No caí hasta el fondo del barranco.
Una cornisa cubierta de pinos detuvo mi descenso. Quedé tendida entre ramas rotas, incapaz de mover el hombro, con el viento arrancándome el aire de los pulmones. Arriba oí a Michael gritar mi nombre una vez.
Después escuché sus pasos alejándose.
No sé cuánto tiempo permanecí allí. Cuando una luz atravesó la nieve, pensé que estaba imaginándola.
—¡Hay alguien aquí! —gritó un hombre.
Era Daniel Reyes, voluntario del equipo de rescate que había salido a buscar a una excursionista desaparecida antes de que la tormenta cerrara los senderos. Bajó con otro rescatista y se arrodilló a mi lado.
—Mi bebé —alcancé a decir.
—Vamos a sacaros a los dos.
En el hospital encontraron lesiones en mi hombro y señales de que el parto había comenzado. Mi hijo nació horas después. Lo escuché llorar antes de que me venciera el agotamiento.
Cuando desperté, Daniel estaba fuera de la habitación hablando con una agente. Lo había visto mirarme de una manera extraña desde el rescate. Más tarde pidió permiso para enseñarme una fotografía: una mujer joven cargando a una niña con un abrigo rojo.
La mujer era mi madre.
—Soy tu padre —dijo—. Te he buscado durante veintinueve años.
Mi madre me había contado que él nos abandonó. Daniel aseguró que había intentado encontrarnos después de que ella se mudara. No podía comprobar toda nuestra historia en una habitación de hospital, y se lo dije. Él asintió. Dejó la fotografía conmigo y no volvió a llamarse mi padre hasta que yo se lo permití.
También hablé con la policía. Les conté cómo Michael me había empujado. Conservaban el informe del rescate, mis lesiones y los mensajes en los que él había insistido en llevarme al mirador pese a la tormenta.
Michael, mientras tanto, había anunciado mi muerte.
Mi abogada me explicó que podía impedirlo de inmediato. Quise que la policía supiera primero dónde estaba y cómo proteger a mi hijo. Después decidí asistir al servicio privado que Michael había organizado. El ataúd ceremonial estaba vacío; la funeraria y los investigadores lo sabían. Yo esperé detrás de una puerta lateral con Daniel y una agente mientras comenzaba la ceremonia.
Fue allí donde oí a Michael hablar con Ashley. La agente también lo oyó. Cuando terminó de registrar sus palabras, abrió la puerta de la capilla.
Entré con mi hijo en brazos.
Alguien dejó caer un programa al suelo. Michael se volvió hacia el ruido. Su mirada pasó de mi rostro al pequeño gorro azul que asomaba de la manta.
—Emma —susurró.
No me acerqué.
—Estamos vivos.
La agente le pidió que la acompañara. Él intentó hablar, pero ya no quedaba nadie dispuesto a completar sus frases por él.
Salí de la capilla antes de que terminaran de hacerle preguntas. Afuera, Daniel esperaba junto al coche. Me preguntó si quería que cargara la bolsa del bebé.
Se la entregué. Conocerlo llevaría tiempo. Recuperarme también.
Mi hijo se movió entre mis brazos y abrí un poco la manta para verle la cara. Habíamos vuelto de la montaña. Por aquel día, eso bastaba.