PARTE 2: EL CONTRATO QUE JULIAN FIRMÓ CON MI NOMBRE

Durante siete segundos nadie habló.

Luego comenzaron los teléfonos.

Cientos.

Tal vez miles de personas estaban transmitiendo en directo.

Julian fue el primero en reaccionar.

—Elena, baja de ahí.

Margaret Hale se interpuso.

—Señor Shaw, ella todavía no ha terminado.

Olivia seguía sobre el escenario con mi vestido.

Mi vestido.

Entonces hizo algo que me sorprendió.

—Yo no sabía que era suyo —dijo.

Julian giró bruscamente.

—Olivia.

—Me dijiste que pertenecía al archivo de Maison Shaw.

La sala volvió a murmurar.

La miré.

—¿Quién presentó la inscripción al concurso?

Olivia señaló lentamente a Julian.

—Él.

Margaret abrió el sobre negro.

—Eso coincide con nuestros registros.

Sacó una hoja.

—La declaración de autoría fue presentada por Maison Shaw hace seis semanas. Afirma que Olivia Carter diseñó la pieza como empleada de la empresa.

—No soy empleada de Maison Shaw —dije.

Julian subió al escenario.

—Pero eres mi esposa.

Aquella frase provocó algunas risas incrédulas.

Margaret ni siquiera pestañeó.

—El matrimonio no transfiere automáticamente la autoría de una obra.

Julian apretó la mandíbula.

—Elena trabajaba desde nuestra casa. Yo financiaba nuestro estilo de vida. Los materiales se pagaron con dinero familiar.

Sonreí.

Había esperado exactamente aquel argumento.

—Los materiales fueron comprados por Vale Studio LLC.

La pantalla cambió.

Facturas.

Transferencias.

Registro mercantil.

Vale Studio existía desde cinco años antes de mi matrimonio.

Yo era su única propietaria.

Julian dejó de hablar.

Entonces Margaret pronunció la frase que realmente lo asustó.

—El comité no investigó únicamente este vestido.

Sentí que se me helaba la espalda.

Eso no estaba en mi denuncia.

—¿Qué quiere decir?

Margaret me miró.

—Al verificar sus archivos encontramos coincidencias con otras colecciones de Maison Shaw.

Aparecieron doce diseños.

Los reconocí inmediatamente.

Bocetos que había hecho durante nuestro matrimonio.

Ideas que Julian me pedía “solo para inspirarse”.

Vestidos.

Abrigos.

Un bolso que había salvado financieramente una colección desastrosa dos años atrás.

Todos habían terminado vendidos bajo Maison Shaw.

—Eso es imposible —susurré.

Julian me había dicho que nunca utilizaba mis dibujos.

Que simplemente le gustaba escuchar mi opinión.

Margaret mostró las fechas.

Mis archivos eran anteriores.

En algunos casos, por meses.

—Julian —dije—. ¿Cuánto de tu empresa construiste conmigo?

—No hagas esto aquí.

—¿Cuánto?

No respondió.

Entonces apareció seguridad.

No para mí.

Para proteger los servidores del evento y conservar toda la documentación.

Julian me siguió hasta una sala privada.

—Podemos arreglarlo.

Me reí.

—¿Arreglar qué? ¿Mi premio o mi matrimonio?

—Todo.

—No quiero nada de ti.

—Elena, piensa.

—Eso llevo haciendo tres años.

Saqué mi anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

—Mi abogado te enviará los documentos.

Por primera vez perdió completamente la compostura.

—¡No puedes divorciarte ahora!

Me detuve.

No dijo “no quiero perderte”.

Dijo “ahora”.

Me giré.

—¿Por qué ahora?

Silencio.

Ahí estaba.

Miedo.

No tristeza.

—Julian.

La puerta se abrió.

Margaret entró acompañada por un abogado del comité.

Llevaba otro expediente.

—Señora Reed, necesitamos enseñarle algo.

Era un contrato firmado dieciocho meses atrás.

ACUERDO DE LICENCIA EXCLUSIVA — LUNA VALE.

Me quedé mirando mi propio seudónimo.

Maison Shaw había vendido los derechos comerciales internacionales de Luna Vale a un conglomerado japonés por 28 millones de dólares.

Mi supuesta firma aparecía en la última página.

—Yo nunca firmé esto.

Julian cerró los ojos.

El abogado continuó.

—Hay además una cláusula de adquisición.

Si la identidad real de Luna Vale se hacía pública, el conglomerado tenía derecho preferente para adquirir el estudio y todos sus diseños futuros.

—Pero Vale Studio es mío.

—Precisamente.

La firma falsificada hacía parecer que yo había transferido esos derechos voluntariamente.

Miré a Julian.

—¿Veintiocho millones?

—Elena…

—¿Dónde está el dinero?

No respondió.

Margaret colocó sobre la mesa una transferencia.

El dinero no había entrado directamente en Maison Shaw.

Había terminado en OC Creative Holdings.

Olivia Carter.

Ella entró detrás de nosotros y se quedó pálida.

—Yo no tengo ninguna empresa.

El abogado la miró.

—Legalmente sí.

Creada hace dos años.

Accionista única: Olivia Carter.

Administrador autorizado:

Julian Shaw.

Olivia empezó a llorar.

—Me hizo firmar documentos cuando entré en la beca. Dijo que eran formularios fiscales.

Julian dio un paso atrás.

Entonces comprendí que Olivia tampoco era el verdadero destino del dinero.

Era otra pantalla.

Margaret pasó la página.

OC Creative Holdings había transferido 26,4 millones a un fideicomiso privado.

Beneficiaria:

Eleanor Reed.

Mi madre.

Dejé de respirar.

—Mi madre murió hace once años.

Margaret negó lentamente.

—Alguien utiliza su identidad.

Revisé la documentación.

Fecha de creación del fideicomiso:

Cuatro meses antes de que conociera a Julian.

—Eso no puede ser.

Pero entonces recordé sus primeras palabras en aquella cafetería, tres años atrás.

“Tus manos parecen hechas para crear cosas.”

Yo había pensado que era una frase bonita.

Ahora parecía reconocimiento.

El abogado abrió un último archivo.

Era un correo enviado por Julian cuatro meses antes de nuestra primera cita.

Destinatario:

E. Reed.

Asunto:

LUNA.

Solo contenía tres líneas.

“Confirmado. Elena Reed es Luna Vale.”

“Me acercaré a ella personalmente.”

“Cuando firme como Shaw, podremos empezar a mover los derechos sin despertar sospechas.”

Sentí que el suelo desaparecía.

Julian no había descubierto mi identidad aquella noche en los Golden Crane.

La conocía antes de conocerme.

Antes de enamorarme.

Antes de pedirme matrimonio.

Levanté lentamente los ojos.

—Tres años fingiendo no saber quién era.

Julian no respondió.

Margaret sacó una fotografía adjunta al correo.

Mostraba a Julian sentado en un restaurante frente a una mujer.

Cabello oscuro.

Perfil elegante.

Once años mayor que en mis recuerdos.

Pero reconocí aquel rostro.

—Mamá…

Mi madre estaba viva.

Y había sido ella quien le había dicho a Julian exactamente quién era Luna Vale.

Entonces comprendí algo todavía peor.

Yo no había conocido accidentalmente al hombre que después robó mis diseños.

Alguien lo había enviado a casarse conmigo.

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