Dos días después llegué a la escuela a las 9:40.
No llevaba maquillaje.
Ni ropa especial.
Solo vaqueros, una camisa blanca y la carpeta con mis documentos.
Diego y Valeria estaban junto al tablón de anuncios.
Cuando me vieron, Valeria sonrió.
—Cora, llegaste justo a tiempo.
Habían colocado una lista con los alumnos admitidos según sus resultados.
El nombre de Valeria aparecía entre los primeros.
—La Universidad Central me aceptó —dijo—. Diego también consiguió plaza.
Diego me observó.
—¿Ya decidiste qué harás?
—Sí.
—¿Escuela técnica?
—No.
Valeria soltó una risita.
—Con 406 puntos tampoco hay muchas opciones.
Entonces varios profesores salieron del edificio principal.
El director iba delante.
A su lado caminaba un hombre de unos cincuenta años con gafas y una carpeta roja.
Detrás venían dos representantes educativos.
El director me vio.
—¡Cora!
Todo el patio quedó en silencio.
El hombre de gafas se acercó directamente a mí.
—¿Cora Méndez?
—Sí.
Me estrechó la mano.
—Soy el profesor Sun.
Diego dejó de sonreír.
El profesor continuó:
—En nombre del programa especial de talentos de la Universidad de Pekín, vengo a entregarte formalmente la documentación de admisión.
Valeria palideció.
—¿Admisión?
El profesor Sun abrió la carpeta.
—Cora fue seleccionada meses antes del examen nacional por sus resultados en Física, su evaluación académica y el proceso especial de selección.
Un murmullo recorrió el patio.
Diego me miró.
—¿Meses antes?
—Sí.
—Entonces… ¿el examen no importaba?
El profesor Sun frunció el ceño.
—No para su plaza en nuestro programa.
Vi exactamente cuándo Diego comprendió lo que había hecho.
Había arriesgado su futuro para destruir un resultado que no podía quitarme nada.
Valeria reaccionó peor.
—Pero obtuvo 406.
—Precisamente por eso estamos aquí —dijo el director.
Su expresión ya no era alegre.
—La diferencia entre el historial académico de Cora y ese resultado activó una revisión.
Diego se quedó inmóvil.
Yo no sabía nada de aquello.
El profesor Ramírez apareció detrás del director.
Llevaba una bolsa transparente.
Dentro había un lápiz.
—Cora —preguntó—, ¿este es el que utilizaste durante el examen?
Lo reconocí.
HB.
—Sí.
El rostro del director se endureció.
—¿Por qué utilizaste un HB?
Miré a Diego.
Él negó casi imperceptiblemente.
Una advertencia.
O una súplica.
Ya no me importaba.
—Porque alguien cambió mi lápiz 2B antes de entrar.
Valeria dio un paso atrás.
—Eso es mentira.
Saqué el teléfono.
—No necesito demostrarlo solo con mi palabra.
La noche anterior había hecho algo que debería haber hecho desde el principio.
Había guardado capturas del grupo.
Mensajes.
Y un audio.
Porque cuando Diego me confesó lo ocurrido detrás del edificio, mi teléfono seguía grabando una nota de voz que había iniciado minutos antes para recordar unas instrucciones de mi padre.
Su voz llenó el despacho del director.
“Cuando me pediste que te sostuviera el estuche… cambié tu lápiz 2B por uno HB.”
Diego se quedó blanco.
Después llegó su segunda frase.
“¿Quién te mandó superar a Valeria durante tres años?”
Valeria empezó a llorar.
—¡Yo no hice nada!
Reproduje unos segundos más.
Su propia voz respondió:
“Lo del lápiz fue idea mía.”
Nadie habló.
El profesor Sun cerró lentamente su carpeta.
—Esto ya no es una broma escolar.
El director ordenó preservar las grabaciones y comunicar el incidente a las autoridades educativas correspondientes.
No sabía todavía qué consecuencias tendría.
Tampoco necesitaba saberlo aquel día.
No quería venganza improvisada.
