La pregunta de Noah me atravesó.
—Entonces… ¿por qué nunca viniste a buscarme?
Abrí la boca.
No salió ninguna palabra.
¿Cómo explicarle a un niño de cinco años que yo había contado sus dedos durante menos de diez segundos antes de que me lo quitaran?
¿Cómo decirle que durante años había despertado preguntándome si tendría frío, si se enfermaba, si alguien lo abrazaba cuando tenía miedo?
Me arrodillé frente a él.
La cicatriz de la cesárea pareció arderme otra vez.
—Porque me dijeron que no podía.
Noah frunció el ceño.
—¿Papá?
Miré a Nathan.
—No.
Nathan apretó la mandíbula.
—Mi madre.
Noah permaneció callado.
Después preguntó:
—¿Tú querías verme?
Las lágrimas me vencieron.
—Todos los días.
El niño dio otro paso.
No me abrazó.
Solo puso su pequeña mano sobre mi mejilla.
—Entonces no llores.
Eso fue peor.
Me cubrí la boca.
Nathan apartó la mirada.
Minutos después, Noah estaba sentado en mi sofá bebiendo chocolate mientras observaba mis fotografías.
—¿Esta es tu mamá?
—Sí.
—¿Está bien?
—Ahora sí.
La cirugía había funcionado.
El precio había sido él.
Nathan esperó hasta que Noah se distrajo.
—Tenemos que hablar.
—¿Por qué fingiste no conocerme esta mañana?
—Porque no sabía quién eras.
Me reí amargamente.
—Compartimos una cama durante dos meses.
—Yo estaba medicado la mayor parte del tiempo. Mi madre nunca me dijo tu nombre verdadero.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Te conocí como Evelyn Hart.
Sentí frío.
Ese no era mi nombre.
Nathan sacó el teléfono.
Me mostró una copia del contrato.
EVELYN HART.
La fotografía era mía.
La firma no.
—Yo firmé con mi propio nombre.
—Entonces cambiaron el contrato.
Nathan había descubierto la verdad apenas tres semanas atrás.
Noah había preguntado por qué no tenía madre.
Margaret le había dicho que su madre biológica había cobrado y desaparecido.
Nathan investigó.
La supuesta Evelyn Hart no existía.
Entonces encontró mi fotografía en archivos antiguos.
Y una semana después, su junta directiva le presentó la lista de empleados de la empresa que acababa de adquirir.
Ahí estaba yo.
—¿Compraste mi empresa por mí?
—No.
Por alguna razón, le creí.
—¿Entonces por qué viniste esta noche?
Nathan miró hacia Noah.
—Porque ayer encontré esto.
Sacó un sobre.
Dentro había informes médicos de mi embarazo.
Análisis.
Ecografías.
Y un documento fechado tres días después del nacimiento.
Renuncia voluntaria de derechos maternos.
Mi firma aparecía abajo.
—Nunca firmé esto.
—Lo sé.
Nathan colocó otra hoja.
Era una transferencia de 600.000 dólares.
Supuestamente pagados a mí.
—Yo recibí ciento veinte mil.
Sus ojos se endurecieron.
—Los otros 480.000 fueron enviados a una cuenta controlada por Margaret Blake.
Su propia madre había desviado el dinero.
Pero aún faltaba algo.
—¿Por qué necesitaba falsificar una renuncia si el contrato original ya decía que entregaría al bebé?
—Porque el contrato original no era válido.
Nathan respiró hondo.
—Tú tenías veinte años.
—Sí.
—Y según los documentos médicos, tres semanas antes del parto pediste quedarte con Noah.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
Me mostró una carta.
Reconocí mi letra inmediatamente.
Había escrito aquello desde la casa donde me vigilaban.
“Devuelvo todo el dinero. Encontraré otra manera de pagar la deuda. Por favor, déjenme criar a mi hijo.”
Yo creía que Margaret la había destruido.
Nathan siguió leyendo.
—Legalmente, tu petición complicaba todo. Así que fabricaron una renuncia posterior.
