Elena miró hacia el pasillo vigilado.
—No podemos hablar aquí.
Prescott dio un paso adelante.
—Señor Mercer—
—Fuera.
Todos abandonaron mi oficina excepto Elena.
Cerré la puerta.
—Ahora habla.
Ella señaló el informe.
—Genevieve descubrió esto cuando estaba embarazada.
Leí la primera página.
MERCER, JONAH.
MERCER, BLYTHE.
Debajo aparecían códigos genéticos y una advertencia:
“RIESGO HEMATOLÓGICO HEREDITARIO — PROTOCOLO GEMINI.”
—Mis hijos todavía no habían nacido.
—Los nombres fueron añadidos después.
—¿Por quién?
—No lo sé.
Golpeé el escritorio.
—Entonces dime lo que sí sabes.
Elena respiró hondo.
—Genevieve no murió creyendo que sus hijos estaban sanos.
Sentí frío.
—¿Qué?
—Sabía que podían enfermar.
Me levanté.
—Mi esposa jamás me habría ocultado eso.
—Lo hizo porque tenía miedo de alguien cercano a ti.
Aquello consiguió silenciarme.
Elena pasó otra página.
—El problema no es simplemente que la leucemia sea agresiva. Según Genevieve, ciertas características biológicas de los niños podían hacer que los tratamientos convencionales fueran menos eficaces. Ella estaba buscando el expediente original porque creía que allí estaba la clave para identificar un donante compatible.
—¿Un donante?
Elena asintió.
—Uno específico.
—¿Quién?
—Yo.
La miré.
—No juegues conmigo.
—Por eso vine.
Se arremangó.
Tenía cicatrices de extracciones médicas en ambos brazos.
—Llevo años haciéndome pruebas.
—¿Qué relación tienes con mis hijos?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eso es lo que Genevieve nunca alcanzó a explicarme.
Una hora después estábamos en el hospital.
Yates no quería perder tiempo.
Ordenó pruebas independientes.
Yo esperé junto a Jonah y Blythe.
Diez días.
El reloj parecía haberse instalado dentro de mi cabeza.
Seis horas después, Yates entró.
Su expresión había cambiado.
—Lawson.
Me levanté.
—Dímelo.
—Elena presenta una compatibilidad extraordinariamente alta con ambos niños.
—¿Puede ayudarlos?
—Esto no garantiza nada. Necesitamos confirmar muchas cosas y evaluar opciones con hematología y trasplantes.
—Pero existe una posibilidad.
Yates sostuvo mi mirada.
—Existe una posibilidad que esta mañana no teníamos.
Tuve que apoyarme contra la pared.
Por primera vez en semanas, pude respirar.
Entonces pregunté:
—¿Cómo puede ser tan compatible?
Yates miró a Elena.
—Quiero hacer pruebas de parentesco.
Ella palideció.
—Hágalas.
Los resultados llegaron a la mañana siguiente.
Yates cerró la puerta antes de hablar.
—Elena tiene una relación biológica estrecha con los gemelos.
—¿Qué clase de relación?
—Los datos preliminares son compatibles con parentesco familiar cercano, pero necesito pruebas adicionales antes de etiquetarlo exactamente.
Elena comenzó a llorar.
—Genevieve lo sabía.
La miré.
—¿Cómo conociste a mi esposa?
Elena tardó en responder.
—Trabajaba limpiando habitaciones en una clínica privada.
—¿Cuál?
—St. Catherine.
Conocía ese nombre.
Genevieve había recibido allí tratamientos de fertilidad antes de quedar embarazada.
Elena continuó.
—Una noche la encontré revisando archivos.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto que su expediente había sido alterado.
Sacó una llave diminuta del interior del collar.
—Me pidió que guardara esto.
—¿Qué abre?
—Una caja de seguridad.
Tres horas después, mi abogado consiguió acceso siguiendo las instrucciones que Genevieve había dejado.
Dentro había fotografías.
Un teléfono apagado.
Expedientes médicos.
Y una carta para mí.
Reconocí inmediatamente su letra.
“Lawson:
Si estás leyendo esto, entonces fallé.
No confíes en el expediente del nacimiento de los niños.
Y, sobre todo, no confíes en nadie que intente impedirte encontrar a Elena Ward.”
Miré a Elena.
Ella parecía tan sorprendida como yo.
Continué.
“Cuando comenzamos los tratamientos, St. Catherine me dijo que habían utilizado nuestras muestras.
No fue verdad.
Alguien sustituyó parte del material genético.
Descubrí la irregularidad demasiado tarde.”