Quería que los hechos hablaran.
Diego me siguió cuando salí del despacho.
—Cora.
Continué caminando.
—¡Cora, espera!
Me alcanzó en las escaleras.
—Lo siento.
Lo miré.
Durante tres años había imaginado esas palabras pronunciadas de otra manera.
Después de una confesión.
Después de una discusión absurda.
Quizá después de un beso.
Nunca después de una traición.
—¿Por cambiar el lápiz?
Bajó la cabeza.
—Por todo.
—No.
—¿Qué?
—Lo sientes porque salió mal.
Eso lo silenció.
—Si yo hubiera perdido realmente mi futuro, hoy estarías celebrándolo con Valeria.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No pensé que sería tan grave.
—Querías que obtuviera menos puntos.
—Sí, pero…
—Entonces sí lo pensaste.
Me marché.
A las once, mi padre llegó a la escuela.
Venía furioso.
Yo esperaba otro reproche.
En cambio, cuando me vio, se detuvo.
—Cora.
—Papá.
Me abrazó.
—El profesor Ramírez me contó lo ocurrido.
No dije nada.
—¿Por qué no me dijiste que ya habías sido admitida en Pekín?
—Quería daros una sorpresa.
Mi padre cerró los ojos.
—Y yo te acusé sin escucharte.
Por primera vez aquel día sentí ganas de llorar.
Pero todavía quedaba una sorpresa.
Cuando regresamos al despacho, el profesor Sun tenía delante la copia digital de mi hoja de respuestas.
—Cora, encontramos algo extraño.
—¿El lápiz?
—No solamente eso.
Amplió la imagen.
Algunas respuestas apenas habían sido detectadas por la máquina.
Pero las marcas seguían físicamente allí.
—Solicitamos una revisión manual extraordinaria debido a la discrepancia.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Y?
El profesor Sun me miró.
—El 406 no refleja lo que realmente respondiste.
Valeria, que esperaba fuera con sus padres, levantó la cabeza.
—¿Cuánto obtuvo? —preguntó su padre.
El director no respondió inmediatamente.
Me entregó una hoja.
Miré el número.
Me quedé inmóvil.
No porque necesitara aquella puntuación.
Mi plaza ya estaba asegurada.
Pero porque demostraba exactamente qué habían intentado quitarme.
Diego se acercó lo suficiente para verlo.
Su rostro se vació.
La revisión preliminar situaba mi examen entre los resultados más altos de la escuela.
Valeria comenzó a negar.
—No puede ser.
Entonces el profesor Sun añadió:
—Todavía no es definitivo. La autoridad examinadora debe completar el procedimiento oficial.
Guardé la hoja.
Pensé que aquello cerraba la historia.
Me equivocaba.
El director recibió una llamada.
Escuchó durante casi un minuto.
Después miró a Diego.
Luego a Valeria.
—Necesito que nadie abandone la escuela todavía.
El padre de Valeria se levantó.
—¿Por qué?
El director dejó lentamente el teléfono.
—Porque durante la revisión encontraron otra irregularidad.
Sentí que Diego se tensaba.
—¿Cuál? —pregunté.
—Tu lápiz no fue lo único manipulado ese día.
Sacó una lista de números de examen.
Había siete alumnos.
Todos habían competido académicamente contra Valeria durante los últimos tres años.
Y junto a cada nombre aparecía el mismo código de incidencia.
El profesor Ramírez palideció.
—¿Siete?
El director asintió.
—Siete hojas presentaron anomalías similares.
Valeria dejó de llorar.
Su padre también dejó de protestar.
Entonces comprendí por qué.
Yo había creído que aquella estupidez había nacido de los celos de dos adolescentes.
Pero el profesor Sun puso sobre la mesa una copia del registro de acceso al depósito donde se guardaban los materiales del examen.
Un adulto había entrado allí la noche anterior.
El apellido de aquella persona era el mismo que el de Valeria.
Y cuando levanté la vista hacia su padre, ya no estaba mirando a su hija.
Estaba mirando la puerta.
