—Lo siento —dije inmediatamente—. Mia se escapó. No volverá a ocurrir.
Isabella no respondió.
Colocó una hoja sobre el escritorio.
Era una impresión de un monitor cardíaco.
—Cantó para Lorenzo.
Sentí que me faltaba el aire.
—Tiene tres años. No entendía…
—Su corazón reaccionó.
Levanté la mirada.
Isabella señaló dos líneas marcadas con tinta roja.
—Aquí comenzó a cantar.
Luego señaló otra.
—Y aquí dijo que volvería.
—No entiendo.
—Nosotros tampoco.
La puerta se abrió.
Elena, la enfermera, entró apresuradamente.
—Señora Moretti, acaba de hacerlo otra vez.
—¿Qué?
—Le puse la grabación de seguridad donde se escucha cantar a Mia.
Elena tragó saliva.
—Lorenzo movió dos dedos.
Isabella quedó inmóvil.
Yo también.
—Quiero que Mia vuelva a entrar —dijo.
—No.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Isabella arqueó una ceja.
—No voy a utilizar a mi hija como tratamiento médico.
Por primera vez, algo parecido al respeto apareció en sus ojos.
—Entonces acompáñela.
Minutos después entramos juntas.
Mia corrió hacia la cama.
—¡Señor dormilón!
Me habría reído en cualquier otro lugar.
Ella tomó la mano de Lorenzo.
—Te prometí cantar mejor.
Comenzó la misma canción.
A mitad del segundo verso, el monitor cambió.
Entonces ocurrió.
Los dedos de Lorenzo se cerraron débilmente alrededor de los de Mia.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Pero Isabella no miraba el monitor.
Miraba a mi hija.
Específicamente, el pequeño collar que Mia llevaba desde que nació.
Un medallón dorado.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó.
Instintivamente cubrí el collar.
—Era de su padre.
—¿Cómo se llamaba?
Mi pecho se tensó.
—Daniel Russo.
Isabella perdió el color.
—Eso no puede ser.
Sacó una vieja fotografía del cajón de Lorenzo.
En ella aparecían Lorenzo y otro hombre.
Daniel.
Mi Daniel.
—¿Por qué tiene una fotografía de mi esposo?
Isabella cerró la puerta.
—Porque Daniel Russo no era su verdadero nombre.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Entonces ¿quién era?
—Matteo Moretti. El hermano menor de Lorenzo.
Negué lentamente.
Daniel había muerto cuatro meses antes del nacimiento de Mia.
Un accidente.
Eso me habían dicho.
Isabella miró a Mia.
—Lorenzo pasó tres años buscando al hijo que Matteo dejó atrás.
—Mia es una niña.
—Precisamente.
Se acercó al medallón.
—Todos buscábamos un niño.
Entonces Lorenzo emitió un sonido ronco.
Elena corrió hacia él.
Sus párpados comenzaron a moverse.
—Señor Moretti, ¿puede escucharme?
Sus ojos se abrieron apenas.
No miró a Isabella.
Ni a Elena.
Me miró a mí.
Después a Mia.
Una lágrima descendió por su sien.
Y con enorme esfuerzo susurró:
—Clara…
Me quedé helada.
Nunca nos habíamos conocido.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Lorenzo respiró dolorosamente.
—Porque Matteo no murió en un accidente.
Isabella palideció.
Lorenzo apretó la pequeña mano de Mia.
—Y el mismo hombre que mató a su padre… provocó mi accidente.
Se oyó un golpe detrás de nosotros.
La puerta estaba abierta.
Uno de los hombres de seguridad permanecía allí.
Lorenzo lo vio.

El monitor comenzó a acelerarse.
—Saca a Mia —susurró.
Luego señaló al hombre.
—Fue él.