Me quedé mirando aquella media luna.
No podía respirar.
El anciano levantó la cabeza.
—¿Se encuentra bien?
Me quité los guantes con manos temblorosas y corrí hacia el dormitorio.
Abrí el pequeño compartimento secreto de mi joyero.
Durante veinte años había guardado allí un medallón de plata.
Dentro había una fotografía antigua.
Mi madre.
Yo, con dieciséis años.
Y mi padre, Samuel Bennett.
En su hombro derecho podía verse claramente aquella misma marca.
Regresé al baño.
—Levántate.
El hombre retrocedió, confundido.
—¿Qué ocurre?
Abrí el medallón frente a él.
Su rostro cambió.
—¿Reconoces a estas personas?
Miró la fotografía.
Sus labios comenzaron a temblar.
—No lo sé.
Entonces señaló a mi madre.
—Pero conozco esa voz.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi padre había desaparecido veinte años atrás.
La policía encontró su automóvil abandonado cerca de una obra.
Nunca encontraron el cuerpo.
Mi madre murió convencida de que había sido asesinado.
—¿Cómo te llamabas antes de perder la memoria?
—Te dije que no recuerdo…
—Mi padre se llamaba Samuel.
El anciano cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Samuel.
Pronunció el nombre como si acabara de abrirse una puerta dentro de su cabeza.
En ese momento Julian apareció.
Miró el medallón.
Después al anciano.
Y no pareció sorprendido.
Aquello me heló.
—Tú lo sabías.
—Sospechaba.
—¿Desde cuándo?
Julian respiró profundamente.
—Tres semanas.
Le di una bofetada.
—¡Me dijiste que lo encontraste hoy!
—Porque necesitaba estar seguro antes de decírtelo.
Sacó una carpeta.
Su empresa había comprado recientemente el terreno donde mi padre había desaparecido.
Durante las obras encontraron una caja metálica enterrada bajo los antiguos cimientos.
Dentro había documentos de Samuel.
Fotografías familiares.
Y registros financieros.
—Tu padre no sufrió un accidente —dijo Julian.
Abrí los documentos.
Samuel había trabajado como contador para la empresa constructora propietaria del terreno veinte años atrás.
Había descubierto millones desviados mediante compañías fantasma.
Tres días después desapareció.
—¿Quién era dueño de la constructora?
Julian permaneció callado.
Miré la última página.
Sentí náuseas.
VANCE CONSTRUCTION GROUP.
El apellido de Julian.
—Era de mi padre —admitió.
Retrocedí.
—¿Tu familia hizo esto?
—Eso intentaba averiguar.
Entonces Samuel salió lentamente del agua.
Sus ojos estaban clavados en Julian.
Algo había cambiado en su expresión.
Ya no parecía confundido.
Parecía aterrorizado.
—Yo conozco esa cara.
Julian palideció.
—¿La mía?
Samuel negó.
—La de tu padre.
Agarró mi brazo.
—Mariana, tenemos que salir de esta casa.
—Papá…
—Ahora.
Corrió hacia su viejo abrigo y arrancó el forro interior.
De allí cayó una pequeña llave oxidada.
—He llevado esto conmigo veinte años sin recordar para qué servía.
Julian la reconoció inmediatamente.
—Es una llave de depósito bancario.
Samuel me miró.
—Ya recuerdo quién me dejó entre aquellos escombros.
El silencio cayó sobre la habitación.
—¿Fue el padre de Julian?
—No.
Samuel señaló la fotografía familiar dentro de mi medallón.
Su dedo se detuvo sobre mi madre.
—Fue ella.
Sentí que el corazón se detenía.
—Mamá murió hace ocho años.
Samuel negó lentamente.
—La mujer que enterraste no era tu madre.
