Mara dio un paso hacia el sofá.
—Estoy aquí, cariño.
Ava sonrió débilmente.
—Tú me diste la pajita rosa.
Mara sintió un escalofrío.
—Sí.
Los ojos de la niña comenzaron a cerrarse.
—Pero después el señor Lorenzo dijo que estaba sucia…
El silencio fue inmediato.
Dante levantó lentamente la cabeza.
Lorenzo estaba en la puerta.
—Ava está confundida —dijo enseguida—. Acaba de sufrir una intoxicación.
Mara lo observó.
Demasiado rápido.
Había respondido demasiado rápido.
—¿Qué hiciste con la pajita? —preguntó Dante a su hija.
—El señor Lorenzo cambió mi vaso cuando tú fuiste a contestar el teléfono.
Lorenzo palideció.
—Eso es absurdo.
El médico levantó una mano.
—Basta. La niña necesita tranquilidad.
Dante se puso de pie.
—Mercer.
El jefe de seguridad bloqueó inmediatamente la salida.
—Revisen las cámaras.
Veinte minutos después encontraron el problema.
Las cámaras mostraban a Mara sirviendo la limonada correcta.
También mostraban a Dante alejándose de la mesa.
Pero justo cuando Lorenzo se acercaba a Ava, un camarero pasaba frente al objetivo.
Durante siete segundos, la mesa desaparecía de la grabación.
Siete segundos.
Suficientes para cambiar un vaso.
—No demuestra nada —insistió Lorenzo.
—No —respondió Mara—. Pero hay otra cámara.
Todos la miraron.
Señaló la pared decorada con espejos.
—La cámara del pasillo no apunta directamente a la mesa.
—Pero el espejo refleja parte del salón.
Mercer salió corriendo.
Cuando regresó llevaba una tableta.
Reprodujo la grabación lentamente.
El reflejo era pequeño.
Borrosa la imagen.
Pero suficiente.
Lorenzo aparecía inclinándose sobre la mesa.
Su mano retiraba el vaso con la pajita rosa.
Después colocaba otro.
Nadie habló.
Dante observó la grabación dos veces.
Luego una tercera.
—¿Por qué?
Lorenzo soltó una risa nerviosa.
—Dante, me conoces desde hace veinte años.
—Precisamente.
Dante avanzó.
—Por eso quiero saber por qué cambiaste la bebida de mi hija.
Lorenzo retrocedió.
Entonces Mercer recibió una llamada.
Escuchó durante varios segundos.
Su expresión cambió.
—Tenemos el análisis preliminar del vaso.
Miró a Dante.
—Había una sustancia sedante.
Mara sintió que se le helaba la sangre.
—¿Querían dormirla?
—Parece que sí —respondió Mercer—. No era una dosis pensada para matarla.
Dante comprendió antes que todos.
—Entonces Ava no era el objetivo final.
Lorenzo corrió hacia la puerta.
Mercer lo interceptó.
Al caer su chaqueta al suelo, un pequeño dispositivo electrónico salió del bolsillo.
Dante lo reconoció.
Era un rastreador.
Y estaba configurado con la ubicación de la escuela de Ava.
La expresión de Dante se volvió terrible.
—Querías llevártela.
Lorenzo no respondió.
Mara miró nuevamente la mesa.
Entonces recordó algo.
—Señor Moretti.
Dante se volvió.
—Antes de servir el postre escuché a Lorenzo hablando por teléfono.
—¿Qué dijo?
—Solo una frase.
Mara tragó saliva.
—“Cuando la niña esté dormida, él tendrá que salir por la puerta trasera”.
Mercer revisó inmediatamente las cámaras exteriores.
Dos vehículos desconocidos habían esperado detrás del restaurante durante cuarenta minutos.
Se marcharon exactamente después de que Dante ordenara cerrar las puertas.
No había sido un intento de envenenamiento.
Había sido una emboscada.
Ava era el cebo.
Dante miró a Mara.
La camarera a la que todos habían tratado como invisible acababa de ver lo que ninguno de sus hombres había visto.
—¿Cómo notaste el vaso?
Mara miró a Ava.
—Porque ella me pidió personalmente aquella pajita rosa.
Dante guardó silencio.
Entonces Ava estiró débilmente la mano.
Mara se acercó y permitió que la niña tomara sus dedos.
—¿Te quedarás hasta que me duerma?
—Claro.
Dante no se opuso.
Pero minutos después, Mercer apareció nuevamente.
Esta vez su rostro estaba completamente pálido.
—Jefe, encontramos algo en el teléfono de Lorenzo.
Le mostró una fotografía.
Dante quedó inmóvil.
Mara alcanzó a verla.
Era una fotografía de Ava saliendo de la escuela.
Tomada tres semanas antes.
Debajo había un mensaje:
“La niña debe llegar viva.”
Y una respuesta enviada por Lorenzo:
“¿Y Moretti?”
La contestación contenía únicamente cuatro palabras:
“Él no sale vivo.”
Dante levantó la mirada.
—¿Quién envió esto?
Mercer tardó demasiado en responder.
—El número pertenece a alguien que oficialmente murió hace siete años.
Dante perdió todo color.

—¿Quién?
Mercer giró la pantalla.
Y por primera vez aquella noche, el miedo apareció realmente en los ojos de Dante Moretti.
El número estaba registrado a nombre de su esposa.
La madre de Ava.