—¿Quién te dio esta fotografía? —pregunté.
Ethan miró la imagen entre mis manos.
—La señora Grace.
El nombre de mi esposa sonó como un golpe.
—¿Cuándo la viste?
—Venía a visitarme en la casa donde vivía. Me decía que algún día podría salir de allí.
Los nudillos se me tensaron.
—¿Qué casa?
—Un lugar con muchos niños. La señora Grace decía que no era un hogar de verdad.
Antes de que pudiera preguntarle más, mi abogado llamó.
—Andrew, los dos hombres que perseguían al niño no eran policías de Chicago.
Miré a Ethan.
—¿Quiénes son?
—Seguridad privada de una residencia infantil. Acaban de denunciar que el niño huyó y que la mujer que lo visitaba murió hace meses.
El corazón me golpeó las costillas.
—¿Grace iba allí a escondidas?
—Eso parece —dijo mi abogado—. Y hay algo más. Alguien borró sus registros de visitas después del accidente.
Ethan se aferró a mi abrigo.
—La señora Grace me dijo que si los hombres volvían, buscara al señor de la fotografía.
Me agaché para quedar a su altura.
—¿Te explicó por qué?
Negó con la cabeza.
—Solo dijo que no confiara en el hombre que llevaba un anillo de plata.
Un frío me recorrió la espalda.
En mi familia, solo dos personas llevaban ese anillo.
Yo.
Y mi hermano, Marcus.
—¿Viste a ese hombre en la residencia?
Ethan asintió.
—Vino la noche antes de que la señora Grace dejara de visitarme.
Mi hermano me había dicho que el accidente de Grace fue una tragedia sin sospechosos.
También había organizado el funeral.
—Enzo —ordené—, lleva al niño a la casa segura. Nadie, ni siquiera Marcus, debe saber dónde está.
—¿Y usted, señor?
Miré de nuevo la letra de Grace.
“Andrew, si pasa algo, encuéntralo.”
Por debajo, casi borrada por un doblez, había una línea que no había visto antes:
“Ethan sabe dónde escondí la prueba.”
Levanté la mirada.
—¿Qué prueba, Ethan?
El niño señaló la fotografía.
—La señora Grace me dio una llave.
La sacó del bolsillo y la puso en mi palma.
Tenía grabado el número de la caja fuerte de mi despacho.
Y mi hermano era el único que conocía la combinación.