—No abras eso —repitió Liam.
Esta vez no sonaba furioso.
Sonaba preocupado.
Solté el cordón.
—¿Por qué?
—Porque te pagan para mantenerme vivo, no para hacer preguntas.
—Entonces considéralo una decisión médica.
Me acerqué a la ventana.
—Necesitas luz, movimiento y dejar de vivir como si ya estuvieras enterrado.
Tiré del cordón.
Las persianas subieron.
Liam maldijo.
La luz inundó la habitación.
Y entonces lo vi.
No estaba mirando el sol.
Miraba el jardín.
Concretamente, una pequeña casa de piedra al otro lado de la propiedad.
—Ciérralas.
—¿Qué hay allí?
Intentó incorporarse y el dolor le atravesó el abdomen.
Corrí hacia él.
—¡Quieto!
—Ciérralas, Anna.
Fue la primera vez que utilizó mi nombre.
Entonces algo brilló detrás de la ventana de aquella casa.
Liam me agarró del brazo.
—¡Al suelo!
Me empujó justo cuando el cristal de la ventana se quebró.
Los hombres irrumpieron segundos después.
Leo cerró las persianas mientras otros dos sacaban sus armas.
—¿Qué demonios hiciste? —rugió.
—Abrí una ventana.
Leo me miró como si quisiera despedirme inmediatamente.
Pero Liam habló desde la cama.
—Ella se queda.
Todos guardaron silencio.
Leo apretó la mandíbula.
—Jefe…
—He dicho que se queda.
Aquella noche trasladaron a Liam a otra habitación.
Mientras revisaba nuevamente su vendaje, encontré algo debajo de la almohada.
Una fotografía.
Liam mucho más joven aparecía junto a una mujer y un niño.
El niño llevaba una pulsera hospitalaria.
Reconocí el logotipo.
Era el mismo hospital donde trataban a Tommy.
Liam me quitó la fotografía.
—No vuelvas a tocar mis cosas.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién es ese niño?
No respondió.
Entonces vi el nombre escrito detrás.
Thomas.
Mi hermano se llamaba Thomas.
Tommy.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde conseguiste esto?
Por primera vez, Liam Mercer pareció perder completamente el control de su expresión.
—¿Cómo se llama tu hermano?
Retrocedí.
—Tú ya lo sabes.
Silencio.
La puerta se abrió.
Leo entró con un sobre.
—Jefe, llegaron los resultados que pidió.
Liam no apartó los ojos de mí.
—Dáselos.
Abrí el sobre antes de que pudiera detenerme.
Era un informe médico de Tommy.
Diagnóstico.
Tratamientos.
Compatibilidad genética.
Y debajo había una autorización para financiar completamente su terapia experimental.
Firmada tres semanas antes de que yo llegara a aquella mansión.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Por qué tienes esto?
Liam cerró los ojos.
—Porque tus diez mil dólares semanales nunca fueron la verdadera razón por la que te contrataron.
—¿Entonces cuál era?
Leo miró a Liam.
Él permaneció en silencio demasiado tiempo.
Finalmente señaló la fotografía.
—La mujer que está conmigo era mi hermana.
Miré otra vez aquella cara.
Nunca la había visto.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Liam respondió:
—Nada.
Después señaló al niño.
—Pero Tommy sí.
Mi respiración se detuvo.
—Explícate.
Sus ojos azules se clavaron en los míos.
—Hace catorce años, mi hermana desapareció con su hijo.
Hizo una pausa.
—Y ese niño tenía el mismo nombre, la misma fecha de nacimiento y la misma rara alteración genética que tu hermano.
