PARTE 2: EL SOBRE QUE DAKOTA PREPARÓ ANTES DEL VUELO

Miré el sobre durante casi un minuto.

Trinity también.

—Ábrelo.

—Dakota dijo que necesitaba un testigo.

—Yo soy testigo.

Negué con la cabeza.

Conocía a mi esposa.

Si Dakota había dicho aquello, había una razón.

Veinte minutos después, la azafata principal se acercó acompañada por un hombre de traje oscuro.

—Señor Bennett, soy Andrew Cole, representante legal de Bennett Strategic Holdings.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué hace aquí?

—La señora Bennett solicitó que estuviera presente.

Trinity me miró.

—¿Tu esposa tiene abogados esperando en aviones?

Andrew señaló el sobre.

—Puede abrirlo ahora.

Rompí el sello.

Dentro había documentos de divorcio.

Eso era lo que esperaba.

Lo siguiente no.

Había copias de cuarenta y siete cargos realizados con mi tarjeta corporativa.

Hoteles.

Restaurantes.

Billetes.

Regalos.

Todos relacionados con Trinity.

—Dakota… —murmuré.

Ella apareció detrás de Andrew.

—Sigue leyendo.

Encontré una auditoría interna.

Mi respiración se volvió pesada.

Dakota no había descubierto mi aventura aquella mañana.

Lo sabía desde hacía cuatro meses.

—¿Cuatro meses? —pregunté.

—Desde Lisboa.

Trinity giró bruscamente hacia mí.

—Me dijiste que Lisboa era nuestro primer viaje.

Cerré los ojos.

Error.

Otro más.

Dakota ni siquiera reaccionó.

—No quería descubrir con cuántas mujeres me engañabas —dijo—. Quería descubrir cuánto dinero de la empresa estabas utilizando para hacerlo.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Bennett Strategic Holdings había sido fundada por mi padre.

Pero después de su muerte, yo asumí la presidencia.

Dakota nunca trabajó allí.

O eso creía.

Andrew sacó otro documento.

—Su padre modificó el fideicomiso seis meses antes de morir.

Leí la primera página.

Mi participación era del treinta y nueve por ciento.

Dakota controlaba el cincuenta y uno.

—Esto es imposible.

—Su padre consideró que ella era la única persona capaz de impedir que usted destruyera la compañía.

Trinity se levantó.

—Miles, ¿me trajiste a Italia usando dinero de una empresa que controla tu esposa?

No pude responder.

Entonces Andrew señaló la última página.

La auditoría había descubierto algo mucho peor que hoteles.

Pagos de “consultoría” por 2,8 millones de dólares habían sido enviados durante dieciocho meses a una compañía llamada Trinity Advisory Group.

Miré a Trinity.

Ella palideció.

—Yo no tengo ninguna empresa.

—¿Qué?

—Trabajo como diseñadora. Nunca he tenido una consultora.

Dakota dejó una carpeta sobre mi bandeja.

—Por eso necesitaba un testigo.

Dentro estaba el registro corporativo.

Trinity Advisory Group no pertenecía a Trinity.

Había sido creada utilizando su identidad.

Y todas las transferencias habían sido autorizadas electrónicamente desde mi despacho.

—Yo nunca hice esto.

Dakota me sostuvo la mirada.

—Te creo.

Aquellas dos palabras me desconcertaron más que todo lo anterior.

—Entonces ¿quién?

Su expresión cambió.

—Eso es lo que llevo cuatro meses intentando descubrir.

Andrew deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era una captura de seguridad de mi oficina.

Alguien estaba sentado frente a mi ordenador.

Reconocí inmediatamente al hombre.

Mi hermano menor, Ethan.

Pero la fecha hizo que se me secara la garganta.

Ethan había muerto once meses antes.

Trinity retrocedió.

—Miles…

Dakota señaló la esquina de la imagen.

—Mira quién está entrando detrás de él.

Amplié la fotografía.

Y por primera vez durante aquel vuelo, Dakota perdió su calma.

La mujer que aparecía junto a mi hermano era su madre.

Mi suegra.

La misma mujer a cuyo funeral Dakota y yo habíamos asistido tres años atrás.

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