—¿Quién les dijo que esperan un niño? —preguntó el médico.
Preston dejó de sonreír.
Brielle se incorporó sobre la camilla.
—Eso decía el informe que me enviaron.
El médico revisó la pantalla y luego la página que ella sostenía. Era un resultado preliminar de otro centro, con una anotación que ninguno de los dos había leído completa: sexo fetal pendiente de confirmar.
—Hoy sí puedo confirmarlo —dijo—. Es una niña.
Preston permaneció inmóvil. Brielle llevó una mano a su vientre. La imagen mostraba a su hija moviendo un brazo diminuto, ajena a las expectativas de todos los adultos en la habitación.
Yo supe lo que había ocurrido horas después, por un mensaje de la hermana de Preston. No respondí. Estaba en el aeropuerto con mis hijas, esperando el vuelo hacia la ciudad donde me habían ofrecido un trabajo.
El traslado estaba contemplado en nuestro acuerdo de custodia. Preston lo había firmado sin hacer preguntas, convencido de que podía visitarlas cuando quisiera. Las niñas sabían adónde íbamos, dónde viviríamos y cuándo hablarían con él. Lo que yo no sabía era cómo explicarles que su padre ni siquiera había preguntado por ellas al salir del juzgado.
Al subir al avión, mi hija menor apretó su oso contra el pecho.
—¿Papá sabe que nos vamos hoy?
—Sí, cariño. Se lo dijimos.
—No se despidió.
Le acaricié el cabello. No encontré una respuesta que hiciera aquello menos doloroso.
Aterrizamos al anochecer. Mi hermana nos esperaba con las llaves del apartamento y tres bolsas de comida. Mientras las niñas elegían dónde poner sus mochilas, recibí una llamada de Preston.
—El médico se equivocó con el informe —dijo, sin saludar—. Brielle espera una niña.
Miré a nuestras hijas. La mayor estaba ayudando a la pequeña a colocar su oso sobre la cama.
—Espero que ambas estén bien —respondí.
Preston guardó silencio.
—¿Ya llegasteis?
—Sí.
—Lena… Lo que dije esta mañana…
Esperé. No terminó la frase.
—Si quieres hablar con las niñas, llámalas mañana después de las seis —le dije—. Estarán instaladas y podrán contarte cómo les fue el viaje.
—De acuerdo.
Colgué y entré en la habitación. Mis hijas habían elegido camas junto a la ventana. Se discutían, muy serias, qué lado tendría más sol por la mañana.
No sabía si Preston aprendería algún día a ser el padre que necesitaban. Esa parte le correspondía a él. Yo podía cumplir la mía: estar allí cuando despertaran, escuchar lo que sintieran y ayudarlas a hacer de aquel lugar un hogar.
—Mamá —dijo la pequeña—, ¿mañana podemos desayunar juntas?
Me senté entre las dos.
—Mañana y todos los días que podamos.