PARTE 2: EL NOMBRE QUE GABRIEL NO HABÍA PRONUNCIADO EN VEINTE AÑOS

—Rosa.

La cuchara quedó suspendida entre sus dedos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué ha dicho?

Gabriel levantó lentamente la mirada.

—¿Quién te enseñó esta receta?

Los hombres armados dejaron de mirar el guiso.

Ahora me miraban a mí.

—Una mujer llamada Rosa.

Gabriel se puso de pie demasiado rápido.

Tuvo que apoyarse en la mesa.

Leo avanzó para ayudarlo.

Gabriel lo apartó.

—¿Rosa qué?

—Rosa Bennett.

Su rostro perdió todo color.

—Eso es imposible.

—¿La conocía?

Gabriel no respondió.

Metió la cuchara otra vez en el estofado.

Probó apenas una gota.

—Tomillo.

Luego:

—Canela.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Mi madre preparaba exactamente esto.

Se me erizó la piel.

—Rosa no era su madre.

—Para el resto del mundo, no.

Aquella respuesta me confundió todavía más.

Gabriel volvió a sentarse.

—¿Dónde está?

Bajé la mirada.

—Murió hace nueve años.

Por primera vez vi dolor verdadero atravesar su expresión.

—¿Estás segura?

—Estuve con ella.

Gabriel cerró los ojos.

—Entonces la encontré demasiado tarde.

Leo parecía tan desconcertado como yo.

—Jefe, su madre se llamaba Margaret Hayes.

—Margaret me dio a luz.

Gabriel señaló el plato.

—Rosa me mantuvo vivo.

Cuando tenía ocho años, explicó, su padre lo había escondido durante meses en un apartamento después de una guerra entre familias.

Apartamento 4B.

Sentí que dejaba de respirar.

—Yo viví en el 4B.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Dónde?

Le di la dirección.

Su vaso cayó al suelo.

Era el mismo edificio.

La misma cocina.

El mismo radiador roto.

Rosa había vivido allí durante treinta y siete años.

Gabriel sacó su teléfono.

—Traedme todo sobre Norah Bennett.

Retrocedí.

—No tiene derecho.

—Alguien está matando a mi gente y tú acabas de servirme una receta que solo conocían dos personas.

—¿Está diciendo que yo tengo algo que ver?

—Estoy diciendo que ya no creo en coincidencias.

Quise marcharme.

Entonces recordé algo.

—Rosa me dejó una caja.

Gabriel quedó inmóvil.

—¿Qué caja?

—Nunca pude abrirla.

Estaba cerrada con una llave que no encontré.

—¿Dónde está?

—En mi apartamento.

Veinte minutos después íbamos hacia allí.

No porque confiara en Gabriel.

Sino porque necesitaba entender por qué Rosa había guardado durante años una fotografía de un niño cuyo rostro ahora empezaba a reconocer.

La caja seguía en lo alto de mi armario.

Gabriel la miró y murmuró:

—La recuerdo.

Sacó una cadena de debajo de su camisa.

De ella colgaba una pequeña llave de latón.

Encajó perfectamente.

Dentro había cartas.

Fotografías.

Un cuaderno.

Y una bolsa transparente con un mechón de cabello infantil.

Gabriel tomó la primera fotografía.

Él, con unos ocho años.

Rosa detrás.

En la esquina aparecía otro niño.

—¿Quién es? —pregunté.

Gabriel no contestó inmediatamente.

—Mi hermano, Samuel.

—Nunca he oído hablar de él.

—Porque murió cuando éramos niños.

Abrió el cuaderno.

Las primeras páginas eran recetas.

Después cambiaban.

Fechas.

Nombres.

Matrículas.

Pagos.

Y una frase repetida varias veces:

“Samuel sigue vivo.”

Gabriel se quedó petrificado.

Leo tomó el cuaderno.

—Jefe…

En la última página, Rosa había escrito mi nombre.

NORAH BENNETT.

Debajo:

“Si algo me ocurre, protegerla. Ella no sabe quién fue su padre.”

