—Los veinte mil dólares no fueron el primer pago de esa propiedad.
Miré por la ventana.
—¿Cuánto pagó Daniel?
—Nada.
Me quedé en silencio.
—¿Entonces?
—La casa ya estaba completamente pagada antes de esa transferencia.
—¿Por quién?
El abogado respiró hondo.
—Por Melissa.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿para qué le dio Daniel veinte mil?
—Eso estamos intentando averiguar.
Hizo una pausa.
—Pero encontramos otra cosa.
—La cuenta que recibió el dinero no pertenece realmente a Melissa.
—¿A quién pertenece?

La respuesta llegó despacio.
—A Daniel.
Y en ese instante comprendí que quizá Melissa no era la mujer a la que mi esposo había estado manteniendo.
Tal vez ambos llevaban meses sacando dinero de nuestro matrimonio juntos.