PARTE 2: LA MANO QUE LEO NO HABÍA TOCADO DESDE QUE MURIÓ SU MADRE

—¿Quién eres? —preguntó Rico.

Clara no respondió inmediatamente.

Se arrodilló a varios pasos de Leo.

No intentó tocarlo.

Eso fue lo primero que llamó la atención de Rico.

—Hola, Leo.

El niño siguió llorando.

—No voy a acercarme más —dijo Clara suavemente—. Solo traje leche.

Leo pateó una servilleta.

—¡No!

—Perfecto. Entonces la beberé yo.

Clara tomó el vaso y fingió llevárselo a los labios.

Leo dejó de gritar durante medio segundo.

—Mía.

—Ah. Entonces tenemos un problema.

Dejó el vaso en el suelo, entre ambos.

—Está demasiado lejos para mí.

Leo observó la leche.

Luego a Clara.

Finalmente bajó de la silla.

Todo el restaurante contenía la respiración.

El niño caminó hasta el vaso y lo tomó.

Bebió.

Un sorbo.

Después otro.

Los sollozos se transformaron en pequeños jadeos.

Clara habló casi en un susurro.

—Eso es. Nadie va a tocarte.

Leo levantó la mirada.

—¿Promesa?

—Promesa.

Rico se quedó inmóvil.

Era la primera frase completa que escuchaba de su hijo en semanas.

Entonces Leo hizo algo todavía más extraño.

Extendió su pequeña mano.

Agarró dos dedos de Clara.

Y los colocó contra su propia mejilla.

Rico perdió el color.

—¿Dónde aprendiste eso?

Clara levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

—Ese gesto.

Leo cerró los ojos mientras mantenía la mano de Clara contra su rostro.

Rico se levantó lentamente.

—Su madre hacía exactamente eso cuando él tenía miedo.

Clara retiró la mano.

—Los niños buscan consuelo.

—No así.

Dante dio un paso hacia ella.

Clara se puso de pie.

—Tengo mesas que atender.

—Ya no —dijo Rico.

Ella se tensó.

—¿Estoy despedida?

—Quiero hablar contigo.

—Yo no quiero hablar con usted.

El restaurante entero pareció dejar de respirar otra vez.

Dante casi sonrió.

Probablemente nadie hablaba así a Rico Moretti.

Pero Leo volvió a agarrar el delantal de Clara.

—No te vayas.

Aquellas tres palabras destruyeron algo en el rostro de Rico.

Clara miró al niño.

—Tengo que trabajar.

—Mamá también decía eso.

Silencio.

Rico cerró los ojos.

Clara se quedó rígida.

—¿Qué dijiste?

Leo señaló su muñeca.

—Estrella.

Clara palideció.

Bajo la manga tenía una pequeña cicatriz con forma irregular de estrella.

Se cubrió inmediatamente.

Rico lo vio.

—Dante.

—Jefe.

—Cierra el restaurante.

Las puertas se bloquearon.

Clara retrocedió.

—No puede retenerme aquí.

—Entonces explícame por qué mi hijo reconoce una marca que nadie le enseñó.

—No lo sé.

Rico sacó el teléfono.

Buscó una fotografía.

Elena Moretti sonreía con Leo recién nacido en brazos.

En su muñeca llevaba una pulsera de plata.

Colgaba de ella una estrella.

Clara dejó de respirar.

Conocía aquella pulsera.

—¿Dónde consiguió eso su esposa?

Ahora fue Rico quien se tensó.

—Era de su hermana.

—¿Qué hermana?

—Una hermana menor que desapareció cuando era adolescente.

Clara dio un paso atrás.

—¿Cómo se llamaba?

Rico la estudió.

—Lucia Vance.

El vaso cayó de las manos de Clara.

Se rompió.

—Mi nombre completo es Clara Lucia Vance.

Dante llevó la mano hacia su arma.

Rico lo detuvo.

—¿Quiénes son tus padres?

—No lo sé.

Clara había crecido en hogares de acogida desde los nueve años.

Recordaba poco de antes.

Un incendio.

Una mujer gritándole que corriera.

Y una canción.

Nada más.

Rico parecía incapaz de apartar los ojos de ella.

—Elena llevaba seis meses buscando a su hermana cuando murió.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

Rico abrió una fotografía guardada en su teléfono.

Mostraba a Elena frente a una vieja casa.

En la parte posterior había escrito una fecha.

Dos días antes de su asesinato.

Y debajo:

“Encontré a Lucia.”

Clara tuvo que apoyarse en una silla.

—Eso no demuestra que fuera yo.

—No.

Rico llamó a alguien.

—Trae el expediente de Elena.

Veinte minutos después, Dante colocó una carpeta sobre la mesa.

Dentro había informes privados.

Registros de adopción.

Fotografías antiguas.

Y una imagen de Clara saliendo del restaurante tres meses atrás.

Elena la había investigado antes de morir.

Entonces apareció algo peor.

Una copia del expediente laboral de Clara.

Había solicitado empleo en Il Destino seis meses después del asesinato.

Pero la solicitud tenía una recomendación adjunta que ella jamás había visto.

“Contratarla. Mantenerla cerca de la familia Moretti.”

Firmado:

E. Moretti.

—Elena consiguió que me contrataran.

Rico negó.

—Elena ya estaba muerta cuando presentaste la solicitud.

Clara sintió frío.

Alguien había utilizado el nombre de Elena después de su muerte.

Leo seguía abrazado a su pierna.

Clara miró al niño.

—¿Quién sabía que ella estaba buscándome?

Rico no respondió inmediatamente.

Luego miró a Dante.

—Solo cuatro personas.

—¿Quiénes?

—Yo. Dante. Su abogado…

Hizo una pausa.

—Y mi hermano, Matteo.

En ese instante, Leo empezó a temblar.

—No.

Rico se arrodilló.

—¿Qué pasa, campeón?

Leo escondió el rostro contra Clara.

—Tío Matteo malo.

Rico se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

El niño comenzó a llorar otra vez.

Pero esta vez habló.

—Mamá gritó.

Rico perdió el color.

—Leo, ¿viste algo aquella noche?

Clara sintió al pequeño aferrarse con más fuerza.

—Coche negro —susurró—. Mamá lloraba.

Rico apenas respiraba.

—¿Quién estaba allí?

Leo levantó lentamente la mano.

Señaló una fotografía familiar dentro del expediente.

Su pequeño dedo cayó directamente sobre Matteo Moretti.

—Tío.

Dante maldijo en voz baja.

Rico tomó la fotografía.

Pero Clara vio algo más.

Detrás de Matteo aparecía una mujer.

La reconoció inmediatamente.

Era Sarah.

La camarera que minutos antes le había advertido:

“Si vas allí, estás muerta.”

Clara levantó la vista hacia la cocina.

Sarah ya no estaba.

En su lugar, sobre el mostrador, había un teléfono.

La pantalla estaba encendida.

Un mensaje acababa de llegar.

“Clara hizo contacto con el niño. Leo está empezando a recordar.”

Y debajo:

“Matteo dice que esta vez no puede quedar ningún testigo.”

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