PARTE 2: EL PRECIO DE SU ORDEN

Dos semanas después, Sebastián Zhou regresó de París convencido de que todo estaba resuelto.

Victoria llevaba un anillo de compromiso en la mano.

Los medios ya hablaban de la futura alianza entre las familias Zhou y Zhao.

Y sobre su escritorio lo esperaba mi acuerdo de divorcio firmado.

Sebastián pasó las páginas hasta encontrar la compensación.

“Renuncio voluntariamente a los doscientos mil yuanes.”

Soltó una risa fría.

—Todavía intenta conservar su orgullo.

Leonardo Liu permaneció en silencio.

—¿Dónde está Valeria?

—Fue trasladada del hospital.

—¿A dónde?

—No pude averiguarlo.

Sebastián levantó la mirada.

—Entonces averígualo.

Antes de que Leonardo respondiera, la puerta se abrió.

Entraron dos abogados.

Detrás de ellos apareció Natalia Song.

Dejó cuatro carpetas sobre la mesa.

—Señor Zhou, venimos en representación de la señorita Valeria Shen.

Sebastián se recostó tranquilamente.

—¿Quiere más dinero?

Natalia casi sonrió.

—No.

Abrió la primera carpeta.

—Esta es una denuncia relacionada con la agresión sufrida por la señorita Shen.

Segunda carpeta.

—Esta contiene una demanda civil.

Tercera.

—Aquí están los registros que vinculan a miembros de su seguridad con el incidente.

Sebastián dejó de sonreír.

Natalia abrió la cuarta.

—Y esto quizá le interese todavía más.

Era una notificación empresarial.

Tres compañías que suministraban componentes esenciales al Grupo Zhou suspendían temporalmente nuevos contratos.

Sebastián se levantó.

—¿Qué significa esto?

—Que esas empresas pertenecen, directa o indirectamente, al Grupo Internacional Shen.

El silencio fue inmediato.

Victoria frunció el ceño.

—¿Shen?

Natalia la miró.

—La familia de Valeria.

Sebastián soltó una carcajada incrédula.

—Valeria no tiene familia.

—Tiene.

Natalia colocó sobre la mesa el certificado accionarial.

—Y posee el treinta y siete por ciento del Grupo Internacional Shen.

Sebastián leyó la cifra.

Después volvió a leerla.

—Esto es falso.

—Puede verificarlo.

Leonardo ya estaba buscando información en su tableta.

Su rostro perdió lentamente el color.

—Presidente…

Sebastián lo miró.

Leonardo tragó saliva.

—Es auténtico.

Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián Zhou no supo qué decir.

Natalia recogió sus documentos.

—La señorita Shen no desea hablar con usted. Cualquier comunicación deberá hacerse mediante sus abogados.

Sebastián apretó los dientes.

—Dígale que venga personalmente.

Natalia se detuvo en la puerta.

—Usted ordenó que cuatro hombres golpearan a una mujer que todavía era su esposa.

Su voz permaneció completamente serena.

—Ya perdió el derecho de darle órdenes.


Esa misma tarde, Sebastián apareció en la residencia donde me recuperaba.

No pudo atravesar la entrada.

Yo lo observé desde una ventana del segundo piso.

Seguía teniendo las costillas inmovilizadas y caminaba despacio.

Pero ya podía respirar sin sentir que el mundo se partía.

Natalia entró.

—Lleva cuarenta minutos esperando.

—Que espere.

—Dice que quiere disculparse.

La miré.

—¿Antes o después de descubrir los cuarenta y dos mil millones?

Natalia no respondió.

No hacía falta.

Sebastián llamó.

Lo bloqueé.

Mandó flores.

Las devolví.

Mandó joyas.

También regresaron.

Finalmente envió una carta.

No la abrí.

Porque durante tres años había cometido el error de escuchar siempre su versión.

Ahora hablarían las pruebas.

Los cuatro hombres del estacionamiento fueron identificados.

Dos decidieron colaborar.

Uno entregó los registros de llamadas.

Otro confirmó quién había dado la orden.

Y entonces apareció algo que Sebastián jamás había previsto.

La grabación.

“Denle una lección.”

Su propia voz.

Su propia orden.

No había apellido suficientemente poderoso para borrar aquello.


Mientras tanto, la alianza con los Zhao comenzó a desmoronarse.

No porque yo llamara a nadie.

No necesitaba hacerlo.

Los abogados de Victoria descubrieron que una investigación formal podía alcanzar a personas de su entorno.

Su familia reaccionó inmediatamente.

El compromiso fue suspendido.

Victoria desapareció de las fotografías oficiales.

Y Sebastián descubrió que la mujer por quien había destruido su matrimonio tampoco estaba dispuesta a destruir su futuro por él.

Tres meses después lo vi nuevamente.

Fue durante una audiencia.

Yo llevaba un traje sencillo.

Todavía tenía una pequeña molestia al respirar profundamente, pero ya no bajaba los ojos.

Sebastián estaba al otro lado.

Parecía haber envejecido años.

Cuando nuestros caminos se cruzaron, habló en voz baja.

—Valeria.

Seguí caminando.

—Solo cinco minutos.

Me detuve.

—¿Para qué?

Sus ojos estaban rojos.

—Cometí un error.

Lo miré durante varios segundos.

—Un error es olvidar un aniversario.

Mi voz permaneció tranquila.

—Tú diste una orden.

Sebastián bajó la cabeza.

—Puedo compensarte.

Entonces sí sonreí.

—Ese siempre fue tu problema.

Creíste que todo tenía precio.

Una esposa.

Su silencio.

Su dignidad.

Hasta sus heridas.

Di un paso atrás.

—Quédate con tus doscientos mil.

—Valeria…

—Y con las flores.

Me marché sin volver la cabeza.

Durante tres años Sebastián Zhou creyó que yo permanecía a su lado porque no tenía adónde ir.

Nunca comprendió que mi pobreza no era lo que me hacía vulnerable.

Era mi amor por él.

Y cuando consiguió destruir ese amor con sus propias manos, perdió la única ventaja que alguna vez tuvo sobre mí.

Los cuarenta y dos mil millones cambiaron mi vida.

Pero no fueron lo que me hizo libre.

Mi libertad comenzó aquella mañana en el hospital.

Cuando firmé el divorcio.

Rechacé su dinero.

Y decidí que Sebastián Zhou jamás volvería a comprar mi silencio.

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