Me apoyé contra la pared.

—Mi padre murió antes de que yo naciera.

Gabriel levantó la vista.

—¿Eso te dijo Rosa?

—Eso me dijo mi madre.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

—Elena Bennett.

Leo dejó de respirar.

Gabriel se puso de pie.

—Elena Hayes.

—Bennett.

—Antes era Hayes.

Negué con la cabeza.

—No.

Gabriel abrió otra fotografía.

Una joven abrazaba a Rosa.

Era mi madre.

En el reverso:

“ELENA HAYES — 1999.”

—Era mi hermana —dijo Gabriel.

El mundo se quedó en silencio.

—Eso me convertiría…

—En mi sobrina.

Me reí por puro nerviosismo.

—Esto es absurdo.

—Podemos verificarlo.

—Entonces hágalo.

Lo hicimos.

De manera independiente.

Al día siguiente llegaron resultados preliminares compatibles con un parentesco familiar cercano.

Pero antes de que pudiera procesarlo, Leo entró en la habitación.

—Tenemos un problema.

Dejó un informe sobre la mesa.

Paulie no había muerto por arsénico.

Ni por cianuro.

El laboratorio había encontrado una sustancia que interfería con un medicamento cardíaco que Paulie tomaba.

—¿Y el chef?

—Tomaba el mismo medicamento.

Gabriel comprendió primero.

—No envenenaron la comida.

Leo asintió.

—Alteraron sus medicamentos con antelación para que una comida normal pareciera responsable.

Alguien había querido que Gabriel dejara de confiar en sus cocinas.

Que dejara de comer.

Que se debilitara.

—¿Quién tenía acceso a los historiales médicos? —pregunté.

Leo bajó la mirada.

—Nuestro médico privado.

Gabriel se tensó.

—Doctor Marcus Vale.

Reconocí el nombre.

Corrí hacia la caja de Rosa.

En una página del cuaderno aparecía:

MARCUS VALE.

Y debajo:

“Trabaja para Samuel.”

Gabriel palideció.

Su hermano supuestamente muerto.

Entonces sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Contesté.

Una voz masculina habló.

—Norah.

—¿Quién es?

—Me alegra saber que Rosa te enseñó a cocinar.

Gabriel me arrancó suavemente el teléfono y activó el altavoz.

—Samuel.

Silencio.

Después una risa.

—Hola, hermano.

Gabriel cerró los puños.

—¿Tú mataste a Paulie?

—Paulie era una demostración.

—¿De qué?

—De lo fácil que era hacerte temer aquello que necesitas para vivir.

Gabriel miró el estofado que habíamos traído del restaurante.

—¿Qué quieres?

—Lo mismo que Rosa me robó hace veinticuatro años.

Miré la caja.

—¿Qué robó?

Samuel respondió:

—A Norah.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿A mí?

—Rosa no te escondió porque fueras la hija de Elena.

Su voz se volvió más fría.

—Te escondió porque sabía quién era realmente tu padre.

Gabriel miró la fotografía de Samuel cuando era niño.

Y algo cambió en su rostro.

—No.

Samuel rio otra vez.

—Ahora lo entiendes.

Yo miré de uno a otro sin comprender.

—¿Qué significa?

Gabriel cerró los ojos.

Samuel respondió por él.

—Significa que Gabriel no es tu tío, Norah.

Una pausa.

—Yo lo soy.

Se me heló la sangre.

—Entonces ¿quién era mi padre?

Al otro lado de la línea, Samuel pronunció un nombre.

El mismo nombre que aparecía como fundador original del imperio que Gabriel controlaba.

El hombre cuya muerte había iniciado una guerra veinticinco años atrás.

Nuestro padre.

Y entonces comprendí por qué Rosa me había mantenido escondida toda mi vida.

Yo no había entrado accidentalmente en un restaurante y alimentado al hombre más peligroso de la ciudad.

Había regresado, sin saberlo, a la familia que llevaba veinticuatro años buscándome.

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