PARTE 2: LA NIÑA QUE NO TEMÍA A MI SILENCIO

La manija giró despacio y la puerta se abrió unos centímetros.

Una niña de vestido azul asomó la cabeza.

Era Sofia, la hija de Marta, una de las empleadas de la casa.

—¿Puedo entrar, señor Lorenzo?

Asentí.

Se acercó a mi silla con una servilleta apretada entre las manos.

—No esté triste. Me casaré con usted cuando sea mayor.

Por primera vez desde que Bianca se había marchado, algo parecido a una sonrisa me rozó el rostro.

—Eres muy buena, Sofia, pero no tienes que casarte conmigo. Solo prométeme que seguirás siendo valiente y amable.

Ella bajó la mirada.

—Yo no quería que Bianca se fuera.

—¿La viste?

Sofia asintió.

—Estaba detrás de la cocina, hablando con un hombre.

Mi espalda se tensó.

—¿Qué hombre?

—El que tiene un anillo grande con una piedra roja. Le dijo que si no cumplía su parte, él haría daño a su mamá.

Don Ferretti.

Apreté la carta dentro del bolsillo.

—¿Oíste algo más?

Sofia abrió la servilleta.

Dentro había un pequeño teléfono negro.

—Se le cayó cerca del jardín. Mamá me dijo que no tocara cosas ajenas, pero escuché que el hombre quería llevárselo.

Tomé el teléfono con cuidado.

La pantalla estaba rota, pero seguía encendida.

—¿Sabes qué viste, cariño?

—No. Solo sé que Bianca lloraba.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Enzo entró, con dos guardias detrás.

—Señor, Don Ferretti acaba de salir por la entrada norte.

—¿Y Bianca?

—No la encontramos.

Sofia se aferró a mi manga.

—El hombre se la llevó en un coche gris.

El jardín ya no parecía un cementerio.

Parecía un campo de batalla.

—Llama a todos los conductores. Cierren las salidas y revisen cada vehículo que abandone la propiedad.

Enzo tomó el teléfono de mis manos.

—Señor, no sabemos si ese aparato pertenece a Bianca.

La pantalla se iluminó.

Un mensaje nuevo apareció antes de que pudiera desbloquearlo.

“Tu madre está en mi casa. Si quieres volver a verla, trae el contrato y ven solo.”

Sofia leyó por encima de mi mano.

—Esa no es la casa de Bianca —susurró—. Es la casa donde vive mi mamá.

Sentí que la tristeza se convertía en algo más frío.

Don Ferretti no había abandonado la boda.

Había elegido su siguiente rehén.

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