Miré hacia Noah.
Mi hijo estaba colocando fotografías sobre la alfombra.
—¿Tu madre sabía que yo quería quedármelo?
—Sí.
—¿Y tú?
Nathan negó.
—Me dijeron que no querías verlo.
Sentí ganas de vomitar.
Cinco años odiándolo por permitir que me arrancaran a nuestro hijo.
Y él había pasado cinco años creyendo que yo lo había abandonado.
Entonces Noah levantó una fotografía.
—Mamá.
La palabra cayó sobre la habitación.
Nathan y yo nos quedamos inmóviles.
Noah señaló una foto de mi graduación.
—¿Puedo quedarme con esta?
No pude responder.
Asentí.
Nathan cerró los ojos un instante.
Después dijo:
—Hay algo más.
Por su tono comprendí que era peor.
—¿Qué?
—Noah está enfermo.
Mi cuerpo entero se tensó.
—¿Qué tiene?
—Todavía no lo sabemos.
Durante seis meses había sufrido episodios de anemia, fiebre y alteraciones inmunológicas.
Los médicos sospechaban una enfermedad hereditaria.
—Por eso Margaret insistía en que nunca buscáramos a la madre biológica —dijo Nathan.
—¿Por qué impediría encontrarme si Noah necesitaba antecedentes genéticos?
—Eso mismo pregunté.
Sacó otro informe.
Era una prueba genética.
Madre biológica:
Yo.
Padre biológico:
Me quedé mirando el resultado.
Nathan estaba excluido.
—No.
Él tenía el rostro completamente rígido.
—Me hicieron creer que Noah era mío durante cinco años.
—Pero yo solo estuve contigo.
—Lo sé.
—Entonces la prueba está equivocada.
—La repetí tres veces.
Sentí que me faltaba aire.
Nathan señaló una línea.
Había una coincidencia familiar masculina.
No con él.
Con alguien de su familia.
—¿Quién?
Nathan tardó en responder.
—Mi hermano.
Lo miré.
—¿Qué hermano?
Nunca había oído hablar de ningún hermano.
—Adrian Blake. Murió cuatro meses antes de que tú llegaras a aquella casa.
Eso era imposible.
Nathan abrió el último expediente.
Durante el embarazo me habían realizado procedimientos que Margaret describía como controles rutinarios.
Uno de ellos no había sido un control.
Había sido una transferencia embrionaria.
—Noah no fue concebido durante aquellos dos meses —dijo Nathan.
Me llevé una mano al vientre por puro reflejo.
—Entonces ¿por qué me obligaron a acostarme contigo?
Nathan me miró con una expresión que me heló.
—Para que ambos creyéramos que el niño era nuestro.
—¿De quién era el óvulo?
—Tuyo.
—¿Y el embrión?
—Fue creado con material genético de Adrian antes de morir.
No podía procesarlo.
—¿Por qué?
Nathan sacó una copia del testamento de su padre.
Una cláusula estaba marcada.
El control del Grupo Blake pasaría al primer descendiente varón de Adrian Blake al cumplir seis años.
Miré a Noah.
Cinco años.
—¿Cuándo cumple seis?
—En treinta y nueve días.
Entonces entendí por qué Nathan había regresado.
Por qué Margaret había mantenido mi identidad enterrada.
Por qué de repente importaba tanto que nadie cuestionara el origen de Noah.
Pero Nathan todavía sostenía una hoja.
—Hay una última cosa.
Era el registro del procedimiento.
Autorización para utilizar mis óvulos.
Mi firma era falsa.
Autorización del material de Adrian.
También parecía falsa.
Y debajo figuraba una tercera firma.
Testigo y representante legal: Helen Foster.
Se me cayó el papel.
Nathan frunció el ceño.
—¿La conoces?

Claro que la conocía.
Helen Foster era el nombre de soltera de mi madre.
La mujer cuya vida yo había creído salvar vendiendo mi vientre había firmado el procedimiento antes de que Margaret Blake siquiera se acercara a mí.