PARTE 2: EL NOMBRE QUE MI PADRE NO QUERÍA OÍR EN TELEVISIÓN

Jason susurró mi nombre.

—Érica.

Mi padre levantó la vista.

En la televisión, el presentador continuó:

—La mayor Érica Dawson coordinó junto con servicios estatales la evacuación de casi cuarenta pasajeros atrapados durante la tormenta.

La copa de vino de mi padre se le resbaló de los dedos.

Se hizo añicos.

Nadie habló.

En pantalla aparecí ayudando a Walt a salir del camión cisterna.

Luego entrevistaron al jefe de la Patrulla Estatal.

—Si la mayor Dawson y su equipo hubieran llegado diez minutos después, estaríamos contando una historia muy diferente esta Navidad.

La suegra de Jason miró a mi padre.

—¿Dawson? ¿Es familia suya?

Papá tardó demasiado en responder.

—Mi hija.

Jason bajó la mirada.

La cena que debía celebrar su ascenso acababa de convertirse en una sala llena de personas preguntando por mí.

Exactamente lo que papá había querido evitar.

Pero eso no fue lo peor.

A las 23:38, mi teléfono recibió una llamada desde Washington.

—Mayor Dawson —dijo una voz—. Habla el teniente general Robert Hayes.

Me puse de pie automáticamente.

Conocía ese nombre.

Todo oficial de mi especialidad lo conocía.

—Señor.

—He visto las imágenes del rescate. Pero no llamo por la televisión.

Aquello me sorprendió.

—Entonces, ¿por qué?

Hubo una pausa.

—Porque el conductor del camión cisterna no era el único hombre que sacó usted de un vehículo esta noche.

Fruncí el ceño.

Durante el rescate habíamos evacuado también a un hombre inconsciente de una camioneta negra.

No llevaba identificación.

—¿Quién era?

—Coronel Daniel Mercer.

Sentí que el café se enfriaba entre mis manos.

Mercer llevaba meses desaparecido de la vida pública.

—¿Qué hacía en esa carretera?

—Eso todavía no puedo explicárselo por teléfono.

Entonces añadió:

—Pero llevaba algo destinado a usted.

Dos horas después, un oficial de enlace llegó a la base con un maletín recuperado del vehículo.

Dentro había documentos sobre una investigación militar de suministros.

Facturas infladas.

Rutas filtradas.

Empresas fantasma.

Y un nombre que reconocí inmediatamente.

Walker Strategic Logistics.

La empresa de mi padre.

Me quedé mirando la página.

—Esto tiene que ser un error.

El oficial negó.

—Mercer llevaba ocho meses investigándola.

Había más.

Una fotografía tomada seis días antes de un ataque contra un convoy en el que yo había resultado herida dos años atrás.

En ella aparecía Jason.

Mi hermanastro.

Sentado frente a un intermediario vinculado a Walker Strategic Logistics.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Llamé a mi padre.

Contestó inmediatamente.

—Érica, gracias a Dios. Vi las noticias.

—¿Por qué Jason aparece en una investigación militar?

Silencio.

—¿Qué?

—No me obligues a repetirlo.

Escuché movimiento.

Después la voz de Jason al fondo.

—¿Qué sabe?

Mi padre tapó el teléfono demasiado tarde.

—Ponme en altavoz.

—Érica…

—Ahora.

Jason habló.

—No sabía que atacarían el convoy.

La habitación entera pareció inclinarse.

—¿Qué acabas de decir?

—Pensé que solo querían los horarios de transporte.

Mi padre gritó:

—¡Cállate, Jason!

Pero ya era demasiado tarde.

Yo había estado en aquel convoy.

Dos soldados murieron.

Y Jason acababa de admitir que había entregado información.

—¿Papá lo sabías?

No respondió.

—¿Por eso no querías que volviera en Navidad?

—No.

—Entonces dime por qué.

—No puedo.

Colgué.

La investigación se aceleró esa misma madrugada.

A las cuatro, encontraron una transferencia de 280.000 dólares realizada cuarenta y ocho horas después del ataque.

Beneficiaria:

Linda Dawson.

Mi madrastra.

Mi teléfono empezó a temblar en mi mano.

El pago incluía una referencia:

“La chica Walker sobrevivió. No habrá segundo pago hasta que solucionen el problema.”

Walker.

No Dawson.

¿Por qué me llamaban Walker?

El coronel Mercer recuperó la conciencia al amanecer.

Pidió verme.

Cuando entré en su habitación, parecía haber envejecido veinte años.

—Mayor Dawson.

—¿Por qué llevaba un expediente sobre mi familia?

Mercer miró hacia la puerta.

—Porque su familia lleva años mintiéndole.

—Jason filtró la ruta.

—Sí.

—¿Mi padre lo sabía?

—Descubrió una parte después.

—¿Y Linda?

Mercer cerró los ojos.

—Linda sabía más que todos ellos.

Sacó una pequeña llave del bolsillo de su bata.

—El maletín tiene un compartimento inferior.

Regresé a la base.

La llave abrió un doble fondo.

Dentro había un único sobre.

Mi nombre estaba escrito encima.

ÉRICA WALKER.

No Dawson.

Lo abrí.

Era un certificado de nacimiento.

Mi fecha.

Mi madre.

Pero el espacio correspondiente al padre no decía Richard Dawson.

Decía otro nombre.

Uno perteneciente a un hombre que llevaba décadas ocupando puestos de enorme poder dentro del Departamento de Defensa.

Me quedé inmóvil.

Entonces llamé a mi padre otra vez.

—¿Me adoptaste?

Esta vez no intentó mentir.

—Sí.

—¿Quién era mi verdadero padre?

—Érica, no hagas preguntas que puedan ponerte en peligro.

—Ya intentaron matarme.

Escuché una respiración temblorosa al otro lado.

Después Linda tomó el teléfono.

—Precisamente por eso tu padre te pidió que no vinieras esta Navidad.

—¿Qué tiene que ver una cena con todo esto?

Linda guardó silencio unos segundos.

Luego respondió:

—Porque había alguien invitado que te habría reconocido.

Miré nuevamente el certificado.

—¿Quién?

—El padre de la esposa de Jason.

Recordé que papá había insistido en que aquella cena era especialmente importante.

Entonces Linda añadió:

—Él conoció a tu madre.

—¿Cómo?

La respuesta llegó casi en un susurro.

—Porque estaba allí la noche en que desapareció.

Apreté el teléfono.

—Mi madre murió.

Linda soltó una risa extraña.

—Eso fue lo que Richard decidió contarte.

Mi padre gritó su nombre al fondo.

Pero Linda pronunció una última frase antes de que la llamada se cortara.

—Tu padre no intentaba proteger la Navidad de Jason, Érica.

—Intentaba impedir que descubrieras que tu madre sigue viva.

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