Valeria consiguió la cita para esa misma tarde.
No le expliqué por teléfono por qué necesitaba tantas pruebas.
Solo le dije:
—Quiero saber que estoy bien antes de irme.
Ella me miró durante varios segundos cuando llegué al hospital con una sola maleta en el coche.
—¿Irte adónde?
—Todavía no lo sé.
Me tomó de la mano.
—Entonces primero averiguaremos cómo estás.
Pasé horas entre análisis, ecografías y consultas.
Esperaba escuchar que el estrés me había provocado anemia.
Tal vez alguna alteración hormonal.
No esperaba que la ginecóloga entrara con una expresión extraña y preguntara:
—Camila, ¿usted y su marido han estado intentando tener hijos?
Me quedé inmóvil.
Durante cuatro años.
Consultas.
Tratamientos.
Pruebas.
Nicolás siempre decía que no importaba.
“Si somos tú y yo, ya somos una familia.”
—Sí.
La doctora giró la pantalla.
—Está embarazada.
El mundo se quedó en silencio.
—¿Cuánto?
—Aproximadamente siete semanas.
Siete.
La misma época en que Nicolás había comenzado a llegar tarde casi todas las noches.
Me llevé una mano al vientre.
No sentí felicidad inmediata.
Sentí miedo.
Porque ahora marcharme ya no significaba empezar de cero.
Significaba proteger a alguien.
—Hay algo más —dijo la doctora.
La miré.
—Encontramos una anomalía en su historial.
Mi expediente indicaba que, seis meses antes, alguien había solicitado pruebas adicionales de fertilidad usando mi nombre.
—Yo no pedí nada.
Valeria se incorporó.
—¿Quién las autorizó?
La doctora mostró una firma.
Nicolás Zhou.
Sentí frío.
—¿Qué prueba pidió?
—Reserva ovárica, compatibilidad genética y varios marcadores hereditarios.
—¿Por qué?
—Eso debería preguntárselo a él.
No pensaba hacerlo.
Hasta que Valeria encontró otra cosa.
La clínica que había procesado las muestras pertenecía a Zhou Medical Holdings.
La familia de Nicolás.
Aquella noche no regresé a casa.
Reservé una habitación de hotel.
Después llamé a mi abogada.
Quería divorcio.
Separación patrimonial.
Y ninguna conversación privada con Nicolás hasta entender qué había hecho con mis datos médicos.
A las nueve, comenzó a llamarme.
Once llamadas.
Veintitrés.
Treinta y una.
Finalmente llegó un mensaje.
“Camila, ¿dónde estás?”
No contesté.
Después:
“¿Fuiste al hospital hoy?”
Me quedé mirando la pantalla.
¿Cómo lo sabía?
Un tercer mensaje apareció.
“Tenemos que hablar antes de que Valeria te enseñe algo.”
Llamé inmediatamente a mi amiga.
—¿Qué sabe Nicolás que tú ibas a enseñarme?
Silencio.
—Valeria.
—Hay algo que nunca te conté.
Sentí que se me cerraba el estómago.
—Habla.
—Hace tres años Nicolás vino al hospital sin ti.
—¿Para qué?
—Preguntó por tus tratamientos de fertilidad.
—¿Y?
—Quería saber si todavía conservábamos muestras.
Me puse de pie.
—¿Muestras de qué?
—Tuyas.
Entonces alguien llamó a la puerta de mi habitación.
No era Nicolás.
Era Daniel.
El socio de negocios que yo había mencionado esa misma mañana.
Entró con una carpeta.
—Necesitas ver esto antes de hablar con tu marido.
—¿Qué es?
—La verdadera razón por la que Nicolás salió corriendo esta mañana.
No había ido con su amante.
Había ido a Zhou Medical.
Daniel había descubierto movimientos financieros extraños.
Durante meses, Nicolás había transferido dinero a una cuenta llamada Proyecto Lin.
Mi apellido.
Abrí la carpeta.
Había contratos médicos.
Autorizaciones.
Y una póliza de seguro.
Beneficiario:
Nicolás Zhou.
—¿Contrató un seguro sobre mí?
—Hace cinco años.
Seguí leyendo.
La cantidad me dejó helada.
Veinte millones.
—¿Por qué?
Daniel señaló otra página.
La póliza estaba vinculada a un fideicomiso familiar.
Si yo moría sin descendencia, determinados activos regresarían a la familia Zhou.
—¿Qué activos?
Daniel me miró.