Me temblaron las manos.
—¿Los niños no son míos?
Elena retrocedió.
Pero la carta continuaba.
“Jonah y Blythe son tus hijos.
Eso lo confirmé personalmente.
La alteración no fue en tu muestra.”
Leí aquella frase tres veces.
Después entendí.
Miré a Elena.
—Genevieve.
Yates, que estaba presente como médico, no dijo nada.
Abrí el siguiente documento.
La muestra materna registrada en el procedimiento no pertenecía a Genevieve.
Pertenecía a:
ELENA WARD.
Elena dejó escapar un sonido ahogado.
—No.
—¿Te sometiste alguna vez a un tratamiento de fertilidad?
—Doné óvulos una vez.
—¿Cuándo?
—Hace siete años.
El mundo se inclinó.
—¿En St. Catherine?
Asintió lentamente.
—Necesitaba dinero. Me dijeron que sería anónimo.
Los gemelos tenían seis años.
Volví a mirar la carta.
“Yo los llevé.
Yo los parí.
Soy su madre en todas las formas que importaron durante mi vida.
Pero Elena es su madre genética.
Ella nunca dio consentimiento para que su material fuera utilizado conmigo.”
Elena se cubrió la boca.
Yo no podía moverme.
Entonces encontré una segunda nota.
“Si los niños desarrollan la enfermedad descrita en Gemini, Elena podría ser importante médicamente. Por eso debes encontrarla antes que ellos.”
Ellos.
—¿Quiénes son “ellos”? —preguntó Elena.
Encendimos el teléfono guardado en la caja.
Había un único video.
Genevieve apareció en pantalla.
Estaba viva.
Asustada.
Y llevaba puesto el collar azul.
“Lawson, si estás viendo esto, alguien ya habrá intentado convertir mi muerte en un accidente.”
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
“St. Catherine no cometió un error.
Gemini era un programa clandestino financiado para estudiar determinados perfiles genéticos en embriones.
Cuando descubrí que Jonah y Blythe estaban incluidos, intenté sacar sus archivos.”
Genevieve miró hacia una puerta fuera de cámara.
“Alguien dentro de Mercer Holdings financió parte del programa.”
Me quedé inmóvil.
Mi propia empresa.
“Prescott me ayudó a sacar copias.”
Miré hacia la puerta.
Mi jefe de seguridad.
El hombre que acababa de traer a Elena hasta mí.
El video continuó.
“Pero no sé si todavía puedo confiar en él.”
En ese instante llamaron.
Prescott entró.
Su rostro cambió cuando vio el teléfono.
—¿Dónde encontraron eso?
Me puse de pie.
—Genevieve dijo que la ayudaste.
No respondió.
—¿Quién financió Gemini?
—Lawson—
—¿Quién?
Prescott cerró la puerta.
—Tu padre.
Sentí un golpe en el pecho.
—Mi padre murió hace dieciséis años.
—No.
Dos letras.
Nada más.
—Explícate.
Prescott dejó una carpeta sobre la mesa.
—El hombre que enterraste era su conductor.
Elena retrocedió.
—¿Entonces dónde está su padre?
Prescott me miró.
—Eso es lo que Genevieve descubrió antes del accidente.
Abrió la carpeta.
Dentro había una fotografía reciente.
Mi padre.
Más viejo.
Pero vivo.
A su lado estaba el director de St. Catherine.
Y entre ambos había una niña que parecía tener aproximadamente seis años.
El mismo cabello oscuro de Blythe.
Los mismos ojos de Jonah.
En el reverso aparecía una fecha de hacía tres semanas y una frase:
“GEMINI — SUJETO TRES ESTABLE.”
—¿Quién es esa niña? —pregunté.
Prescott tardó demasiado en responder.
—Según el expediente, nació del mismo grupo embrionario que Jonah y Blythe.
Elena se quedó sin aire.
Yo miré otra vez la fotografía.
—¿Estás diciendo que mis hijos tienen una hermana?
Prescott negó lentamente.
—Estoy diciendo que si esa niña sigue sana, puede ser la única persona cuyo perfil genético explique cómo salvarlos.
Miré el reloj.
Nueve días.
—¿Dónde está?
Prescott tragó saliva.
—Con tu padre.
Entonces entendí por qué Elena había conseguido atravesar mis muros.
No había venido a pedir trabajo.
Había sido enviada hacia mí por una mujer muerta para encontrar a dos niños moribundos.
Y ahora, para salvarlos, tendría que encontrar primero al hombre cuya tumba llevaba dieciséis años visitando.
