PARTE 2: LA CUENTA QUE BEATRICE CREYÓ QUE YO PAGARÍA

Dos horas después, Beatrice pidió café para todas.

La cuenta final llegó a 21.840 dólares.

Gavin dejó la carpeta crema junto a mí.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Entré al comedor privado.

—Espero que hayan disfrutado.

—Maravilloso —dijo una mujer.

Beatrice sonrió satisfecha.

—¿Ves? Esto sí es publicidad, Camilla.

Coloqué la cuenta frente a ella.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué es esto?

—La cuenta.

Varias mujeres dejaron sus tazas.

Beatrice soltó una carcajada.

—Muy graciosa.

—No estoy bromeando.

—Soy tu suegra.

—Y una clienta.

Empujé suavemente el recibo hacia ella.

—Dijiste delante de todos que tú invitabas.

Su rostro se endureció.

—Lucas jamás permitiría esto.

—Puedes llamarlo.

Lo hizo.

Puso el teléfono en altavoz.

—Hijo, tu esposa está intentando cobrarme veintiún mil dólares.

Hubo silencio.

—Camilla —dijo Lucas—, no empieces.

—No he empezado nada. Tu madre pidió la comida.

—Cancela la cuenta.

—No.

—El restaurante también es mío.

Ahí abrí la carpeta crema.

—No, Lucas. Nunca lo ha sido.

Saqué el acta constitutiva de Lumina.

Yo poseía el cien por ciento.

Después coloqué los estados bancarios.

—Y ya que estamos hablando del restaurante, quizá quieras explicar los 186.000 dólares que salieron de sus cuentas durante los últimos once meses.

Beatrice palideció.

Lucas dejó de hablar.

—¿De qué estás hablando?

—Hoteles. Joyería. Viajes. Restaurantes. Transferencias a una cuenta terminada en 4417.

—Son gastos comerciales.

—Entonces será fácil demostrarlo.

Saqué otra hoja.

—Especialmente porque esa cuenta pertenece a Sabrina Cole.

Silencio absoluto.

Beatrice miró alrededor.

Varias amigas ya no parecían divertidas.

—¿Esa es la muchachita? —preguntó una.

Yo miré a mi suegra.

—Tal vez Beatrice pueda responder. Hace dos horas presumió que conocía la relación.

—Yo estaba bromeando.

—Perfecto. Las cámaras grabaron el chiste.

Su cara cambió.

Lumina tenía audio en el comedor privado por motivos de seguridad, debidamente señalizado en el acceso.

Gavin había guardado la grabación.

Lucas bajó la voz.

—Camilla, ve a casa. Hablaremos.

—No.

—Soy tu marido.

—Y mi abogado te enviará algo relacionado con eso el lunes.

Colgué.

Beatrice empujó la cuenta.

—No tengo veintiún mil dólares para desperdiciar.

—Entonces cada invitada puede pagar su consumo.

Aquello provocó el caos.

—¡Nos dijiste que invitabas!

—¡Pediste tres botellas porque dijiste que eran tuyas!

—¡Yo no pienso pagar por tus mentiras!

En menos de diez minutos empezaron a aparecer tarjetas.

Beatrice terminó pagando su parte y buena parte de lo que ella misma había ordenado.

Pero cuando la última mujer se marchó, permaneció sentada.

—Vas a lamentar haber humillado a esta familia.

La miré.

—Beatrice, tú entraste aquí anunciando que pagarías todo. Yo únicamente te creí.

Se levantó furiosa.

Entonces vio los estados bancarios.

Y cometió un error.

—Esos retiros no pueden demostrarse porque Lucas tenía autorización.

Me quedé quieta.

—Yo nunca dije que los retiros no estuvieran autorizados.

Beatrice comprendió demasiado tarde.

Acababa de admitir que sabía cómo se habían realizado.

Gavin cerró la puerta.

—Camilla.

Sacó otro documento.

—Hay algo que debes ver.

Mientras ellas cenaban, nuestra contadora había revisado los accesos.

Lucas sí tenía una tarjeta corporativa limitada.

Pero no podía autorizar transferencias.

Alguien había cambiado sus permisos ocho meses atrás.

Usando mi perfil de administradora.

—Yo no hice esto.

—Lo sé.

El acceso se había producido un domingo a las 3:14 de la madrugada.

Desde la dirección IP de mi casa.

Recordé aquella noche.

Había regresado agotada después de dieciséis horas en Lumina.

Lucas me había preparado una copa de vino.

Dormí casi doce horas.

A la mañana siguiente mi laptop estaba sobre la mesa.

—Dios mío.

Gavin siguió pasando páginas.

Lucas había utilizado mis credenciales para concederse acceso financiero completo.

Después había transferido dinero a Sabrina.

Pero la cuenta 4417 escondía algo más.

Sabrina devolvía parte del dinero cada mes a otra sociedad.

BPR Consulting.

—¿Qué significa BPR?

Gavin negó con la cabeza.

Nuestra contadora sí lo había descubierto.

La propietaria era:

Beatrice Patricia Reynolds.

Mi suegra.

Me senté lentamente.

La aventura de Lucas no era el único secreto.

Su madre también estaba recibiendo dinero de Lumina.

Más de 94.000 dólares.

Entonces sonó mi teléfono.

Era mi abogado.

—Camilla, revisé los documentos que me enviaste. Tenemos un problema mayor.

—¿Qué problema?

—Lucas solicitó un préstamo empresarial hace seis semanas.

—No puede. Lumina es mía.

—Lo sé.

—¿Cuánto?

Hubo una pausa.

—Dos millones cuatrocientos mil dólares.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Con qué garantía?

—El restaurante.

—Eso es imposible.

—Presentó documentos que dicen que posee el cincuenta por ciento.

—Son falsos.

—Hay más.

Escuché papeles al otro lado.

—El préstamo debía cerrarse el lunes. El dinero iba a una empresa llamada Pacific Culinary Expansion.

—Nunca he oído hablar de ella.

—Fue creada hace cuatro meses por Sabrina Cole.

Cerré los ojos.

Lucas pensaba hipotecar mi restaurante para financiar una empresa con su amante.

Pero mi abogado todavía no había terminado.

—Camilla, ¿tu padre se llamaba Roberto Álvarez?

Abrí los ojos.

—Sí. Murió hace nueve años.

—Entonces necesito que vengas mañana.

—¿Por qué?

—Porque Pacific Culinary Expansion ya existía antes.

—Acabas de decir que fue creada hace cuatro meses.

—Esta versión sí.

Escuché cómo pasaba otra página.

—Pero hubo una empresa con exactamente ese nombre hace diecisiete años.

Mi respiración se detuvo.

—¿Quién era el dueño?

—Tu padre.

Miré alrededor de Lumina.

El restaurante que yo creía haber construido completamente sola.

—Eso no tiene sentido.

—Hay algo más extraño. Encontré el documento de disolución de aquella empresa.

—¿Y?

Mi abogado tardó varios segundos en responder.

—Roberto no la cerró.

—Entonces ¿quién?

—Beatrice Reynolds.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Mi suegra ni siquiera conocía a mi familia hace diecisiete años.

—Camilla…

Su voz se volvió grave.

—Eso es lo que Lucas te dijo.

Y entonces comprendí que Beatrice no había empezado a robarme cuando su hijo se casó conmigo.

Conocía el negocio de mi padre mucho antes de que yo conociera a Lucas.

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