—Eso es lo que Nicolás tampoco sabía hasta hace seis meses.
Sacó un documento antiguo.
Mi madre había creado un fideicomiso antes de morir.
Yo siempre creí que prácticamente no quedaba nada.
Me equivocaba.
El fideicomiso poseía una participación considerable en Zhou Medical Holdings.
—¿Mi madre era accionista de la empresa de su familia?
—Fundadora.
No pude hablar.
Daniel pasó otra hoja.
Había una fotografía.
Mi madre.
El padre de Nicolás.
Y una tercera mujer.
La reconocí.
Era la madre de la chica del club.
La exnovia.
En el reverso había una frase:
“Las acciones Lin pasarán únicamente a Camila o a sus descendientes.”
De pronto entendí por qué habían investigado mi fertilidad.
Pero no entendía por qué Nicolás había aceptado.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—¿Sabías que estoy embarazada?
Silencio.
Luego escuché cómo Nicolás dejaba escapar el aire.
—Sí.
Cerré los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
—¿Cómo?
—Porque alguien accedió a tu expediente antes que yo.
Su voz cambió.
—Camila, tienes que salir del hotel.
—No vuelvas a darme órdenes.
—No es por mí.
—Entonces ¿por quién?
—Por mi padre.
Me reí amargamente.
—Tu padre está muerto.
—Eso creía yo.
Silencio.
—Hoy fui a Zhou Medical porque Daniel encontró transferencias hechas con mi autorización digital que yo nunca aprobé.
Miré a Daniel.
Él asintió lentamente.
Nicolás continuó:
—El Proyecto Lin no lo abrí yo.
—Entonces ¿quién?
—Mi padre.
—¿Desde la tumba?
—Camila, hubo actividad con sus credenciales hace cuatro días.
Me quedé inmóvil.
—¿Y tu amante?
Otra pausa.
—Sofía no volvió a mi vida por casualidad.
Por fin tenía nombre.
—Eso no cambia lo que hiciste con ella.
—Lo sé.
Por primera vez no intentó justificarse.
—Te traicioné. Pero esta mañana descubrí que Sofía llevaba meses copiando archivos médicos de mi familia.
—¿Por qué?
—Porque su madre también aparece en el fideicomiso.
Alguien golpeó nuevamente la puerta.
Tres veces.
Daniel miró por la mirilla.
Su rostro perdió el color.
—Camila.
—¿Qué?
—Hay una mujer afuera.
—¿Quién?
Se apartó lentamente.
Abrí apenas la puerta.
Sofía estaba allí.
La mujer por la que mi marido había destruido nuestro matrimonio.
Pero no venía maquillada ni vestida para seducir a nadie.
Estaba llorando.
Sostenía un viejo sobre.
—No vine por Nicolás.
La miré sin decir nada.
—Al principio sí —admitió—. Quería recuperarlo. Pero luego mi madre me contó la verdad.
Me entregó el sobre.
Dentro había dos certificados de nacimiento.
El mío.
Y el suyo.
Mismo hospital.
Mismo día.
Misma hora.
Madres diferentes.
Pero en ambos documentos originales aparecía la misma anotación:
“Gemelas — separación autorizada.”
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Sofía temblaba.
—Que nuestras madres no eran dos mujeres sin relación.
Sacó una fotografía de ambas abrazadas durante el embarazo.
—Eran hermanas.
Respiré otra vez.
—Entonces somos primas.
Sofía negó lentamente.
—Eso creía yo.
Sacó un informe genético.
—Hasta ayer.
No necesitó explicarlo.
Lo leí.
Compatibilidad biológica:
Hermanas gemelas.
Me apoyé contra la pared.
Sofía comenzó a llorar.
—Camila, Nicolás no fue el primero que nos mintió.
Miré los certificados.
—¿Quién nos separó?
Ella señaló una firma al pie de ambos documentos.
ZHOU WEIMIN.
El padre de Nicolás.
El hombre supuestamente muerto.
Y debajo había una segunda autorización.
La firma de mi propia madre.
Entonces Sofía pronunció lo único que convirtió mi decisión de marcharme en algo mucho más peligroso que un divorcio.
—Tu embarazo acaba de activar el fideicomiso.

—¿Qué significa?
—Que cuando nazca tu hijo, la familia Zhou pierde el control de Zhou Medical.
Mi mano fue instintivamente hacia mi vientre.
Sofía miró hacia el pasillo.
—Y el hombre que nos separó al nacer acaba de descubrir que estás embarazada.